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TEMA: Comentarios a "El hombre y la gente" (V)

Comentarios a "El hombre y la gente" (V) 06 Dic 2010 19:36 #484

  • Nolano
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VII. EL PELIGRO QUE ES EL OTRO Y LA SORPRESA QUE ES EL YO.

Una vez despachado el otro-mujer, Ortega se centra en el Otro-Hombre, el reciprocante. Esa reciprocidad significa, en terminología de Ortega, coexistencia o compresencia, como vimos en capítulos anteriores; ahora aparece un nuevo término, “convivencia”. Ya había indicado en mis notas anteriores que Ortega eludía, en esa retahíla de co- y con-, la “comunicación”, y en este capítulo expresamente la niega: “los otros hombres, precisamente por serlo, por ser otros hombres y otras vidas como la mía, son en su radical realidad incomunicantes conmigo. Sólo cabe entre nosotros una relativa e indirecta y siempre problemática comunicación”. El rechazo de Ortega a todo lo que no sea yo es terminante, de forma que cualquier comunicación con el otro se convierte en contaminación por el otro: “De esta manera nuestro análisis de la realidad radical que es la vida de cada cual nos ha llevado a descubrir que, normalmente, no vivimos en ella, sino que pseudovivimos al convivir con el mundo de los hombres, es decir, al vivir en «sociedad»”. La convivencia es pseudovivencia, es decir, falsa vivencia (pseudos = falso, en griego). Así, como no me queda más remedio que convivir con el otro, en mayor o menor medida vivo una “doble vida”, según Ortega, una auténtica y otra falsa, aunque en proporciones diferentes según cada uno; pero el criterio de Ortega es claro: cuanto más viva ensimismado y menos alterado, más auténtico será mi vivir; no es cosa de buscar el equilibrio entre mis dos vidas, sino de escoger como referencia auténtica uno sólo de los dos polos, rechazando el otro.

Esa conclusión no sólo resulta deducida de los puntos de partida orteguianos, sino que también la ve él ratificada por la “experiencia general de los hombres”, idea que, “así, en general, tiene un contenido terrible”. Ortega, ante el “puro Otro” lo primero que piensa es que “su reacción puede ser darme una puñalada”. Es cierto que, ante el horror de semejante postulado, Ortega recula un poco: “el otro es formalmente, constitutivamente peligroso”, aunque “lo peligroso no es resueltamente malo y adverso –puede ser lo contrario, benéfico y feliz. Pero, mientras es peligroso, ambas contingencias son igualmente posibles”. Es verdad que el periculum latino se aproxima más, en su contenido semántico, a nuestro “riesgo” que a nuestro “peligro”, pero todo eso no deja de ser un juego de palabras más de Ortega, pues el “peligro” que ve en el “niño inocente” es que prenda fuego a la casa con una cerilla o se caiga por el balcón, no que empiece a correr cuando te vea y salte a tus brazos a darte un beso. Lo que, por supuesto, concuerda con el uso que hacemos de la palabra riesgo o peligro: si vas convocado a una entrevista con el jefe te diré que midas bien lo que dices porque corres el riesgo de que te despida, pero no te recomendaré que seas cauteloso al hablar porque corres el riesgo de que te suba el sueldo. El otro es peligroso porque es potencialmente dañino; y tú me eres potencialmente dañino porque no eres como yo, sino que tienes “un modo de ser propio y peculiar tuyo, incoincidente con el mío”; el otro no es como yo, pero ni siquiera es que sea diferente, sino que, lisa y llanamente, es un “anti-yo”.

Es importante incidir en eso porque la cosa conlleva importantes consecuencias en el discurrir de Ortega: “el otro Hombre es, pues, esencialmente peligroso”, “la evidente y básica verdad de que todo prójimo es últimamente peligroso”. La asimetría en el planteamiento de Ortega es llamativa: el peligroso es el otro hombre, el prójimo, que es peligroso para mí; pero no se dice en ningún lado que los hombres sean mutuamente peligrosos, que yo soy tan peligroso para el otro como el otro para mí. Pues el peligro que pueda correr el otro está fuera del solipsista yo orteguiano que, al ser centro y referencia de sí mismo, carece de posibilidad de prever el riesgo para unos otros que no son realmente, que sólo son para mí, mis importancias, y, por lo tanto, carecen de capacidad para ser sujetos de riesgo. En tales condiciones, la perspectiva utópica o esperanzada en el futuro es inviable (ya comenté en notas anteriores esta cuestión) pues todo acercamiento a la felicidad y al bienestar social sólo conduce a un “adormecimiento o embotamiento”, a la ceguera ante la inevitable realidad de que el lobo que anida en el “otro Hombre atraviesa vivaz toda la historia” (vuelvo a llamar la atención sobre que el peligroso, el potencialmente dañino es siempre el otro Hombre y nunca yo) y cualquier apariencia de tranquilidad social es sólo el preludio de un desastre aún mayor que el precedente.

Reaparece, como colofón, en este capítulo algo que ya he apuntado en anteriores notas sobre el inanismo de Ortega, el yo como vacío absoluto para el que lo otro y el otro es un contorno represivo: “en estos lucha y choque con los tús voy descubriendo mis límites y mi figura concreta de hombre, de yo; mi yo se me va apareciendo lentamente a lo largo de mi vida, como una pavorosa reducción y contracción de aquello inmenso, difuso, sin límites que antes era y que lo era aún en mi infancia”.
Bin ich doch kein Philosophieprofessor, der nöthig hätte, vor dem Unverstande des andern Bücklinge zu machen.
No soy un profesor de Filosofía, que tenga que hacer reverencias ante la necedad de otro (Schopenhauer).


Jesús M. Morote
Ldo. en Filosofía (UNED-2014)
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Re: Comentarios a "El hombre y la gente" (V) 07 Dic 2010 09:50 #488

  • Kierkegaard
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No vislumbramos con esta nueva entrada mucha novedad que comentar, puesto que por un lado ya nos hemos anticipado en hilos anteriores a cuestiones que ahora surgen o resurgen, y por otro lado en esta composición de libro-curso, Ortega refresca una y otra vez las mismas cuestiones, por su afán pedagógico, y también, probablemente, por emplear su manido método de Jericó como se le ha bautizado: Tenemos que conquistar la idea de Nación como los hebreos Jericó, dando vueltas en derredor de sus muros, vueltas cada vez más apretadas y, claro está, de cuando en cuando haciendo sonar las trompetas (Europa y la Idea de Nación).

Cuando un pensador, como en este caso Ortega, sostiene cierto pesimismo antropológico – de las capacidades humanas, de los efectos de la socialidad – cabe, como tú haces, resaltar la injusticia de este pensamiento, su falta de ecuanimidad, su minusvaloración de las potencialidades y virtudes que esta extraña cosa que es ser hombre tiene. Ahora bien, cuando se realiza, “contrapendularmente”, este ejercicio, siempre cabe un tercero que vuelva a amortiguar tu crítica y hacer ver la parte – y subrayo, la parte – de verdad que pueden tener las palabras de Ortega.

Apelas a que Ortega – un orador e interlocutor nato – niega la posibilidad de comunicación, y sin embargo yo me pregunto ¿acaso no has percibido nunca esta recóndita intimidad que resulta siempre “en su radical realidad” incomunicable? ¿acaso uno no se siente siempre incomprendido en lo más profundo que es? ¿Acaso no existen mil barreras y distancias desde la idea o sentimiento vivido por el yo, su materialización en palabra, su pronunciación, la elección del momento y el contexto en el que se da, su recepción por el tú, su interpretación, y la idea que de esa palabra se acaba haciendo con sus prejuicios, su educación, su condición…?

Esta limitación, esta distancia inexorable, se da en múltiples ámbitos de la vida humana, porque va ligada a su finitud. En el epistemológico sin ir más lejos, no podemos abarcar con nuestra perspectiva el Universo: Una de las principales enfermedades del hombre es su inquieta curiosidad por conocer lo que no puede llegar a saber, decía Pascal. Y Feuerbach, en sus Principios de la Filosofía del futuro apuntaba bellamente: El dominio de las ciencias de la naturaleza es completamente inconmensurable e inabarcable para el individuo. ¿Quién es capaz de contar al mismo tiempo las estrellas del firmamento, y los músculos y nervios del cuerpo de la oruga? Lyonet perdió la vista en aras de la anatomía de la oruga. ¿Quién puede observar a la vez las diferencias entre las cimas y abismos de la Luna y las diferencias entre los incontables ammonites y terebrátulas?. De forma análoga, en el conocimiento y apertura al tú, en la definitiva y radical comunicación tampoco es posible abrir esta última soledad – que por cierto, tampoco acaba nunca de conocerse, para lo que exigía el Oráculo de Delfos el manido conócete a ti mismo. Al final, los unos de los otros, somos simultáneamente hermanos y extraños. Ortega subraya más esto último, tú le atemperas achacándole que sólo vea esto último. Y yo, para compensar – y seguir afilando esta tensión dialéctica – vuelvo a pensar si, como decía Quevedo, no es cada ser humano una variación de su especie. Heidegger empleaba su palabra Entfernung, que precisamente significa distancia, con este doble rasero. A propósito de esta palabra, en sus Espolones. Los estilos de Nietzsche, Derrida dice: La distancia se distancia, la lejanía se aleja. Aquí hay que recurrir al uso heideggeriano de la palabra Entfernung: a la vez la separación, el alejamiento y el alejamiento del alejamiento, el alejamiento de la lejanía, el des-alejamiento, la destrucción (Ent-) constituyente de la lejanía como tal, el enigma velado de la proximidad. Y es que Heidegger, por ejemplo en El concepto de tiempo apuntaba a esta doble presentación del otro: El ser-ahí, en tanto que este ser-en-el-mundo, es justamente un ser-con, un ser con otros; lo cual significa: tener ahí con otros el mismo mundo, encontrarse recíprocamente, ser con otros en el modo del ser-uno-para-otro. Pero a la vez este ser-ahí está presente ante los otros como si fuera una cosa, a la manera de una piedra que está ahí sin tener un mundo ni cuidarse de él.

Esta realidad tensionada no puede negar la distancia, a la par que no puede negar el esfuerzo permanente con que la queremos desalejar. Este esfuerzo es a veces, por puro instinto: Poco le cuesta a un bebé mostrar su instinto risible. Y se ríe. Y pensamos lo tierno de su sonrisa. Pero su sonrisa es terrible. Su sonrisa es reflejo del instinto por la supervivencia. Sonríe porque la naturaleza le ha enseñado que sonriendo al extraño le pone de su parte. Es curioso que nada encuentra más desconcertante en el mundo que el extraño, que a la par parece tan semejante a él... ¿acaso no reside aquí en cierto sentido ese periculum que es todo hombre? El niño acaricia al Otro, siente una curiosidad innata, pero si éste se revuelve incluso para darle un beso, el resorte inmediato en aquel le separa, se asusta, le distancia, incluso lo empuja a la violencia – algo que ya comentaba en otros hilos. Este instinto por superar la distancia también se da, incluso cuando somos conscientes de él, buscando las ventajas de vivir en comunidad, de sobrevivir mejor, de compartir conocimiento y experiencia, del intercambio económico, de la división del trabajo, de la defensa de lo propio… Decía Schopenhauer que el instinto social de los hombres no se basa en el amor a la sociedad, sino en el miedo a la soledad. Otras muchas veces, más refinado, este esfuerzo descansa en la convicción propia, por el reconocimiento de la dignidad humana, por acercamiento frente a la natural dispersión (de lenguas, de razas, de culturas,…), ejercicio de unión, de tolerancia, de universalidad racional.

Pero a pesar de este esfuerzo, y esto es lo que yo creo que subraya Ortega, ¿no existe siempre un reducto, una distancia inabordable – al igual que una incertidumbre epistemológica sobre la certeza de lo conocido, que sostiene el relativismo cultural de la antropología social? Dice Carmen Martín Gaite que el hombre es una multitud solitaria de gente, que busca la presencia física de los demás para imaginarse que todos estamos juntos. ¿Y acaso, como ya he comentado en hilos anteriores, no se afanaba Descartes por justificar la humanidad del Otro, a pesar de la cuestionable apariencia con que se me presenta? Decía en sus Meditaciones metafísicas: Desde la ventana los transeúntes en la calle [...] Pero, ¿qué veo excepto sombreros y trajes en los que podrían ocultarse unos autómatas? Sin embargo, juzgo que son hombres.

Desde luego, estoy contigo en que la visión de Ortega es pesimista, se decanta por tachar de pseudovida a la que es en sociedad, por una sistemática alienación de la que discrepo. Pero ¿acaso no es cierto que vivir reflexivamente, responsablemente, auténticamente, tomando decisión con autonomía, con compromiso, con madurez, es preferible a vivir alterado, decidido por los otros, ninguneado en la masa? Dices “no es cosa de buscar el equilibrio entre mis dos vidas, sino de escoger como referencia auténtica uno sólo de los dos polos, rechazando el otro.” Y sin embargo, descartando como he hecho la consideración de Ortega de que toda vida social es alteración negativa, ¿no es cierto que debemos huir de aquella alteración que sí lo sea? ¿Que debemos decantarnos por el polo que nos permite recogernos, meditar y criticar? ¿Aceptar sólo lo que aprehendemos con sentido?

P.D.: En lo que respecta al periculum, ya advertí en otro hilo, anticipándome, sobre su inconveniencia. Ahí apelé no tanto a la raíz latina que lo toma como riesgo – a la que precisamente Ortega no podría apelar, porque es un sentido deshumanizado, mecanizado y perdido – sino a la inercia semántica del sentido que hoy tiene la palabra “peligro” y que es efectivamente peyorativo. Algo similar acontece con la palabra riesgo – o en versión positiva con las palabras fortuna o suerte – que proviene del risico o rischio italianos, entendidos como “lo que depara la providencia”, es decir, sin entrar en valoraciones. De igual modo deseamos suerte queriendo decir buena suerte, o nos llamamos afortunados o desafortunados, amasamos fortunas, cuando la fortuna por otro lado también es aséptica. De hecho, sin querer decir que este uso sirva como norma, en la gestión de riesgos propia de los estándares de gestión de proyectos de hoy en día, un “riesgo” no es necesariamente algo malo, sino un suceso con cierta probabilidad, que puede ser tanto positivo como negativo, y de ahí el cálculo numérico (económico, temporal) de la gestión de riesgos como sumatorio de valores positivos y negativos hasta dar cuenta final del riesgo positivo o negativo a asumir. Si bien, es cierto que la propia RAE toma por acepción de riesgo el uso que tú apuntas como de “contingencia o proximidad de un daño”.
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