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TEMA: Hannah Arendt

Hannah Arendt 08 Ene 2015 22:21 #28123

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Sé que había un tema en el foro (creo que en el apartado de películas), pero me parece más sencillo localizar a la filósofa desde aquí.

Comparto unas notas a Hannah Arendt; Eichmann en Jerusalén. De Bolsillo. Barcelona. 1999.

Cualquier cosa que Eichmann hiciera la hacía, al menos así lo creía, en su condición de ciudadano fiel cumplidor de la ley. Tal como dijo una y otra vez a la policía y al tribunal, él cumplía con su deber, no solo obedecía órdenes, sino que también obedecía a la ley.
Los manidos conceptos de “órdenes superiores” y “actos de Estado” iban y venían constantemente en el aire de la sala de audiencia. Estos fueron los conceptos alrededor de los que guiaron los debates sobre estas materias en el juicio de Nuremberg. (198)

Eichmann, con sus menguadas dotes intelectuales solamente realizó aquello que él consideraba como exigencias de su deber de ciudadano cumplidor de las leyes, y, por otra parte, actuó siempre en cumplimiento de órdenes.

Durante el interrogatorio policial, cuando Eichmann declaró repentinamente, y con gran énfasis, que siempre había vivido en consonancia con los preceptos morales de Kant, en especial con la definición kantiana del deber, dio un primer indicio de que tenía una vaga noción de que en aquel asunto había algo más que la simple cuestión de un soldado que cumple órdenes claramente criminales, tanto en su naturaleza como por la intención con que son dadas.

Esta afirmación resultaba simplemente indignante, y también incomprensible, ya que la filosofía moral de Kant está tan estrechamente unida a la facultad humana de juzgar que elimina en absoluto la obediencia ciega.

El policía que interrogó a Eichmann no le pidió explicaciones, pero el juez Raveh, impulsado por la curiosidad o bien por la indignación ante el hecho de que Eichmann se atreviera a invocar a Kant para justificar sus crímenes, decidió interrogar al acusado sobre este punto.
Ante la general sorpresa, Eichmann dio una definición aproximadamente correcta del imperativo categórico: “Con mis palabras acerca de Kant quise decir que el principio de mi voluntad debe ser tal que pueda devenir el principio de las leyes generales”. (199)

Nótese que el principio kantiano no es aplicable al robo y al asesinato, porque el ladrón y el asesino no pueden desear vivir en un sistema jurídico que otorgue a los demás el derecho de robarles y asesinarles a ellos.

A otras preguntas Eichmann contestó que había leído la Crítica de la razón práctica, pero que desde el momento en que recibió el encargo de llevar a la práctica la Solución Final, había dejado de vivir en consonancia con los principios kantianos, que se había dado cuenta de ello, y que se había consolado pensando que había dejado de “ser dueño de sus propios actos” y que “él no podía cambiar nada”.

Lo que Eichmann no explicó a los jueces era que, no solo había prescindido de la fórmula kantiana, sino que la había modificado de manera que esta dijera: compórtate como si el principio de tus actos fuese el mismo que el de los actos del legislador, o el de la ley común. O, según la fórmula del “imperativo categórico del Tercer Reich”, debida a Hans Franck, que quizá Eichmann conocierta: “compórtate de tal manera, que si el Fürer te viera aprobara tus actos”. (200)

Kant, desde luego, jamás intentó nada parecido. Al contrario, para él, todo hombre se convertía en un legislador desde el instante en que comenzaba a actuar; el hombre, al servirse de su razón práctica, encontró los principios que podían y debían ser los principios de la ley.

Pero también es cierto que la inconsciente deformación de la frase que hizo Eichmann es lo que este llamaba la versión de Kant “para uso casero del hombre sin importancia”. En este uso casero, todo lo que queda del espíritu de Kant es la exigencia de que el hombre haga algo más que obedecer la ley, que vaya más allá del simple deber de obediencia, que identifique su propia voluntad con el principio que hay detrás de la ley, con la fuente de la que surge la ley. (200)

En la filosofía de Kant, esta fuente era la razón práctica; en el empleo casero que Eichmann le daba, este principio era la voluntad del Führer.
Gran parte de la horrible y trabajosa perfección de la Solución Final- una perfección que por lo general el observador considera como típicamente alemana, o bien como obra característica del perfecto burócrata- se debe a la extraña noción, muy difundida en Alemania, de que cumplir las leyes no significa únicamente obedecerlas, sino actuar como si uno fuera el autor de las leyes que obedece. De ahí la convicción de que es preciso ir más allá del mero cumplimiento del deber. (201)

Sea cual sea la importancia que haya tenido Kant en la formación del “hombre sin importancia” alemán, no cabe la menor duda de que, en un aspecto, Eichmann siguió verdaderamente los preceptos kantianos: una ley era una ley, y no cabían excepciones.

En consecuencia, no cabe ni siquiera discutir que Eichmann hizo cuanto estuvo en su mano para que la Solución Final fuera verdaderamente final o definitiva. Tan solo cabe preguntarnos si ello fue así en virtud de su fanatismo, de su odio sin límites a los judíos, o si mintió ante la policía y juró en falso ante el tribunal de Jerusalén, cuando afirmó que se había limitado a cumplir órdenes. (214)

La triste e inquietante verdad es, probablemente, que no fue su fanatismo sino su mismísima conciencia lo que impulsó a Eichmann a adoptar su negativa actitud en el curso del último año de la guerra. Eichmann sabía que las órdenes de Himmler contradecían abiertamente la orden del Führer.

Cuando llegó a Budapest la orden de Himmler en la que exigía la interrupción de la evacuación de los judíos húngaros, Eichmann amenazó con soliticar al Fürhrer una nueva decisión. (215)

En Jerusalén, al tener Eichmann las pruebas documentales de su extraordinaria lealtad a Hitler y a las órdenes del Führer, intentó, en diversas ocasiones, explicar que en el Tercer Reich “las palabras del Führer tenían fuerza de ley”, lo cual significaba, entre otras cosas, que si la orden emanaba directamente Hitler no era preciso que constara por escrito. Eichmann procuró explicar que esta era la razón por la que no pidió que le dieran una orden escrita del Führer (jamás se ha podido hallar un solo documento de tal índole, referente a la Solución Final, y probablemente nunca lo hubo), pero que, en cambio, sí pidió que le enseñaran las órdenes de Himmler. Ciertamente, este estado de cosas era verdaderamente fantástico, y se han escrito montones de libros, de muy “ilustrados” comentarios jurídicos demostrando que las palabras del Führer, sus manifestaciones orales, eran el derecho común básico. En este contexto “jurídico”, toda orden que en su letra o espíritu contradijera una palabra pronunciada por Hitler era, por definición, ilegal. (217)

Eichmann, mucho menos inteligente y prácticamente carente de educación, vislumbraba, por lo menos, de un modo vago, que no fue una orden sino una ley lo que les había convertido a todos en criminales. La distinción entre una orden y la palabra del Führer radicaba en que la validez de esta última no quedaba limitada en el tiempo y el espacio, lo cual es la característica más destacada de la primera. Esta es también la razón en cuya virtud la orden dada por el Führer de que se llevara a término la solución final fue seguida por un diluvio de reglamentos y ordenanzas redactados por expertos juristas; la orden del Führer recibió el tratamiento propio de una ley. No es necesario añadir que los consecuentes formalismos jurídicos, lejos de ser una simple manifestación de perfeccionismo alemán, cumplieron muy bien la función de dar externa apariencia de legalidad a la situación existente. (219)

Muchos alemanes y muchos nazis, probablemente la inmensa mayoría, tuvieron la tentación de no matar, de no robar, de no permitir que sus semejantes fueran enviados al exterminio (que los judíos eran enviados a la muerte lo sabían, aunque quizá muchos ignoraban los detalles más horrendos), de no convertirse en cómplices de estos crímenes al beneficiarse de con ellos. Pero, bien lo sabe el Señor, los nazis habían aprendido a resistir la tentación. (220)
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Hannah Arendt 08 Ene 2015 22:26 #28124

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Añado unas notas de un último capítulo en el que la autora aclara las intenciones de su obra a raiz de las controversias que tuvieron lugar tras la publicación de la primera edición de la misma. Algunas de esas controversias son muy semejantes a las que hemos tenido aquí en en foro a propósito de su famoso libro.

Hannah Arendt señala que el subtítulo de la obra (la banalidad del mal) puede dar lugar a una auténtica controversia, pues cuando habla de la banalidad del mal señala que Eichmann no era un Macbeth, y nada pudo estar más lejos de sus intenciones que “resultar un villano”.

Eichmann hubiera sido absolutamente incapaz de asesinar a su superior para heredar su cargo.
Eichmann carecía de imaginación y era irreflexivo, por ello no ascendió más en las SS y fue su irreflexión (que no es equivalente a estupidez) lo que le predispuso a convertirse en el mayor criminal de su tiempo.

No cabe atribuir a Eichmann diabólica profundidad, pero tampoco podemos decir que sea algo normal o común. No es nada normal que un hombre, en el instante de enfrentarse con la muerte, y, además en el patíbulo, tan solo sea capaz de pensar en las frases oídas en los entierros y funerales a los que en el curso de su propia vida asistió y que esas palabras pudieran velar totalmente la perspectiva de su propia muerte. En realidad, una de las lecciones que nos dio el proceso de Jerusalén fue que tal alejamiento de la realidad y tal irreflexión pueden causar más daño que todos los malos instintos inherentes, quizá, a la naturaleza humana. (418)

El genocidio solo puede realizarse mediante el empleo de una gigantesca organización burocrática con recursos gubernamentales. Pero, en tanto que las actividades en cuestión constituyeron un delito, todas las ruedas de la máquina, por insignificantes que fueran, se transformaban en autores. Si el acusado se ampara en el hecho de que no actuó como hombre, sino como un funcionario cuyas funciones hubieran podido ser llevadas a cabo por cualquier otra persona, ello equivale a la actitud del delincuente que, amparándose en las estadísticas de criminalidad- que señalan que en tal o cual lugar se cometen tantos o cuantos delitos al día-, declarase que él tan solo hizo lo que estaba ya estadísticamente previsto, y que tenía carácter meramente accidental el que fuese él quien lo hubiese hecho, y no cualquier otro, por cuanto, a fin de cuentas, alguien tenía que hacerlo. (420)

Desde luego, para las ciencias políticas y sociales tiene gran importancia el hecho de que sea esencial en todo gobierno totalitario, y quizá propio de la naturaleza de toda burocracia, transformar a los hombres en funcionarios y simples ruedecillas de la maquinaria administrativa, y, en consecuencia, deshumanizarles. (420)

Pero el derecho solo puede prestar atención a estos factores en cuanto constituyen circunstancias modificativas de la responsabilidad criminal, como, por ejemplo, en el delito de robo se toma en cuenta la situación económica del acusado, sin que por ello quede el robo, en sí mismo, justificado, y sin borrarlo, ni mucho menos, del articulado del código.
Cierto es que la moderna psicología y sociología, por no hablar ya de la moderna burocracia, nos han habituado a no atribuir responsabilidad al ejecutor de determinado acto, en virtud de tal o cual determinismo.

La validez de estas aparentemente más profundas explicaciones del comportamiento humano es muy discutible. Pero, en cambio, no cabe discutir que sobre su base sería imposible elaborar un procedimiento judicial, fuese de la clase que fuere, y que la administración de justicia, considerada según los criterios de estas teorías, es una institución muy poco moderna, por no decir anacrónica. Hitler tenía el sueño de construir una perfecta burocracia, en la que fuera inútil la profesión de jurista. (421)

Eichmann actuó en todo momento dentro de los límites impuestos por sus obligaciones de conciencia: se comportó en armonía con la norma general, examinó las órdenes recibidas para comprobar su manifiesta legalidad, o normalidad, y no tuvo que recurrir a la consulta con su conciencia, ya que no pertenecía al grupo de quienes desconocían las leyes de su país y presumía que la ley contiene solo lo que la conciencia de todo hombre proclama. Incluso la jurisprudencia israelita admitía que las órdenes superiores son una circunstancia atenuante muy cualificada, y admitía que las órdenes superiores, incluso cuando su ilicitud es manifiesta, afectan gravemente al normal funcionamiento de la conciencia humana. (427)

En este caso, enfrentándose a una matanza administrativa organizada por la burocracia estatal, los jueces juzgaron libremente, sin fundar su juicio realmente en los precedentes jurídicos. (428)

Los jueces decidieron exigir a los acusados que fuesen capaces de distinguir lo justo de lo injusto mediante su propio juicio, incluso en total oposición de la opinión unánime de cuantos les rodeaban, e incluso contra las leyes. Los acusados tenían que decidir sin ayuda de normas, ante hechos sin precedentes. (428)

Vemos que, a raíz de la presente obra, muchos hombres de letras norteamericanos han proclamado la ingenua creencia de que la tentación y la coacción son la misma cosa, y que a nadie debe pedirse que resista la tentación. La argumentación según la cual aquellos que no estuvieron presentes e implicados en los acontecimientos no pueden juzgar parece convencer a la mayoría, en cualquier lugar del mundo. Por otra parte, el reproche de irreflexiva severidad para con el prójimo, dirigido contra aquellos que osan juzgar, es muy antiguo. (429)

La reflexión de que quizá uno se hubiera portado mal, en el caso de encontrarse en las circunstancias de quienes así se comportaron, quizá dé lugar al nacimiento de cierto espíritu de perdón, pero aquellos que en la actualidad traen a colación el concepto de caridad cristiana parecen también encontrarse un tanto confundidos. (430)

Lo que la opinión pública nos permite juzgar, e incluso condenar, son las tendencias generales, o los grupos de seres humanos- cuanto más amplios mejor-; en resumen, nos permite juzgar algo tan general que ya no cabe efectuar distinciones ni mencionar nombres. No es necesario añadir que dicha prohibición es doblemente pertinente cuando se trata de los actos o las palabras de la gente famosa o de hombres situados en altos puestos.
Tal creencia suele expresarse con altaneras afirmaciones, en el sentido de que es “superficial” insistir en los detalles y referirse a los individuos, en tanto que demuestra refinamiento hablar en términos generales, en cuya virtud todos los gatos son pardos, y todos nosotros igualmente culpables. (431)

Frente a estos clichés, en la actualidad, son muchos los que están dispuestos a reconocer que la culpa colectiva, o, a la inversa, la inocencia colectiva, no existe, y que, si verdaderamente existieran no habría individuos culpables o inocentes. (432)

Únicamente en sentido metafórico puede uno decir que se siente culpable, no por lo que uno ha hecho, sino por lo que ha hecho el padre o el pueblo de uno. Moralmente hablando, casi tan malo es sentirse culpable sin haber hecho nada concreto como sentirse libre de toda culpa cuando se es realmente culpable de algo. La cuestión de la culpa o la inocencia individual, el acto de hacer justicia tanto al acusado como a la víctima, es la única finalidad de un tribunal de lo criminal. (433)

Edito: yo misma, al repasar con atención este último capítulo, vi que adopté una interpretación de su obra en cierto modo parecida al de ese determinismo del crimen, o culpa colectiva de la que se aparta la autora expresamente en este texto.
Última Edición: 08 Ene 2015 22:32 por Tasia.
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Hannah Arendt 07 May 2020 12:03 #54872

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Este es el examen final con el que evaluó Hannah Arendt a los alumnos del curso sobre la filosofía política de Kant, que la filósofa impartió en la Universidad de Chicago (1964):

EDITO:

El enlace al examen de Arendt está dañado. Intentaré recuperarlo.
Última Edición: 08 May 2020 20:31 por Moira.
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Hannah Arendt 16 May 2020 01:06 #54990

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Genial. Me pone.
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Hannah Arendt 16 May 2020 12:09 #54996

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Aquí está el examen con el que Hannah Arendt evaluó los conocimientos que sus alumnos tenían respecto a la filosofía política de Kant (Universidad de Chicago, 1964):

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