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TEMA: Decadencia, mediocridad consensuada y teorías de la liberación.

Decadencia, mediocridad consensuada y teorías de la liberación. 04 Mar 2016 18:03 #35477

  • Herrgoldmundo
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Leyendo el artículo de Tasia sobre el ecofeminismo, en el blog de "la galería de los perplejos", he recordado una reflexión que escribí ya hace bastante tiempo y que, creo, tiene bastante relación con el tema del ecofemismo, el capitalismo y la sociedad patriarcal.

Las izquierdas no paran de crear, primero, y de legitimar, a continuación, nuevas teorías de la liberación; no cejan de dar vida a peregrinos híbridos ideológicos que pretenden aglutinar, en una única propuesta de lucha, la superación de todas y cada una de sus fobias: capitalismo, fascismo, patriarcado...

He preferido traer a este lugar mi reflexión, porque el contenido de la misma, aunque muy relacionado con las teorías de la liberación, no pretende tanto argumentar a favor o en contra de las mismas (aunque implícitamente se haga) como señalar la causa primigenia que genera tanto despropósito creativo: la decadencia de Occidente, entendida ésta como pérdida de salvadores valores tradicionales.

Introducción.

Ortega sostuvo que la única verdad radical era la vida; la vida como fuente de todo: del mundo, del ser, del Dasein, de la totalidad del ex-sistere en definitiva. Yo lo suscribo.
Zubiri, de forma análoga, estableció que la realidad era la verdad radical que convertía al ser humano, de facto, en un animal de realidades.
Vida y realidad son, o deberían ser, dos verdades a priori incuestionables. Y, sin embargo, la humanidad ha llegado incluso a cuestionar la vida misma (la de un feto humano, por ejemplo) o la realidad que le envuelve. Hace tiempo que el ser humano se proyecta en el ex-sistere a través de mundos irreales y virtuales; a través de fantasías o ficciones empeñadas, las más de las veces, en negar obstinadamente la realidad circundante.

Sin embargo, a pesar del pensamiento negativo y defensivo (contra la tradición y la realidad histórica) que caracteriza a la postmodernidad, el ser humano necesita conocer y tener certezas sobre sí mismo y sobre el mundo que le rodea, y necesita, por tanto, establecer verdades sólidas que den sentido a su existencia.
Necesitamos verdades absolutas y universales. Sí, las necesitamos. Cuestión diferente es que ya no creamos en la posibilidad de hallar verdades sempiternas e inmutables.
Pero la necesidad de creer en algo, por peregrino que sea, nos obliga a traicionar nuestro fingido relativismo ético, moral y estético. Al final, siempre una verdad, mal que sea relativa o consensuada, deberá ocupar el vacío nihilista que dejaran las otrora verdades absolutas y universales.

La verdad absoluta.

El Occidente de la postmodernidad ha aprendido a vivir en la creencia de que no existen las verdades apriorísticas, inmutables y eternas. Con la muerte de Dios moría, de hecho e irremediablemente, la única esperanza de creer en verdades absolutas e incuestionables.
Convencido Occidente, que no otras civilizaciones, de que era imposible hallar verdades absolutas, se dedicó a suplantar a éstas con los sucedáneos más pintorescos y ajenos a la razón de ser de la propia civilización occidental.
El ateo cree en la verdad absoluta de que no existe ninguna verdad absoluta (paradoja). Mientras, los cripto-budistas (misticismos, filosofías y corrientes psicológicas herederas de Oriente) se atreven a proclamar la irrealidad de la conciencia como verdad incuestionable.

La verdad relativa.

De hecho, cuando nos referimos a la verdad relativa, seguimos creyendo en la verdad, pero en la verdad de una "parte de", es decir, en la verdad (ideológica, religiosa o mística) que comparte un conjunto de creyentes afines a unas determinadas ideas, o a una fe en concreto.
Y es que el ser humano necesita ser creyente, sí o sí, pues de lo contrario, sumido en el nihilismo y la angustia existencial, se dirigiría hacia una segura autoinmolación o suicido vital.
Allí donde antes teníamos a un ferviente creyente en Dios, ahora tenemos a un dogmático creyente del socialismo utópico; donde antes había creyentes en una religión monoteísta, es decir, donde había una necesidad de estar religados a un ente supremo y creador, ahora tenemos individuos igualmente religados al Maya o irrealidad de la conciencia (budismo, taoísmo...). Donde antes se erigían iglesias cristianas, ahora se erigen los templos de las iglesias de la cienciología o de las iglesias gnósticas, por poner tan solo dos ejemplos.
Cuando una sociedad se obceca en despojar a sus ciudadanos de la tradición religiosa de sus antepasados; cuando se obstina en despojar a sus miembros de la esencia espiritual necesaria para afrontar la angustia existencial, les está empujando, al tiempo, a abrazar nuevas creencias. Las que sean, con tal de rehuir de la desesperanza y la náusea de la nada.

La verdad consensuada.

Hay otra clase de verdad, cuya legitimidad no se fundamenta en el hecho de tener a un grupo de seguidores o fieles creyentes, sino que se justifica a través del dictamen que establecen grupos oligárquicos con poder para establecer leyes, normas y reglas sociales. Las verdades que establecen los convencionalismos sociales, a veces temporalmente, podemos encontrarlas en campos tan dispares como la educación, la medicina, la psicología, la justica, la política...
La verdad consensuada, heredera del Derecho Positivo, tiene pretensión democrática, convencida de que la voluntad de la mayoría, por muy equivocada que esté, ya es en sí misma garantía de justicia y bondad moral. Si el consenso de dicha verdad se consigue, además, a través del dictamen de un grupo de sabios o expertos, mejor avalada estarán las nuevas creencias, leyes o normas.

Mediocridad consensuada.

Después de todo lo expuesto, si alguien se ha obligado a leer tan espeso "tocho", podrá estar preparado, o al menos en mejor disposición, para contestarme: ¿Por qué el concurso de Eurovisión lo ganó una mujer barbuda? ¿Por qué, en dicho concurso, no ganó, ni de lejos, la mejor canción? ¿Qué conclusiones cabría extraerse de tan sorprendente hecho real?

Conchita o, por mejor decirlo, la transgresión hecha espectáculo de masas, ganó por una sencilla razón: la decadencia que asola la civilización occidental.
En la obra "La decadencia de Occidente", Spengler profetizó que la civilización occidental se autoinmolaría, o suicidaría vitalmente, tras una larga agonía durante la cual sería despojada de su esencia espiritual, de su dignidad; de su forma de vida auténtica.
Conchita, el hombre travestido de mujer con barba, asestó un duro golpe a toda una civilización valiéndose de la transgresión propia de ideologías de la negación (ver dialéctica de la negación de Adorno y feminismo). Conchita consiguió, no solo que no ganara la mejor canción, sino que ganase la propuesta transgresora más creativa; consiguió satisfacer las ansias revanchistas de todos los colectivos minoritarios que históricamente se sintieron subyugados y oprimidos por el autoritarismo patriarcal. Ganó la subversión frente a la calidad. Pero lo peor de todo fue ver la hipocresía de los perdedores, obligados, por la farisea corrección política, a reconocer el mérito de Conchita, aun sabiendo que ellos mismos y otros participantes fueron mejores.

Y aquí quería llegar: ¿Qué esperanzas cabe albergar una civilización donde los mejores deben obligarse a rendir pleitesía a lo más vulgar y mediocre?
Muchos pretenden minimizar y frivolizar el triunfo de Conchita, enfatizando el carácter de espectáculo de Eurovisión, donde, por lo visto, no se trataría tanto de que ganase la mejor canción como de que ganase la propuesta artística más transgresora. Pero éste, precisamente, es el grave problema que puso Conchita al descubierto: el desprecio que practica Occidente hacia lo mejor y más excelente; la aristofobia imparable que se encarga de despojar de esencia a los ciudadanos, ora relativizando la vida misma, ora consensuando, y decidiendo arbitrariamente, qué es real y qué es ficción, qué es bueno y qué es malo. Han conseguido incluso hacernos creer que es estéticamente bella, al menos desde el punto de vista del rebelde transgresor, una mujer con barba.
Conchita fue tan solo la punta del iceberg; la ínfima parte visible del gran problema, en forma de decadencia, que asola Occidente.
Dice mucho, al respecto, que, tras tan lamentable espectáculo, Rusia se sintiese gravemente ofendida, hasta el punto de considerar la opción de abandonar la actual y decadente Eurovisión para crear un certamen propio con países afines. Y dice mucho, insisto, el que siga siendo Rusia la que apueste por la defensa de un proyecto de vida auténticamente occidental. Y cuando me refiero a la autenticidad de nuestro proyecto de vida Occidental no lo hago porque éste sea el mejor o más justo, sino porque es, sencillamente, el nuestro.

Conclusión:

Resulta curioso, hoy, que Rusia siga empeñada en practicar políticas expansionistas harto beligerantes (Ucrania); resulta curioso que haya vuelto a resucitar la idea del espacio vital como justificación de agresoras injerencias políticas; resultan curiosas sus nuevas ansias expansionistas, y su creciente homofobia, por ejemplo.
Que nuevos grupos neonazis proliferen en Rusia, pero, no es tan curioso, sino lógico; lógico al menos para quienes conocen la historia y saben del odio contra el judío que se manifestó en Rusia y en la URSS antes de que éste se convirtiese en obsesión para la Alemania nazi. No nos resulta curioso a quienes sabemos que Stalin se frotó las manos cuando firmó un acuerdo con Hitler para repartirse Europa como iguales.

Pero la mayor de las curiosidades nos la proporcionan los defensores de las nuevas teorías de la liberación; los mismos bravos guerreros del feminismo que, al tiempo que legitiman y defienden la igualdad entre hombres y mujeres, no condenan las tropelías del Islam; los mismos que aplaudieron entusiasmados a la mujer barbuda de Eurovisión pero se niegan obstinadamente a condenar los crímenes herederos del comunismo.

¿Qué está sucediendo?

Como bien vio Heráclito, señaló Nietzsche, y analizó Spengler, la historia se repite terca y obstinadamente, en un eterno retorno que se repite cíclicamente y en el que pueden cambiar los protagonistas (las civilizaciones o naciones llamadas a convertirse en actores del cambio) pero no cambiará la esencia de los seres humanos ni la lógica constante de la historia.
Y la lógica histórica no entiende de negociaciones o conciliaciones que se pretendan justas; solo entiende de verdades de vida: sustituir una verdad por otra verdad.
Los cerdos (comunistas), una vez, quieren erigirse en amos de la granja.

Cuando Heidegger dio el pistoletazo de salida, afirmando resignado que solo un Dios podría salvar a la humanidad (del nihilismo y de la decadencia espiritual) todos se prepararon raudos, ya descartado el Dios cristiano, para colocar a sus dioses (sus respectivas verdades) en la vacante disponible en la enferma civilización occidental.
No sabemos si dentro de unas décadas Occidente rezará a Alá mirando hacia la Meca, o si Rusia ganará la partida y conseguirá, por fin, colocarnos a su Dios-Estado como referente místico-espiritual para que rija el destino universal de Europa, pero, en cualquier caso, nuevos dioses (verdades) serán erigidos para ensayar nuevos programas de vida auténtica que puedan dar esperanzas a las generaciones futuras.
O quizás, visto el triunfo inapelable de Conchita, ya no haya lugar para la esperanza y Occidente esté condenado a diluirse cual azucarillo en el devenir de la historia. Porque el triunfo de la mujer barbuda es el triunfo de la transgresión rebelde; significa la victoria, legitimada por la voluntad popular, de aquellas ideologías minoritarias y particularistas obcecadas en arremeter contra los valores de la tradición; empeñadas en relativizar los valores de excelencia y de superioridad, intelectual, moral y estética, por tal de hacernos creer que lo mediocre es lo mejor.
Última Edición: 04 Mar 2016 18:16 por Herrgoldmundo.
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Decadencia, mediocridad consensuada y teorías de la liberación. 04 Mar 2016 19:39 #35488

Herrgoldmundo escribió:
Después de todo lo expuesto, si alguien se ha obligado a leer tan espeso "tocho", podrá estar preparado, o al menos en mejor disposición, para contestarme: ¿Por qué el concurso de Eurovisión lo ganó una mujer barbuda? ¿Por qué, en dicho concurso, no ganó, ni de lejos, la mejor canción?

Pues, sinceramente querido compañero, esa mujer ganó ese concurso por la misma razon por la que mis escuetos y superfluos hilos reciben más visitas que tus prolijas y sesudas reflexiones: porque tanto el necio como el sabio nunca podrán redimirse de la pequeñez y superficialidad que les caracterizan y definen: ellos son humanos, o monos evolucionados. Sólo es cuestión de perspectiva.

Saludos.

PD.:por cierto, y si no sale esto de mi boca me callo para siempre: citar tus mensajes supone de ordinario un gran reto técnico.
<<Nur um der Hoffnungslossen willen ist uns die Hoffnungegeben.>>
Walter Benjamin.
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Decadencia, mediocridad consensuada y teorías de la liberación. 04 Mar 2016 20:09 #35490

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Herrgoldmundo escribió:
Leyendo el artículo de Tasia sobre el ecofeminismo, en el blog de "la galería de los perplejos", he recordado una reflexión que escribí ya hace bastante tiempo y que, creo, tiene bastante relación con el tema del ecofemismo, el capitalismo y la sociedad patriarcal.

Las izquierdas no paran de crear, primero, y de legitimar, a continuación, nuevas teorías de la liberación; no cejan de dar vida a peregrinos híbridos ideológicos que pretenden aglutinar, en una única propuesta de lucha, la superación de todas y cada una de sus fobias: capitalismo, fascismo, patriarcado...

He preferido traer a este lugar mi reflexión, porque el contenido de la misma, aunque muy relacionado con las teorías de la liberación, no pretende tanto argumentar a favor o en contra de las mismas (aunque implícitamente se haga) como señalar la causa primigenia que genera tanto despropósito creativo: la decadencia de Occidente, entendida ésta como pérdida de salvadores valores tradicionales.

Introducción.

Ortega sostuvo que la única verdad radical era la vida; la vida como fuente de todo: del mundo, del ser, del Dasein, de la totalidad del ex-sistere en definitiva. Yo lo suscribo.
Zubiri, de forma análoga, estableció que la realidad era la verdad radical que convertía al ser humano, de facto, en un animal de realidades.
Vida y realidad son, o deberían ser, dos verdades a priori incuestionables. Y, sin embargo, la humanidad ha llegado incluso a cuestionar la vida misma (la de un feto humano, por ejemplo) o la realidad que le envuelve. Hace tiempo que el ser humano se proyecta en el ex-sistere a través de mundos irreales y virtuales; a través de fantasías o ficciones empeñadas, las más de las veces, en negar obstinadamente la realidad circundante.

Sin embargo, a pesar del pensamiento negativo y defensivo (contra la tradición y la realidad histórica) que caracteriza a la postmodernidad, el ser humano necesita conocer y tener certezas sobre sí mismo y sobre el mundo que le rodea, y necesita, por tanto, establecer verdades sólidas que den sentido a su existencia.
Necesitamos verdades absolutas y universales. Sí, las necesitamos. Cuestión diferente es que ya no creamos en la posibilidad de hallar verdades sempiternas e inmutables.
Pero la necesidad de creer en algo, por peregrino que sea, nos obliga a traicionar nuestro fingido relativismo ético, moral y estético. Al final, siempre una verdad, mal que sea relativa o consensuada, deberá ocupar el vacío nihilista que dejaran las otrora verdades absolutas y universales.

La verdad absoluta.

El Occidente de la postmodernidad ha aprendido a vivir en la creencia de que no existen las verdades apriorísticas, inmutables y eternas. Con la muerte de Dios moría, de hecho e irremediablemente, la única esperanza de creer en verdades absolutas e incuestionables.
Convencido Occidente, que no otras civilizaciones, de que era imposible hallar verdades absolutas, se dedicó a suplantar a éstas con los sucedáneos más pintorescos y ajenos a la razón de ser de la propia civilización occidental.
El ateo cree en la verdad absoluta de que no existe ninguna verdad absoluta (paradoja). Mientras, los cripto-budistas (misticismos, filosofías y corrientes psicológicas herederas de Oriente) se atreven a proclamar la irrealidad de la conciencia como verdad incuestionable.

La verdad relativa.

De hecho, cuando nos referimos a la verdad relativa, seguimos creyendo en la verdad, pero en la verdad de una "parte de", es decir, en la verdad (ideológica, religiosa o mística) que comparte un conjunto de creyentes afines a unas determinadas ideas, o a una fe en concreto.
Y es que el ser humano necesita ser creyente, sí o sí, pues de lo contrario, sumido en el nihilismo y la angustia existencial, se dirigiría hacia una segura autoinmolación o suicido vital.
Allí donde antes teníamos a un ferviente creyente en Dios, ahora tenemos a un dogmático creyente del socialismo utópico; donde antes había creyentes en una religión monoteísta, es decir, donde había una necesidad de estar religados a un ente supremo y creador, ahora tenemos individuos igualmente religados al Maya o irrealidad de la conciencia (budismo, taoísmo...). Donde antes se erigían iglesias cristianas, ahora se erigen los templos de las iglesias de la cienciología o de las iglesias gnósticas, por poner tan solo dos ejemplos.
Cuando una sociedad se obceca en despojar a sus ciudadanos de la tradición religiosa de sus antepasados; cuando se obstina en despojar a sus miembros de la esencia espiritual necesaria para afrontar la angustia existencial, les está empujando, al tiempo, a abrazar nuevas creencias. Las que sean, con tal de rehuir de la desesperanza y la náusea de la nada.

La verdad consensuada.

Hay otra clase de verdad, cuya legitimidad no se fundamenta en el hecho de tener a un grupo de seguidores o fieles creyentes, sino que se justifica a través del dictamen que establecen grupos oligárquicos con poder para establecer leyes, normas y reglas sociales. Las verdades que establecen los convencionalismos sociales, a veces temporalmente, podemos encontrarlas en campos tan dispares como la educación, la medicina, la psicología, la justica, la política...
La verdad consensuada, heredera del Derecho Positivo, tiene pretensión democrática, convencida de que la voluntad de la mayoría, por muy equivocada que esté, ya es en sí misma garantía de justicia y bondad moral. Si el consenso de dicha verdad se consigue, además, a través del dictamen de un grupo de sabios o expertos, mejor avalada estarán las nuevas creencias, leyes o normas.

Mediocridad consensuada.

Después de todo lo expuesto, si alguien se ha obligado a leer tan espeso "tocho", podrá estar preparado, o al menos en mejor disposición, para contestarme: ¿Por qué el concurso de Eurovisión lo ganó una mujer barbuda? ¿Por qué, en dicho concurso, no ganó, ni de lejos, la mejor canción? ¿Qué conclusiones cabría extraerse de tan sorprendente hecho real?

Conchita o, por mejor decirlo, la transgresión hecha espectáculo de masas, ganó por una sencilla razón: la decadencia que asola la civilización occidental.
En la obra "La decadencia de Occidente", Spengler profetizó que la civilización occidental se autoinmolaría, o suicidaría vitalmente, tras una larga agonía durante la cual sería despojada de su esencia espiritual, de su dignidad; de su forma de vida auténtica.
Conchita, el hombre travestido de mujer con barba, asestó un duro golpe a toda una civilización valiéndose de la transgresión propia de ideologías de la negación (ver dialéctica de la negación de Adorno y feminismo). Conchita consiguió, no solo que no ganara la mejor canción, sino que ganase la propuesta transgresora más creativa; consiguió satisfacer las ansias revanchistas de todos los colectivos minoritarios que históricamente se sintieron subyugados y oprimidos por el autoritarismo patriarcal. Ganó la subversión frente a la calidad. Pero lo peor de todo fue ver la hipocresía de los perdedores, obligados, por la farisea corrección política, a reconocer el mérito de Conchita, aun sabiendo que ellos mismos y otros participantes fueron mejores.

Y aquí quería llegar: ¿Qué esperanzas cabe albergar una civilización donde los mejores deben obligarse a rendir pleitesía a lo más vulgar y mediocre?
Muchos pretenden minimizar y frivolizar el triunfo de Conchita, enfatizando el carácter de espectáculo de Eurovisión, donde, por lo visto, no se trataría tanto de que ganase la mejor canción como de que ganase la propuesta artística más transgresora. Pero éste, precisamente, es el grave problema que puso Conchita al descubierto: el desprecio que practica Occidente hacia lo mejor y más excelente; la aristofobia imparable que se encarga de despojar de esencia a los ciudadanos, ora relativizando la vida misma, ora consensuando, y decidiendo arbitrariamente, qué es real y qué es ficción, qué es bueno y qué es malo. Han conseguido incluso hacernos creer que es estéticamente bella, al menos desde el punto de vista del rebelde transgresor, una mujer con barba.
Conchita fue tan solo la punta del iceberg; la ínfima parte visible del gran problema, en forma de decadencia, que asola Occidente.
Dice mucho, al respecto, que, tras tan lamentable espectáculo, Rusia se sintiese gravemente ofendida, hasta el punto de considerar la opción de abandonar la actual y decadente Eurovisión para crear un certamen propio con países afines. Y dice mucho, insisto, el que siga siendo Rusia la que apueste por la defensa de un proyecto de vida auténticamente occidental. Y cuando me refiero a la autenticidad de nuestro proyecto de vida Occidental no lo hago porque éste sea el mejor o más justo, sino porque es, sencillamente, el nuestro.

Conclusión:

Resulta curioso, hoy, que Rusia siga empeñada en practicar políticas expansionistas harto beligerantes (Ucrania); resulta curioso que haya vuelto a resucitar la idea del espacio vital como justificación de agresoras injerencias políticas; resultan curiosas sus nuevas ansias expansionistas, y su creciente homofobia, por ejemplo.
Que nuevos grupos neonazis proliferen en Rusia, pero, no es tan curioso, sino lógico; lógico al menos para quienes conocen la historia y saben del odio contra el judío que se manifestó en Rusia y en la URSS antes de que éste se convirtiese en obsesión para la Alemania nazi. No nos resulta curioso a quienes sabemos que Stalin se frotó las manos cuando firmó un acuerdo con Hitler para repartirse Europa como iguales.

Pero la mayor de las curiosidades nos la proporcionan los defensores de las nuevas teorías de la liberación; los mismos bravos guerreros del feminismo que, al tiempo que legitiman y defienden la igualdad entre hombres y mujeres, no condenan las tropelías del Islam; los mismos que aplaudieron entusiasmados a la mujer barbuda de Eurovisión pero se niegan obstinadamente a condenar los crímenes herederos del comunismo.

¿Qué está sucediendo?

Como bien vio Heráclito, señaló Nietzsche, y analizó Spengler, la historia se repite terca y obstinadamente, en un eterno retorno que se repite cíclicamente y en el que pueden cambiar los protagonistas (las civilizaciones o naciones llamadas a convertirse en actores del cambio) pero no cambiará la esencia de los seres humanos ni la lógica constante de la historia.
Y la lógica histórica no entiende de negociaciones o conciliaciones que se pretendan justas; solo entiende de verdades de vida: sustituir una verdad por otra verdad.
Los cerdos (comunistas), una vez, quieren erigirse en amos de la granja.

Cuando Heidegger dio el pistoletazo de salida, afirmando resignado que solo un Dios podría salvar a la humanidad (del nihilismo y de la decadencia espiritual) todos se prepararon raudos, ya descartado el Dios cristiano, para colocar a sus dioses (sus respectivas verdades) en la vacante disponible en la enferma civilización occidental.
No sabemos si dentro de unas décadas Occidente rezará a Alá mirando hacia la Meca, o si Rusia ganará la partida y conseguirá, por fin, colocarnos a su Dios-Estado como referente místico-espiritual para que rija el destino universal de Europa, pero, en cualquier caso, nuevos dioses (verdades) serán erigidos para ensayar nuevos programas de vida auténtica que puedan dar esperanzas a las generaciones futuras.
O quizás, visto el triunfo inapelable de Conchita, ya no haya lugar para la esperanza y Occidente esté condenado a diluirse cual azucarillo en el devenir de la historia. Porque el triunfo de la mujer barbuda es el triunfo de la transgresión rebelde; significa la victoria, legitimada por la voluntad popular, de aquellas ideologías minoritarias y particularistas obcecadas en arremeter contra los valores de la tradición; empeñadas en relativizar los valores de excelencia y de superioridad, intelectual, moral y estética, por tal de hacernos creer que lo mediocre es lo mejor.

¿se me ha ido la cabeza, o has escrito los cerdos(comunistas)?

Es que yo creo que ni haciendo una referencia simbólica a la novela de Orwell esto debe ser admisible, ni creo que Orwell lo aprobara.
Y no digo esto porque yo sea comunista, que no lo soy, o al menos tal como se puede entender. Y no vengo a crear un conflicto político, que es mi última pretensión.

De todos modos, es de agradecer a todos/as los que dedicais vuestro tiempo a reflexionar y compartir vuestras inquietudes. Pienso sacar tiempo para leerlo con detenimiento.
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Decadencia, mediocridad consensuada y teorías de la liberación. 04 Mar 2016 21:59 #35492

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Hola Herrgoldmuno

En primer lugar felicitarte por tu magnífico trabajo. A Dios lo que es Dios ( haya o no muerto) y al César lo que es del César.
Y en segundo lugar el inevitable “pero”. Aunque esta vez creo que podrás compartirlo.

Dices: “Y cuando me refiero a la autenticidad de nuestro proyecto de vida Occidental no lo hago porque éste sea el mejor o más justo, sino porque es, sencillamente, el nuestro.”

No, en la actualidad, y mal que nos pese, “nuestro” proyecto es el de “Conchita” o el de “Sálvame”. Y es que precisamente a ese proyecto, ya desaparecido, que llamas el “nuestro” desapareció cuando se renunció a seguir ahondando en si nuestro proyecto era el “mejor” o el mas “justo”. Bueno, mejor dicho, desapareció cuando consideramos que esas palabras estaban vacías.
Y esto último es lo que me parece contradictorio de tu postura. Aunque en el fondo sé que tu desesperación es la mía. Continuamente renuncias a la “justicia” y a la “verdad”, pero aún así, sigues defendiendo la existencia de un presunto proyecto conjunto ( el “nuestro”) que debe de ser mantenido. Sin justicia y sin verdad no puede existir ese proyecto que llamas el “nuestro”. Sin justicia y sin verdad qué más da que gane Conchita ( ya se trate de un/una cantante o de la encargada del polígrafo en Sálvame).

Por cierto, ya que alguien ha tocado el tema de la evolución decir que recientemente escuché a alguien decir que creía, como no, en la teoría de la evolución. Pero creía en una teoría invertida de la misma. Es decir, no es ya que el hombre evolucionara del mono ( en realidad de un ancestro común) sino que es el hombre el que evoluciona hacia el mono.
Cuando le escuché, y entendiendo lo que quería decir, no pude más que exclamar: ¡Pobres, monos!

Un Saludo
Última Edición: 04 Mar 2016 22:00 por elías.
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Decadencia, mediocridad consensuada y teorías de la liberación. 05 Mar 2016 09:28 #35499

  • Herrgoldmundo
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Hola comunistafalangista.

El que más y el que menos ya hemos recorrido "tu camino" de la prosa poética; un camino que siempre agrada, como ya te reconocieron algunos compañeros, pero que, con el paso de los años, dejamos de transitar, a veces sin que nos demos cuenta de ello. Y es que la poesía, los delirios y ensoñaciones se olvidan en la medida que dejamos de ser burlones y traviesos. Entonces, desde la seriedad, nos dedicamos al vano deporte filosófico de encontrar "sentidos".
El juego de filosofar, como el de vivir, puede consistir en un mero reflexionar catártico (como el tuyo) o en un juego orientado más hacia una meta o fin último (el mío). En cualquier caso, y como bien señalas, solo es cuestión de perspectivas.

Un saludo.
Última Edición: 05 Mar 2016 10:32 por Herrgoldmundo.
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Decadencia, mediocridad consensuada y teorías de la liberación. 05 Mar 2016 09:49 #35500

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Hola Raskólnikov.

Pues sí, la verdad es que la ocasión se pintó calva, ella solita. Todo el mundo sabe que los cerdos, en la novela de Orwell, simbolizaban a los comunistas.
Pero es que, además, creo que Orwell eligió al cerdo como el líder rebelde de la granja por varios motivos:

1) El cerdo es un animal sucio y guarro. No goza de nuestras simpatías porque retoza en el lodo y entre sus propios excrementos; se alimenta de todo, es decir, no selecciona lo que engulle, porque lo único que le interesa es ser a cualquier precio. No le faltó razón al Islam al considerarlo un animal impuro.
Pues bien, el comunismo, como el cerdo, solo aspira a ser; solo pretende imponer su conciencia verdadera, como sea y comiéndose lo que sea y a quien sea por tal de arribar al poder.

2) Orwell pudo elegir a cualquier otro animal como líder, como por ejemplo al caballo o al perro, pero a estos se les presupone, tradicional y culturalmente, nobleza y dignidad. Lo noble y digno no puede ser rebelde. Solo los cerdos, en tanto que sucios y orientados a la satisfacción de sus propias necesidades, podían interpretar el papel de los buenos y justos comunistas.
Última Edición: 05 Mar 2016 10:33 por Herrgoldmundo.
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Decadencia, mediocridad consensuada y teorías de la liberación. 05 Mar 2016 10:31 #35501

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Hola Elías.

Pues sí, comparto tu reflexión. Como bien señalas, también es la mía.

Efectivamente, actualmente el proyecto de vida de Occidente está orientado hacia la mediocridad. Pero si esto es así no es porque, como señalé, éste sea el auténtico proyecto de vida occidental, sino porque es una versión pervertida (decadente) del mismo.

Dices:
Continuamente renuncias a la “justicia” y a la “verdad”, pero aún así, sigues defendiendo la existencia de un presunto proyecto conjunto ( el “nuestro”) que debe de ser mantenido. Sin justicia y sin verdad no puede existir ese proyecto que llamas el “nuestro”. Sin justicia y sin verdad qué más da que gane Conchita ( ya se trate de un/una cantante o de la encargada del polígrafo en Sálvame).

Bueno, no es que yo, personalmente, renuncie o no crea en la necesidad de aspirar a una justicia y una verdad. Lo que sucede es que, a nivel social, la batalla ideológica está perdida.
Cuando digo que la batalla ideológica está perdida quiero decir que ya no basta con apelar al "diálogo" para convencer de las bondades de un proyecto de vida auténtico occidental. No podemos por varias razones:

1) Cuando la pseudomoral eslava conquistó a las masas occidentales derrumbó, al mismo tiempo, los pilares de la tradicional civilización europea, la cual se sostenía en unos determinados valores: mérito, excelencia, superación personal, docilidad hacia lo mejor. Se arremetió, en definitiva, contra el espíritu aristoi, que no solo era motor de progreso (toda creación es aristocrática) sino también modelo de vida orientado a lo más noble, digno y virtuoso. Ahora solo nos queda la mediocridad.

2) La pseudomoral eslava no solo derrumbó las bases o cimientos de lo que constituía el proyecto de vida auténtico de Occidente, sino que arraigó y enraizó en el subconsciente colectivo de las masas, perpetuando, de generación en generación, el mismo mensaje de rebeldía indócil: nuestro proyecto de vida (conciencia verdadera) es la más justa y buena.
Así, convirtiendo en dogma "su verdad", y eliminando cualquier dialéctica disidente mediante ataques ad hominem y otras falacias argumentativas, hicieron imposible la defensa, a través de la razón, de los valores tradicionales de Occidente.

Cuando "el otro" apela al sentir más irracional (victimismos, agravios históricos, revanchismos...), y la razón es ninguneada, no tiene sentido que nos sigamos obcecando en conducirnos como nobles caballeros, como tú haces Elías y pretendes que hagamos los demás. Solo cabe combatirles con sus propias armas, es decir, apelando a argumentos irracionales y sentimentales, como hacen ellos: lo nuestro es lo mejor porque es lo nuestro.

¿De qué sirvió que muchos pensadores, pero sobre todo Ortega y Julián Marías, escribieran páginas y más páginas para justificar, a través de la razón, la trayectoria histórica real de España? No sirvió para nada.

El independentismo catalán, tras tomar al asalto las competencias educativas del Estado, se dedicó a institucionalizar sus mentiras y ficciones hasta convertirlas en "verdad"; durante varias décadas manipularon a varias generaciones. Y no se sirvieron de la razón, sino de la toma del poder, primero, y de la implantación, después, de "su verdad", apelando constantemente a argumentos sentimentales e irracionales.

La táctica ensayada con éxito en Cataluña (toma de poder e implantación de "una verdad") es la que pretende Podemos. Ellos saben que ya no es necesario estudiar filosofía para transformar la sociedad, sino Ciencias Políticas (¿recuerdas el gazapo de Iglesias con Kant?); saben que no deben valerse de la razón para tomar al asalto el poder; solo deben recurrir al sofisma y apelar al sentir irracional de las masas.
O ellos o nosotros; su verdad o nuestra verdad. No hay más.
Última Edición: 05 Mar 2016 10:40 por Herrgoldmundo.
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Decadencia, mediocridad consensuada y teorías de la liberación. 05 Mar 2016 11:43 #35503

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Herrgoldmundo escribió:
Hola Raskólnikov.

Pues sí, la verdad es que la ocasión se pintó calva, ella solita. Todo el mundo sabe que los cerdos, en la novela de Orwell, simbolizaban a los comunistas.
Pero es que, además, creo que Orwell eligió al cerdo como el líder rebelde de la granja por varios motivos:

1) El cerdo es un animal sucio y guarro. No goza de nuestras simpatías porque retoza en el lodo y entre sus propios excrementos; se alimenta de todo, es decir, no selecciona lo que engulle, porque lo único que le interesa es ser a cualquier precio. No le faltó razón al Islam al considerarlo un animal impuro.
Pues bien, el comunismo, como el cerdo, solo aspira a ser; solo pretende imponer su conciencia verdadera, como sea y comiéndose lo que sea y a quien sea por tal de arribar al poder.

2) Orwell pudo elegir a cualquier otro animal como líder, como por ejemplo al caballo o al perro, pero a estos se les presupone, tradicional y culturalmente, nobleza y dignidad. Lo noble y digno no puede ser rebelde. Solo los cerdos, en tanto que sucios y orientados a la satisfacción de sus propias necesidades, podían interpretar el papel de los buenos y justos comunistas.

Eres un resentido, un triste nido de odio, en el colegio te debían de pegar, e imagino que serás un amargado.
Tú te pones en frente de un verdadero comunista(yo los he conocido, partiéndose la cara frente a grupos neonazis, o frente a deshaucios-de ancianos, o frente a situaciones asquerosas de las más variopintas, mientras tú te dedicas a despreciarlos por aquí, tras una pantalla).
Lo que decía, te pones en frente de un comunista auténtico, y te cagas en los pantalones.

Los comunistas han luchado y muerto durante muchos años sin ni un ápice de interés personal para que tú disfrutes hoy en día de muchas cosas, ¡desagradecido!
Orwell fue un hombre solidario, fraternal, su rebelión en la granja no establece un vínculo entre comunismo y ganado porcino como tal, eso lo sabe todo el mundo. Es una forma de tratar la aristocracia soviética, pero además, es que esas cosas que dices sobre los cerdos son estupideces, y no estoy seguro de que hayas estado trabajando alguna vez en una granja, pero te puedo decir que el cerdo es uno de los animales más limpios consigo mismos que existen sobre la tierra, además de ser bastante inteligentes.
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Decadencia, mediocridad consensuada y teorías de la liberación. 05 Mar 2016 12:32 #35504

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Raskólnikov, no has dado ni una a la hora de elaborar mi perfil psicológico.
No sé a qué le llamas "comunista auténtico" pero, en cualquier caso, durante mi juventud nunca me cagué en los pantalones ante reyerta alguna. De hecho, en una ocasión, un grupo de skins (neonazis) me dio lo mío en las Ramblas de Barcelona. Participé en otras "batallitas", pero no vienen a colación para lo que aquí nos ocupa.

No solo no me collejearon en el cole, sino al contrario, solía defender a los más débiles aprovechando mi fortaleza y estatura.

Pero en fin, como entiendo que no se trata de ver "quién la tiene más grande", sino de argumentar, seguiré esperando que razones con más tino.

Todo el mundo sabe que los cerdos de Orwell simbolizaban al trotskismo (Snowball) y al stalinismo (Napoleón).
¿Por qué crees tú que Orwell eligió la figura del cerdo para retratar a los comunistas? ¿Por qué no eligió caballos, perros o a cualquier otro animal? ¿Podrás contestar?
Yo te argumenté mis razones por las que creo que eligió al cerdo, pero tú te limitas, como buen "izquierdista", a deslegitimarme e insultarme gratuitamente. Feo, muy feote.
Mis argumentos sobre los cerdos no son estupideces, dile a la cara a un musulmán, tú que eres tan "hombretón", eso de que el cerdo es un animal limpio e inteligente. ¿A que no hay webs?

Por cierto, es verdad que no he trabajado en granjas, pero sí como temporero en los campos del Baix Llobregat, también como mozo de almacén, ayudante de mantenimiento, encuestador, auxiliar administrativo... Vamos, que no he visto el mundo por un "bujero", como se suele decir y tú pareces insinuar que sea mi caso.

PD: me parece que, en la vida real, yo he sido más Raskólnikov que tú mismo. :)

Por cierto, una vez más, me interesa debatir con Elías, no atender a las acusaciones y ataques del zapador de turno.
Última Edición: 05 Mar 2016 13:08 por Herrgoldmundo.
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Decadencia, mediocridad consensuada y teorías de la liberación. 05 Mar 2016 15:09 #35507

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Hola Herrgoldmundo

Dices: “Bueno, no es que yo, personalmente, renuncie o no crea en la necesidad de aspirar a una justicia y una verdad. Lo que sucede es que, a nivel social, la batalla ideológica está perdida.
Cuando digo que la batalla ideológica está perdida quiero decir que ya no basta con apelar al "diálogo" para convencer de las bondades de un proyecto de vida auténtico occidental.”

Sí, efectivamente, la batalla ideológica está perdida. Pero es que la radicalidad del problema es aún mayor. La batalla está perdida, pero no sólo la ideológica, porque es el hombre mismo el que está perdido o el que se ha extraviado. En el fondo, esos que defienden una pseudomoral eslava (como la llamas), están tan asustados y tan perdidos como nosotros mismos. Es que en realidad somos nosotros mismos. Una vez caído el muro de Berlín, y por si quedaba algún incauto, ya no hay nada a lo que agarrarse. Esos que vienen a salvarnos ni nos salvarán ni se salvarán a sí mismos. Es que ya está todo perdido. Tanto para “ellos” como para “nosotros”, aunque en realidad, se trataría de un “todos nosotros”. Es que todos los “imperios” caen y simplemente ha llegado nuestra hora. Esto se acaba. Ya toca a su fin. Lo que se escuchan no son ruidos de sables ni tambores de guerra sino que lo que se escuchan son las trompetas de Jericó que anuncian la caída de todos nuestro “muros”.

Mientras que el hombre siga pensando que la solución reside en él mismo no hay solución posible. Ni quiera Heidegger supo decirnos el sentido del Ser. Simplemente nos dijo que no era ni Dios ni el fundamento del mundo pero lo que no nos dijo era cuál era dicho sentido. Cada vez estoy más convencido que o apuntamos a un sentimiento real de religiosidad, y desde él construimos y avanzamos, que anide en cada uno de nosotros, o no saldremos de ésta. En realidad se trataría de recomenzar, de recomponer lo que pueda ser recompuesto, y de arrojar por la borda todo aquello que sea insalvable. Y hay mucho que puede y debe ser recompuesto como, e igualmente, hay mucho que debe de ser arrojado por la borda ¿ Seremos capaces de llevar a cabo tan titánica tarea con nuestras solas fuerzas? Cada vez soy más pesimista al respecto.

Un Saludo
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