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TEMA: Lyotard

Lyotard 03 Ene 2015 21:22 #28076

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LA CUESTIÓN DE LA PRIMERA PALABRA

La conclusión más llamativa y característica de la filosofía de Lyotard es su negación de la posibilidad de que haya una "última palabra" que clausure el discurso; y, si la hay, no es porque se ha alcanzado el ésjaton final, la clausura feliz del mundo en la que se lavan todas las injusticias de éste, sino porque se ha silenciado mediante la violencia a los discrepantes. Me he referido a ello varias veces en este foro; especialmente en este hilo.

El discurso de Lyotard en su obra Le différend (La discrepancia), sin embargo, contiene varias ramificaciones en torno a aquella cuestión principal y más o menos conexas con ella. Me voy a ocupar de una de ellas, que guarda una intensa relación con la cuestión de la "última palabra". Aunque Lyotard no se refiere a ella bajo tal nombre, me voy a permitir, por mi cuenta, titular esta cuestión como la de la "primera palabra". No cabe duda de que el hecho de que haya habido una primera palabra no tiene por qué significar que tenga que haber una última palabra, ni viceversa; la cadena del discurso humano puede haberse iniciado en un momento dado y, sin embargo, eso no tiene por qué conllevar que tenga que finalizar; y puede tener un fin sin haber tenido un principio. Pero es evidente que la hipótesis de la última palabra alcanzaría una mayor plausibilidad si hubiera habido una primera palabra. Y, por otro lado, la inexistencia de una primera palabra imposibilitaría también una cosmogonía cíclica. Si no hubiera primera palabra el mundo no podría ser un progreso (Filosofía de la Historia); pero tampoco tendría cabida un eterno retorno. El signo de la postmodernidad es renunciar no sólo a la metafísica, sino también, con ella, a la escatología.

Ciertamente no se trata aquí de plantearse el origen del lenguaje o el origen de la inteligencia en el homo sapiens. Eso son cuestiones antropológicas de grandísimo interés pero que no nos ocupan aquí, pues estamos tratando de un problema estricta y genuinamente filosófico. Aquí estoy discutiendo sobre la posibilidad filosófica, y no sobre el origen histórico, de la "primera palabra".

Se ocupa de ello Lyotard, con la ayuda de Wittgenstein, en los §§ 94-98 de Le différend, donde toma pie del presunto principio del discurso filosófico que buscaba Descartes. Traduzco algunos fragmentos de ese pasaje. §95. (Yo) dudo no es un primer enunciado, como tampoco (Yo) pienso o Es denkt o Cogitatur o Phrazétai. Por dos razones. Primera razón: (Yo) dudo presupone yo y dudo o yo y pienso, y así sucesivamente. Y cada uno de esos «términos» presupone a su vez otros enunciados: definiciones, ejemplos de «uso». Presupone el lenguaje, que sería la totalidad de los enunciados posibles en una lengua. Como todas las totalidades, el lenguaje es el referente de un enunciado descriptivo, referente cuya realidad no puede ser establecida sin un enunciado ostensivo (el enunciado descriptivo del todo es un enunciado de Idea, en sentido kantiano). Podemos, en efecto, describir: El lenguaje es esto y aquello, pero no mostrar: Y he aquí el lenguaje. La totalidad no se puede mostrar. Segunda razón: para verificar que (Yo) dudo o cualquier otro enunciado presuntamente en primera posición efectivamente lo está, hay que presuponer al menos la serie ordinal de los sucesos, de la cual el predicado primero obtiene su sentido. Pero esta misma serie resulta, como lo explica Wittgenstein para las proposiciones, de una «forma general del tránsito (Übergang) de una proposición a otra» (TLP: 6.01). Esta forma es una operación por medio de la cual tiene lugar la serie de los números enteros (TLP: 6.02). Esta operación debe poder aplicarse siempre a su resultado. Pero, a través de ese siempre, que connota el principio de la recursividad de la aplicación de la operación a su resultado, la sucesión misma está ya presupuesta. Este es el operador de la serie: Y así sucesivamente (TLP: 5.2523). Así, la afirmación de que un enunciado es primero presupone la serie temporal de los enunciados de los que este enunciado se presenta como primero.

La primera razón que expone Lyotard es similar a otra que aduce también para rebatir la posibilidad de la "última palabra". Cualquier enunciado que se proponga como primer enunciado no puede pertenecer al lenguaje, tiene que ser extralingüístico: no tiene ningún sentido un enunciado lingüístico sobre el lenguaje como totalidad. Aquí es pertinente, por tanto, la mención de Lyotard a Kant, destacando la futilidad (y absurdo) de un enunciado cuya referencia no puede ser mostrada, como es el mundo en su totalidad, Dios, o el Alma (los interesados en la cuestión pueden repasar este viejo mensaje, especialmente su tercer apartado). Sería un absurdo admitir un enunciado extralingüístico, pues todo enunciado requiere formar parte de un lenguaje.

Para la segunda razón se apoya Lyotard en el Tractatus de Wittgenstein. Si un enunciado tiene la pretensión de ser el "primero", tendrá que ser el primero de algo: "primero" es un término ordinal. Supongamos que nos hallamos ante un enunciado carente de "ordinalidad" alguna; está ahí sin pretensiones de formar parte de una serie. Si sobre ese enunciado encadeno otro, este sí con pretensiones de ordinalidad, entonces el primer enunciado no es aquél sobre el que se encadena éste, sino éste mismo, que es el que da sentido de primero a aquél. La primariedad de un enunciado sólo puede predicarse si se presupone la serie completa a la que aquél da lugar, lo que no quiere decir, naturalmente, que conozcamos la serie completa en sentido extensivo, pero sí que, para poder predicar dicha primariedad, tenemos que conocer la "operación" que, aplicada sobre cada resultado de la serie, de forma recursiva, produce la serie y la constituye como tal. En consecuencia, la serie (el conjunto de eslabones que la forma) es anterior a su primer elemento o eslabón, lo que también resulta absurdo.

Así, continúa Lyotard: §97. Pero el enunciado que formula la forma general de la operación de tránsito de un enunciado a otro puede ser presupuesto como un a priori para la formación de la serie, ésta no aparece de ninguna manera después del enunciado que formula el tránsito. (...) ¿Cómo es que lo que se presupone pueda venir después? ¿No habría que distinguir entre una anterioridad lógica o trascendental y una anterioridad cronológica? Siempre se puede y sin duda es necesario si el propósito es que el tránsito de un enunciado a otro se efectúe bajo el régimen lógico o cognitivo (especialmente de la implicación). Una regla de este régimen es, pues, dejar de lado el hecho de que las proposiciones a priori o las definiciones y los axiomas son ellos mismos presentados mediante enunciados del lenguaje ordinario que les son cronológicamente anteriores. Una regla es dejar a un lado incluso la cronología, siendo un metacronismo, que permanece incuestionado en la idea de anterioridad lógica (por ejemplo, en el operador si, entonces). A diferencia del lógico o del lingüista teórico, el filósofo tiene por regla no apartarse de ese hecho: que el enunciado que formula la forma general de la operación de tránsito de un enunciado a otro está él mismo sometido a esta forma de la operación de tránsito. En términos kantianos: que la síntesis de la serie es también un elemento que pertenece a la serie (KrV, Decisión crítica del conflicto cosmológico: 376). (...) En términos wittgensteinianos: que «el mundo es la totalidad de los hechos», que «la imagen es un hecho» y que «la imagen lógica puede ser la imagen del mundo» (Die Welt abbilden)» (TLP: 1.1, 2.141, 2.19) (Pero no hay que llamar al enunciado una «imagen». Wittgenstein renuncia a ello ulteriormente) (§133). En este §133 Lyotard remite al Tagebuch, 13.5.15.

Esta es una conclusión importante, cuyo olvido o ignorancia conduce a desvaríos filosóficos graves. En Lógica se insiste mucho en una distinción clave: la que hay entre validez y verdad. A pesar de esa insistencia, es un error frecuentísimo, incluso para quienes han estudiado Lógica, seguir confundiendo ambas cosas. Me refiero, naturalmente, no a que no dispongan de un concepto nominal claro de validez y de verdad, sino a que son incapaces de aplicar esa distinción en su discurso. La lógica no trata de la verdad de las proposiciones, sino de la validez de los razonamientos; pero nunca nos dirá si una proposición es verdadera o falsa, porque no puede hacerlo. De ese principio fundamental hay que extraer este otro: sólo las proposiciones con referencia son verdaderas o falsas. Si pretendemos que son aplicables criterios veritativos no a enunciados de primer nivel, es decir, enunciados que se refieren a hechos, sino a enunciados de segundo nivel, es decir, enunciados que hablan de otros enunciados, incurriremos en absurdos sin tasa, al no percatarnos de que este segundo tipo de enunciados tienen sentido, pero no referencia y, por tanto, no son verificables; si les adjudicamos un estatuto de verdad o de falsedad, estaremos incurriendo en un error grave. Desarrollaré un poco más estas ideas en posteriores mensajes, comentando algunos ejemplos de Lyotard y proponiendo otros míos, sobre el esquema general de discurso, lo llamaré "metafísico", que denuncia el filósofo francés, para que se vea con claridad lo extendido que está ese vicio de confundir sentido con referencia y lo dañino que puede resultar para las pretensiones de una convivencia en una sociedad plural y multicultural porque acaba clausurando el discurso con una pretendida última palabra que no resulta ser sino un acto de violencia contra el discrepante.
Bin ich doch kein Philosophieprofessor, der nöthig hätte, vor dem Unverstande des andern Bücklinge zu machen.
No soy un profesor de Filosofía, que tenga que hacer reverencias ante la necedad de otro (Schopenhauer).


Jesús M. Morote
Ldo. en Filosofía (UNED-2014)
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Última Edición: 04 Ene 2015 01:50 por Nolano.
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