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TEMA: Schiller. Cartas sobre la educación estética del hombre

Schiller. Cartas sobre la educación estética del hombre 21 Ene 2015 21:32 #28191

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Schiller es uno de los autores que se ven en esta asignatura, y las Cartas son una de las lecturas seguidas en el estudio del idealismo alemán.

Reúno aquí un resumen de las Cartas sobre la fragmentación del hombre (concepto, como se observará, con cierto paralelismo con la alienación de Marx):

El arte es hijo de la libertad y solo ha de regirse por la necesidad del espíritu, no por meras exigencias materiales. Sin embargo, en los tiempos actuales imperan esas exigencias, que doblegan bajo su tiránico yugo a la humanidad envilecida. El provecho es el gran ídolo de nuestra época, al que se someten todas las fuerzas y rinden tributo todos los talentos.

El hijo de la naturaleza se convierte, cuando se sobreexcede, en un loco frenético. El discípulo de la cultura, en un ser abyecto. La ilustración de la que se vanaglorian, no del todo sin razón, las clases más refinadas, tiene en general un influjo tan poco beneficioso para el carácter que no hace sino asegurar la corrupción como consecuencia de sus preceptos.

La afectada decencia de nuestras costumbres niega a la naturaleza la primera palabra. El egoísmo ha impuesto su sistema en el seno de la sociabilidad más refinada y, sin haber llegado a alcanzar un corazón sociable, experimentamos todas las vejaciones de la sociedad.
Sometemos nuestro libre juicio a su despótica opinión, nuestro sentimiento a sus caprichosas costumbres, nuestra voluntad a sus seducciones. Una orgullosa autosuficiencia constriñe al corazón del hombre de mundo, un corazón que con frecuencia late aún armoniosamente en el hombre natural y, como si se tratara de una ciudad en llamas, cada cual procura salvar de la devastación solo su miserable propiedad.

Se piensa que la única posibilidad de protegerse de los desvaríos del sentimentalismo es renunciar por completo a él. Pero, bien lejos de procurarnos la libertad, la cultura genera únicamente una nueva necesidad con cada una de las fuerzas que forma en nosotros.

Los lazos del materialismo nos oprimen cada día más angustiosamente, de tal modo que el miedo a perder ahoga incluso nuestro vivo impulso de perfeccionamiento, y hace valer la máxima de la obediencia ciega como la suprema sabiduría de la vida. Vemos así que el espíritu de la época vacila entre la perversión de lo antinatural y la tosquedad de la pura naturaleza.

Vemos a los griegos plenos, tanto de forma como de contenido, a la vez filósofos y artistas, delicados y enérgicos, reuniendo en una magnífica humanidad la juventud de la fantasía con la madurez de la razón.

En aquel entonces, la sensibilidad y el espíritu no poseían aún campos de acción estrictamente diferenciados. En caso de necesidad, poesía y filosofía podían intercambiar sus funciones, porque ambas, cada una a su manera, hacían honor a la verdad. Por muy alto que se elevara la razón, siempre llevaba consigo amorosamente a la materia.

Fue la cultura la que infligió esa herida a la humanidad moderna. Al tiempo que, por una parte, la experiencia cada vez más amplia y el pensamiento cada vez más determinado hacían necesaria una división más estricta de las ciencias, y por otra, el mecanismo cada vez más complejo de los Estados obligaba a una separación más rigurosa de los estamentos sociales y de los oficios, también se fue desgarrando la unidad interna de la naturaleza humana y una pugna fatal dividió sus armoniosas fuerzas.

Con la esfera a la que reducimos nuestra operatividad, nos imponemos además a nosotros mismos un amo y señor, que no pocas veces suele acabar oprimiendo nuestras restantes facultades. Al tiempo que, de una parte, la prolífica imaginación deseca los laboriosos plantíos del entendimiento, de otra, el espíritu de la abstracción consume la hoguera al lado de la cual habría podido calentarse el corazón y encenderse la fantasía.

Aquella naturaleza multiforme de los Estados griegos, donde cada individuo gozaba de una vida independiente y, cuando era necesario, podía llegar a identificarse con el todo, cedió su lugar a un artificioso mecanismo de relojería, en el cual la existencia mecánica del todo se forma a partir de la concatenación de un número infinito de partes que carecen de vida propia.

Estado e Iglesia, leyes y costumbres, fueron separadas entonces violentamente; el placer se desvinculó del trabajo, el medio de su finalidad, el esfuerzo de la recompensa.

Ligado eternamente a un único y minúsculo fragmento del todo, el hombre mismo evoluciona como fragmento, no oyendo más que el sonido monótono de la rueda que hace funcionar, nunca desarrolla la armonía que lleva dentro de sí, y en lugar de imprimir a su naturaleza el carácter propio de la humanidad el hombre se convierte en un reflejo de su oficio, de su ciencia.

El Estado no deja en manos de cada hombre un mecanismo de relojería tan artificioso y delicado, sino que les prescribe rigurosamente mediante un reglamento que paraliza su inteligencia libre. La letra muerta sustituye al entendimiento vivo, y una memoria ejercitada es mejor guía que el genio y la sensibilidad.

Si la colectividad hace de la función pública la medida del hombre, si aprecia a uno de sus ciudadanos solo por su memoria, al otro por su inteligencia tabular, y a un tercero únicamente por su habilidad mecánica; si en un caso, sin tener en cuenta el carácter, insiste solo en sus conocimientos, y en otro, por el contrario, acepta incluso la inteligencia menos lúcida, mientras se trate de un espíritu de orden y se conduzca según la ley; si pretende al mismo tiempo que estas habilidades individuales se desarrollen tan intensamente, como mínima es la extensión que se le permite al propio individuo ¿nos extrañará entonces que se desatiendan las restantes facultades espirituales, pare dedicar todas las atenciones a la única que proporciona consideración social y que resulta ventajosa?

Sabemos que un talento genial no permite que los límites de su oficio sean también los límites de su actividad, pero el talento mediocre consume totalmente sus escasas fuerzas en el oficio que le ha correspondido, y aquél que se reserva algo para sus aficiones, sin perjuicio de su profesión, ha de ser ciertamente más que una inteligencia común y corriente.
Además, raras veces es una buena referencia para el Estado, el que todavía queden fuerzas después de cumplido el trabajo, o que la superior necesidad espiritual del hombre de genio pueda oponerse a su función pública. El Estado es celoso de la posesión exclusiva de sus servidores.

La clase dirigente obligada a simplificar, clasificándola, a la multiplicidad de los ciudadanos, y a considerar siempre a la humanidad sirviéndose de una representación indirecta, la clase dirigente acaba perdiendo totalmente de vista a dicha humanidad, y los ciudadanos reciben con indiferencia unas leyes que poco tienen que ver con ellos mismos. El poder público es solo un fragmento más, odiado y burlado por aquellos que lo necesitan, y solo respetado por aquellos que pueden prescindir de él.

El hombre especulativo se elevó tanto en la abstracción que perdió de vista lo singular, y el hombre práctico permaneció demasiado a ras de tierra como para poder abarcar la totalidad. El hombre de racionalidad analítica desposeyó a la fantasía de su fuerza y su energía, haciendo que su corazón se volviera frío, fraccionando las impresiones, que sin embargo solo conmueven el alma cuando constituyen un todo. El hombre práctico tiene con mucha frecuencia un corazón rígido porque su imaginación, recluida en el ámbito de su actividad, no es capaz de extenderse hacia otras formas de representación.

El fenómeno de la humanidad griega fue un logro máximo, pero la humanidad no podía perseverar en ese estadio, ni elevarse a cotas más altas. No podía perseverar porque el entendimiento se vio obligado indefectiblemente, por la acumulación del saber, a separarse de la sensación y de la intuición para buscar un conocimiento claro de las cosas. Tampoco podía elevarse a cotas más altas, porque un determinado grado de claridad solo es compatible con una determinada plenitud de sentimiento. Los griegos alcanzaron ese punto, y si hubieran querido progresar hacia una cultura superior, habrían tenido que prescindir, como nosotros, de la totalidad de su ser, y buscar la verdad por caminos separados.

Para desarrollar todas y cada una de las múltiples facultades humanas, no había otro medio que oponerlas entre sí. Este antagonismo de fuerzas es el gran instrumento de la cultura, pero solo el instrumento, pues mientras persista, no estaremos sino en el camino que conduce hacia ella. Cuando cada una de las facultades humanas se aísla y pretende imponer su legislación exclusiva, entra en contacto con la verdad de las cosas.

Una práctica unilateral de las facultades humanas lleva al individuo inevitablemente al error, pero conduce a la especie hacia la verdad.
Por mucho que pueda haber ganado el mundo con esta educación por separado de cada una de las facultades humanas, es una maldición para los individuos. Se pueden formar cuerpos atléticos con ejercicios gimnásticos, pero la belleza solo se alcanza con el juego libre y uniforme de sus miembros. Asimismo, un intenso desarrollo de determinadas facultades espirituales puede generar hombres extraordinarios, pero solo la armonía de las mismas dará lugar a hombres felices y perfectos.

La fragmentación nos hace siervos de la humanidad, nos hace realizar un trabajo de esclavos, mutila nuestra naturaleza con las huellas vergonzosas de la servidumbre, para que las generaciones venideras puedan ser felices y ociosas en su salud moral y desarrollar libremente su humanidad.

¿Puede ser cierto que el destino del hombre sea malograrse a sí mismo en pro de generaciones futuras? Tiene que ser falso que el desarrollo aislado de las facultades humanas haga necesario el sacrificio de la totalidad, debemos ser capaces de restablecer en nuestra naturaleza humana esa totalidad que la cultura ha destruido, mediante una cultura más elevada.

La racionalidad en el hombre no constituye aún el comienzo de su humanidad. La humanidad nace de la libertad, y la primera tarea de la razón es acabar con la dependencia sensible del hombre que está atormentado por la imperiosa necesidad y que solo encuentra límite en el apetito saciado.

La razón exige lo absoluto (lo que se fundamenta a sí mismo) y el hombre no puede satisfacer esa exigencia en el estado físico, por eso abandona por completo la materia y se remonta hacia las ideas.

Pero esto provoca inquietud y temor, pues la razón ha equivocado su objeto imponiendo su ley directamente a la materia. Fruto de esto son los sistemas categóricos que prometen la felicidad, como la vida eterna. Aquí el hombre no alcanza la libertad a la que aspiraba.
Por el contrario, pierde la aspiración a la duración ilimitada de la existencia y del bienestar, que era un ideal forjado por la apetencia de una animalidad que aspiraba a lo absoluto. Pierde el presente que antes poseía, sin lograr la ansiada lejanía.

La ley moral se manifiesta como una prohibición que violenta el interés del sensible amor propio del hombre. El hombre siente las cadenas impuestas por la razón, y no la liberación absoluta que esta promete. Sin presentir la dignidad del legislador que hay en su interior, siente solo la coacción y la impotencia del súbdito. Este hombre piensa que los conceptos de derecho e injusticia son estatutos impuestos por una determinada voluntad y no admite que sean válidos en sí mismos y para siempre. Al hombre no debe dominarlo ni la naturaleza, ni la razón basada en condiciones.
Última Edición: 21 Ene 2015 21:33 por Tasia.
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Schiller. Cartas sobre la educación estética del hombre 21 Ene 2015 21:45 #28192

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Expongo un resumen de las Cartas sobre la utopía estética de Schiller:

La razón encuentra y expone la ley moral, pero es la animosa naturaleza y el vivo sentimiento la encargada de ejecutarla. Para poder vencer en su lucha contra las fuerzas naturales, la verdad ha de convertirse primero en una fuerza, y crear un impulso que la represente en el reino de los fenómenos, porque los impulsos son las únicas fuerzas motrices del mundo sensible.

Si hasta ahora la razón ha dado tan contadas muestras de su fuerza victoriosa, no es porque el entendimiento no haya sabido ponerla de manifiesto, sino porque el corazón la desoyó y el impulso no actuó en su favor.

¿Por qué persiste el dominio de los prejuicios y el oscurecimiento de la inteligencia, pese a que la ilustración expande la filosofía y la experiencia?
La ilustración del entendimiento solo merece respeto si se refleja en el carácter, pero con eso no basta: surge en el carácter porque el camino hacia el intelecto lo abre el corazón. La necesidad más apremiante de la época es, pues, la educación de la sensibilidad.

Antes de que la verdad ilumine con su luz victoriosa las profundidades del corazón, la fuerza poética capta ya sus destellos.

Al joven amante de la verdad y de la belleza que me preguntara cómo satisfacer el noble impulso de su corazón, aun teniendo en contra todas las tendencias de su siglo, le contestaría: mediante tus hechos o creaciones, convierte lo necesario y eterno en objeto de tus impulsos. Caerá el edificio de la locura y la arbitrariedad, ha de caer, pero ha de derrumbarse en el interior del hombre y no solo en su exterior.

Engendra la verdad en el silencio de tu alma y ponla en la belleza, de manera que no solo el pensamiento le rinda homenaje, son que también los sentidos acojan amorosamente su aparición.
Alberga en tu corazón un ideal que te sirva de modelo, vive con tu siglo pero no seas obra suya, da a tus coetáneos aquello que necesitan, pero no lo que aplauden. Piensa cómo deberían ser si tienes que influir en ellos, pero piensa cómo son si pretender hacer algo por ellos.

La seriedad de tus principios hará que te rehúyan, y sin embargo podrán soportarlos bajo la apariencia del juego; su gusto es más puro que su corazón, y es aquí donde has de atrapar al temeroso fugitivo. Asediarás en vano sus máximas morales, condenarás en vano sus hechos, pero puedes intentar influir en sus ocios. Si ahuyentas de sus diversiones la arbitrariedad, la frivolidad y la grosería, las desterrarás también, imperceptiblemente de sus actos, y finalmente de su manera de ser y pensar.

El impulso sensible demanda variación, el formal que no exista variación. Ambos obran conjuntamente en el impulso del juego. Dicho impulso concilia la variación con la identidad.
Esto ocurre, por ejemplo, cuando una persona simultáneamente atrae nuestro interés sensorial y nuestro respeto intelectual, entonces desaparece tanto la coacción de la sensibilidad como de la razón y empezamos a amarle. Esto transforma la necesidad en libertad y la libertad en necesidad.

La belleza no es mera sensación, que es a lo que el gusto de la época querría degradarla. Tampoco es mera forma, como han juzgado algunos filósofos especulativos y algunos artistas que filosofaron sobre el arte. La belleza es el objeto común de ambos impulsos, el impulso del juego.

Se sitúa entre la ley y la necesidad, se sustrae a la coacción de ambas. Se utiliza juego en un sentido no frívolo. Pero este equilibrio seguirá siendo siempre solo una idea que la realidad nunca llegará alcanzar, en la realidad predominará siempre un elemento sobre el otro.

La belleza puede llevar al hombre sensible hacia el pensamiento, y al hombre racional hacia las sensaciones.
De esto parece deducirse que hay un estadio intermedio entre la sensibilidad y el pensamiento, y que la belleza nos traslada a ese estadio. Sin embargo ello no es así, pues la distancia es infinita y nada puede salvarla.

La belleza enlaza el sentir y el pensar, sin llevarnos a un término medio. La belleza enlaza dos estados opuestos entre sí, que nunca podrán llegar a constituir una unidad.

La libertad nace cuando el hombre está completamente formado, cuando sus dos impulsos fundamentales se han desarrollado ya. No puede haber libertad mientras esté incompleto y uno de los impulsos quede excluido.

El estado estético nos hace sentir fuerza del tiempo y nuestra humanidad se manifiesta con pureza e integridad, como si no hubiera sufrido ningún daño por la intromisión de fuerzas coactivas.

Lo que halaga nuestros sentidos desarrolla nuestra sensibilidad ante toda impresión, pero nos hace menos aptos para cualquier esfuerzo. Por otra parte, lo que tensa nuestras potencias intelectuales y nos induce a forjar conceptos abstractos, nos fortalece para la resistencia y la actividad propia, pero nos endurece y nos arrebata receptividad. Ambas fuerzas nos conducen necesariamente al agotamiento.

Pero cuando nos entregamos al placer de la auténtica belleza nos volvemos con la misma facilidad hacia lo serio y hacia el juego, hacia la ductilidad y hacia la resistencia, hacia el pensamiento abstracto y hacia la intuición.

La auténtica obra de arte nos aporta serenidad y libertad de espíritu, fuerza y vigor. Nos conduce a un estado carente de una determinación concreta, pero pleno de una determinabilidad ilimitada.

Si, después de haber gozado de un placer estético, nos vemos especialmente inclinados a actuar de una determinada manera, y torpes e indispuestos para cualquier otra, ello es muestra de que no hemos experimentado un efecto estético puro.

La excelencia de una obra de arte consistirá en acercarse lo máximo posible a ese ideal de pureza estética. Así pues, cuanto más universal sea la disposición de ánimo y menos limitada la tendencia que un género artístico y un determinado producto de ese género imprimen en nuestro ánimo, cuando más nombre será ese género y más excelente su producto.

En el estado estético el hombre no es nada si nos atenemos a un único resultado y no a la totalidad de sus facultades, y si consideramos que carece de toda determinación particular. Por eso ha de darse toda la razón a aquellos que consideran que la belleza y el estado de ánimo en que esta nos sumerge son completamente indiferentes e inútiles con respecto al conocimiento y al modo de ser y pensar.

Tienen toda la razón, pues la belleza no realiza ningún fin, ni intelectual ni moral, no es capaz de hallar ninguna verdad, no nos ayuda a cumplir ningún deber y es, en una palabra, tan incapaz para fundamentar el carácter como para instruir a la inteligencia.

Mediante la cultura estética el valor personal de un ser humano, o su dignidad, queda aún completamente indeterminada. Lo único que consigue la cultura estética es que el hombre por naturaleza pueda hacer de sí mismo lo que quiera, devolviéndole así por completo la libertad de ser lo que ha de ser.

Pero, con ello, se ha conseguido también algo infinito. Puesto que, tan pronto recordemos que precisamente esa libertad le fue arrebatada en el estado sensible por la coacción de la naturaleza, y en el pensamiento por la rigidez de la razón, tenemos que considerar entonces la libertad a que devuelve al hombre el estado estético un bien supremo, el don de la humanidad. La existencia estética le devuelve una y otra vez la humanidad.
La belleza solo hace posible la humanidad, y deja después a cargo de nuestra voluntad libre cómo queremos realizar esa humanidad.

Ateniéndonos a sus efectos particulares, podemos considerar a la disposición estética como una nada. Pero por otra parte podemos considerarla como un estado de máxima realidad, desde la perspectiva de la ausencia de limitaciones y de la suma de fuerzas que se aúnan en ella.
Por tanto, tampoco puede decirse que estén equivocados quienes afirman que el estado estético es el más productivo en lo que se refiere al conocimiento y a la moralidad. Tienen toda la razón, ya que una disposición de ánimo que comprenda en sí la totalidad de lo humano, ha de encerrar también necesariamente dentro de sí la capacidad para toda manifestación particular de esa humanidad.

Precisamente porque no defiende exclusivamente ninguna función particular de la humanidad, favorece sin distinción a todas y no tiene preferencia por ninguna, porque es el principio que las hace posibles a todas. Cualquier otra actividad desarrolla una aptitud especial pero nos impone un límite, solo la actividad estética conduce a lo ilimitado.

La verdadera libertad estética solo podemos esperarla en la forma de una obra de arte bella, y no en su contenido, porque el contenido, por sublime y universal que sea, siempre limita al espíritu.

Por eso la auténtica libertad estética no está en el carácter apasionado de una obra de arte, ni en su contenido didáctico o moral, pues todo eso son tendencias determinadas del ánimo.
Última Edición: 21 Ene 2015 21:51 por Tasia.
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Schiller. Cartas sobre la educación estética del hombre 21 Ene 2015 21:49 #28193

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Continúo con la Utopía estética de Schiller:

No hay otro camino para hacer racional al hombre sensible que el hacerlo previamente estético. No se puede pasar de vivir en un mundo de sensaciones, a la intelectualidad sin pasar por un momento de libertad estética.

Ese momento estético no influye en nuestros conocimientos ni en nuestra manera de ser y pensar, y deja sin resolver nuestro valor intelectual y moral, pero es la condición para llegar a un carácter intelectual.

¿Ha de ser absolutamente necesaria esa mediación? La verdad intelectual no es algo que, como la existencia sensible de las cosas, pueda recibirse desde fuera, sino que es algo que el pensamiento debe encontrar por sí mismo, haciendo uso de su libertad. Pero esa libertad es de lo que carece quien vive perdido en las sensaciones.

Mediante la disposición estética se contiene el poder de las sensaciones puramente físicas y el hombre se encuentra en una situación de libertad necesaria para pasar de la belleza a la verdad y al deber.

Una vez que alguien se encuentra en el estado estético no se necesita más que una situación sublime para hacer de esta persona un héroe o un sabio, pues lo sublime actúa poderosamente motivando a la voluntad.

La sensibilidad no puede decir nada de la moralidad y de la verdad, pero a través del impulso del juego y de la felicidad que conlleva, puede conducir a la moralidad y a la verdad.
La lucha contra los impulsos naturales debe llevarse a cabo en su propio campo, imprimiendo en los apetitos un carácter más noble. Esto se consigue por medio de la cultura estética.

La belleza es obra de la contemplación libre y con ella entramos en el mundo intelectual, pero hay que hacer notar que no abandonamos por ello el mundo sensible como ocurre con la mera intelectualidad. Cuando nos deleitamos con el conocimiento, diferenciamos nuestras ideas de nuestra sensibilidad, y consideramos a esta última como algo que podría desaparecer, sin que cesara el conocimiento, y sin que la verdad dejara de ser verdad.

Sin embargo, sería una tarea vana que pretendiéramos abstraer de la idea de belleza su relación con la sensibilidad, sino que han de considerarse ambas a la vez. En la contemplación de la belleza la reflexión se funde tan completamente con el sentimiento que creemos estar sintiendo directamente la forma. La belleza es a la vez forma comprendida y vida sentida.

La belleza nos muestra que es compatible la limitación con la infinitud, y la dependencia física del hombre con su libertad moral.

Los filósofos analíticos nos han dicho que el sentimiento y el pensar son incompatibles, pues no han encontrado mejor prueba de la viabilidad de la ética en el ser humano que la de afirmar su imperatividad. Pero vemos que en el placer de la belleza se unen materia y forma, lo infinito y lo finito, razón y sensación.

Mediante la belleza la libertad moral puede coexistir con los sentidos, y el hombre no tiene por qué escapar a la materia.

Cuando el hambre no apremia al león, y ninguna fiera lo desafía en la lucha, la fuerza desocupada se da a sí misma un objeto; con su potente rugido llena de ecos el desierto, y su fuerza exuberante goza en sí misma de un derroche sin finalidad. El insecto revolotea alegremente bajo los rayos del sol. Tampoco es, ciertamente, el grito acuciante del apetito más elemental el que escuchamos en el canto de los pájaros. El animal trabaja, cuando la carencia es la que impulsa la actividad, y juega, cuando aquello que lo mueve a actuar es una abundancia de fuerza, cuando la vida exuberante se estimula por sí misma a la actividad.
Los árboles producen innumerables brotes que se echan a perder sin haberse desarrollado, y para alimentarse extienden muchas más raíces, ramas y hojas de las que necesitan para perpetuarse a sí mismos y a su especie.

Partiendo de la coacción de las necesidades la naturaleza pasa en juego estético gracias a la abundancia, al juego físico, y antes de haber superado las cadenas de toda finalidad en la libertad de la belleza, se alimenta ya de esa autonomía.

El hombre, en el juego de la imaginación, disfruta de su propia fuerza y de su carencia de ataduras en una espontánea sucesión de imágenes. Al principio del desarrollo del impulso estético para el hombre lo bello es lo que le excita, lo vehemente y lo salvaje, y huye de la sencillez y de la serenidad.

Pero no busca lo bello solo para recibirlo pasivamente, sino porque lo mueve a actuar, no le gusta porque satisfaga una mera necesidad, sino porque da cumplimiento a una ley que aunque todavía débilmente, habla en su pecho.

Lo bello se introduce en la vivienda, en los utensilios, en la vestimenta, y la forma se apodera del hombre, transformando su interior. El espontáneo salto de alegría se hace danza, los confusos sonidos de las sensaciones se despliegan y forman el ritmo y el canto.

Una necesidad más hermosa entrelaza a los sexos, y el corazón ayuda a mantener unido aquello que el apetito animal anuda solo de manera caprichosa e inconsciente. Allí donde había un egoísta comercio de placer, hay ahora un magnánimo intercambio de afecto que se eleva hacia el amor. El amor solo puede ser libre, y por eso la violencia se somete a la delicadeza, y las injusticias de la naturaleza se corrigen con la magnanimidad de las costumbres.

En medio del reino de las fuerzas naturales y en medio del reino de las leyes, el impulso estético va construyendo el reino del juego y la apariencia, que liberta al hombre de las cadenas de toda coacción, tanto física como moral.

En el reino del derecho un hombre es una fuerza contra otro hombre, y el derecho limita la libertad. En el reino ético del deber, el hombre se opone a los demás esgrimiendo la majestad de una norma y encadenando su propia voluntad.

En el Estado estético, el hombre es para los demás una forma, un objeto del libre juego. La ley fundamental de este reino es dar libertad por medio de la libertad.

El derecho doma al hombre con la fuerza, pero el Estado estético cumple la voluntad del conjunto mediante la naturaleza del individuo. La naturaleza hace al hombre reunirse en sociedad, y la razón enseña principios sociales, pero solo la belleza hace sociable al hombre. El gusto da armonía a la sociedad.

Solo el gusto puede unificar a la sociedad, porque se refiere a lo común en todos y cada uno de los hombres. Los goces de los sentidos los gozamos únicamente como individuos, y no podemos generalizarlos. Los placeres racionales los disfrutamos solo como resultado de la cultura. Pero el gusto lo disfrutamos como individuos y como cultura simultáneamente.

El bien moral solo hace feliz a los que son abnegados y a los corazones puros. Pero la belleza es capaz de hacer feliz a todo el mundo, y los seres olvidan sus limitaciones mientras experimentan su mágico poder.

En el reino del gusto no hay privilegio ni autoritarismo. El gusto conduce al conocimiento desde la esfera secreta de la ciencia al cielo abierto del sentido común. En el Estado estético, todos, incluso los instrumentos de trabajo, son ciudadanos libres, y el entendimiento debe contar aquí con su aquiescencia.
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