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TEMA: El papel del psicólogo en la era posmoderna

El papel del psicólogo en la era posmoderna 03 Abr 2021 20:38 #62239

  • serchlobar89
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Alma escribió:
O tal vez sepa más el dermatólogo. Zapatero a tus zapatos.
Por mi experiencia, sabe más un psicólogo de psicofármacos que un médico de cabecera. Y eso que el primero no puede recetarlos. Muchos médicos de cabecera no son capaces de distinguir distintos tipos de ansiolíticos y antidepresivos.
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El papel del psicólogo en la era posmoderna 03 Abr 2021 20:38 #62240

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Y dale. Que los psicólogos no atienden esos casos.
O uno padece una enfermedad o trastorno mental y va al psiquiatra, o pasa por un mal momento y acude al vino, a la poesía o a la virtud, o a un paciente amigo o un cura igualmente paciente. El resto son zarandajas.
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El papel del psicólogo en la era posmoderna 03 Abr 2021 20:39 #62241

  • serchlobar89
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Alma escribió:
Y dale. Que los psicólogos no atienden esos casos.
O uno padece una enfermedad o trastorno mental y va al psiquiatra, o pasa por un mal momento y acude al vino, a la poesía o a la virtud, o a un paciente amigo o un cura igualmente paciente. El resto son zarandajas.
Hablando de vino. Las adicciones no se curan sólo con metadona ;)
Última Edición: 03 Abr 2021 20:44 por serchlobar89.
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El papel del psicólogo en la era posmoderna 03 Abr 2021 20:43 #62242

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Esto es idiota y, por mi parte, lo dejo aquí. Tu experiencia te dice que sabe más de psicofármacos un psicólogo que un médico de cabecera. Mi experiencia me dice que los psicólogos son unos inútiles. La experiencia de un tercero dice que la tortilla de patatas mejor sin cebolla. La experiencia de un cuarto, que mejor irse a la cama bien cenado que en ayunas. Campaaaaana y se ha acabado.
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El papel del psicólogo en la era posmoderna 04 Abr 2021 12:05 #62244

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¿Cuerpo o mente?

Creo que en el fondo del tema de este hilo lo que subyace es la eterna cuestión de la relación entre el cuerpo y la mente. Y esto ocurre además con la dificultad añadida de que tampoco sabemos muy bien (por lo menos yo no lo sé con rotundidad, con una delimitación clara y precisa) qué es la mente –y seguramente tampoco conocemos tan bien como suponemos- qué es el cuerpo. A partir de aquí, si ya las bases no están claras, las confusiones posibles son múltiples. Así, el papel del médico nos parecería más claro y evidente, ya que se dedica más al “cuerpo” y el del psicólogo algo más equívoco pues se dedica en exclusiva a la mente –sea lo que ésta sea- o, mejor, a una parte de la mente, la vertiente más psicológica –no orgánica. El psiquiatra estaría más centrado en la mente, en sus dos aspectos que nos resultan más familiares: el psicológico y el orgánico, aunque al psiquiatra se le atribuiría un papel más específico (durante las últimas décadas) en este último, especialmente porque dispone del poder de prescribir fármacos. Si aun lo queremos enredar un poco más le podemos dar entrada al neurólogo, que se dedicaría más puramente a lo orgánico y a lo mental-orgánico.

Personalmente, desde mi más tierna adolescencia, me ha interesado vivamente este tema y, posteriormente, durante cuatro décadas de mi vida profesional, he interactuado y trabajado en ello en la práctica clínica. Debo confesar que no tengo las ideas más claras ahora, al final, que al principio, cuando me inicié. Tampoco creo que todos los profesionales, incluso dentro de una misma especialidad, tengamos las mismas ideas al respecto.

A continuación, comentaré algunas ideas sin ninguna ambición de cientificidad, ni de sentar cátedra -pues tampoco podría, ya que no he llevado a cabo una investigación “científica-metódica”, sino una investigación desde la vivencia personal y desde el “material” que proporciona la práctica clínica y la introspección- que creo que tampoco aportarán nada sustancial a lo que ya se ha comentado en este hilo, pero bueno, allá voy.

Algunos profesionales –entre los que me incluyo- piensan que para muchos padecimientos mentales es mejor utilizar el término “trastorno” mental que el de “enfermedad” mental, reservando ésta última terminología únicamente para aquellas entidades sobre las cuales se conoce bien su origen, causa, mecanismo, respuesta al tratamiento, etc., mientras que sobre los trastornos sólo conoceríamos algunos aspectos clínicos, descriptivos, barajando diversas hipótesis con respecto a sus causas, mecanismos etiopatogénicos y de respuesta a los tratamientos, etc. Es decir, aun nos queda mucho por conocer sobre los trastornos/enfermedades mentales. Y ello sigue siendo así a pesar de los múltiples avances en las técnicas que estudian la neuroimagen, la bioquímica cerebral, etc. Cada día sabemos más sobre el correlato orgánico del trastorno, de si se relaciona con ciertos cambios estructurales o bioquímicos, de si presenta un componente genético y cuáles son los genes implicados,..pero en muchos casos seguimos sin comprender bien qué es primero si el huevo o la gallina, la genética o en ambiente, lo orgánico o lo psicológico, lo social o lo individual,..y como interactúan entre si.

En la práctica, bajo mi criterio personal-profesional, que no tiene porqué ser, ni creo que lo sea, universalmente compartido, lo que marca radicalmente la diferencia entre lo que es normal y lo que no lo es en el ámbito de los trastornos mentales –aunque pueden existir excepciones- es la presencia del sufrimiento. Un sufrimiento excepcional, que desborda la capacidad de adaptación de la persona, que se vive individualmente y/o que también se inflige a los demás. En la práctica lo que nos encontramos es a alguien que sufre mucho y que las manifestaciones de ese padecimiento se dan en el ámbito de lo psicológico, sin excluir las repercusiones orgánicas (psicosomáticas), familiares y sociales. En algunos casos es uno mismo la víctima de esos trastornos: ¿quien no ha sufrido nunca un exceso de ansiedad, fobia, depresión,…? Y ese que no se reconoce como “sufridor” ¿hasta que punto está seguro de no haber ocasionado mucho sufrimiento a su entorno? Quiero creer que existen personas “completamente sanas”, y seguro que las hay, pero no estoy muy seguro de que constituyan una abrumadora mayoría, por lo menos en nuestro mundo, en el mundo que conocemos, en nuestra sociedad cercana. Una vez una paciente joven me dijo que quería ser “normal”, “random” –ella era extranjera-, le respondí que cuando encontrara alguien normal, que volviera y me lo trajera (para poder verlo).

Con respecto a la posible influencia del ámbito de lo psicológico individual en el propio organismo, existen diversos posicionamientos en los pacientes. Algunos rechazan de plano que sus manifestaciones orgánicas tengan un origen o un componente psicológico y no aceptan orientaciones o consejos en esta dirección. Únicamente conceden crédito a las posibles alteraciones orgánicas. Normalmente, según creo, ambos aspectos coexisten y se dan a la vez. Por ejemplo, la cefalea más reconocida, la migraña, tiene un componente genético-hereditario y unos desencadenantes ambientales o internos (cambio estacional, exposición a tóxicos, falta de sueño, hormonales, alimentación,..), así como ansiedad-estrés,.. Es la confluencia de factores constitucionales, ambientales y psicológicos-emocionales lo que, combinados en diversos grados en cada caso, produce como resultado el ataque de migraña. El mismo esquema creo que resultaría válido para muchos trastornos mentales. Presencia de una susceptibilidad individual (que puede ser muy común o muy excepcional en una población determinada) y unos desencadenantes apropiados (de muy diverso tipo).

La relación terapéutica, entendida en un sentido amplio, como beneficiosa, de ayuda, curativa, de cuidado, subyace como posibilidad a toda relación (con otro humano, con otros seres vivos, con la música, la belleza, la naturaleza,..).
Entendida en un sentido más preciso o acotado, la reservamos a la relación con un profesional de la salud. Haciendo una comparación un tanto burda, podríamos decir que alguien sin carnet de conducir (que ha aprendido mejor o peor por imitación o auto-entrenamiento) puede transportarnos en un vehículo, pero que lo suyo es que nos conduzca un profesional o alguien que sí tiene ese carnet de conducir con las garantías que ello comporta. No obstante, eso no quita que quepa dentro de lo posible que algunos individuos posean unas aptitudes excepcionales para la conducción de vehículos con o sin carnet. Así podemos encontrarnos con profesionales –también son personas- pertenecientes a diversas escuelas o enfoques académicos, ellos mismos con diversos perfiles de personalidad/creencias/posicionamientos, con los que nos resulte más o menos fácil mantener una relación terapéutica en función de nuestras propias características/opciones/afinidades. También puede ocurrir que, en alguna ocasión, nos resulte más útil un amigo, un familiar o un conocido (o incluso –me atrevería a decir, sin ánimo de ofender- una mascota). En general, yo diría –y creo- que todas las ayudas –si son buenas- son bienvenidas. La calidad del terapeuta (humana, si se trata de un humano) es esencial, sin desmerecer su calidad técnica.

En resumen la calidad o cualidad de nuestras relaciones con nuestro entorno (con el no-yo) es quizás tan importante (o más, o menos) como nuestras propias predisposiciones individuales (constitucionales, orgánicas, genéticas,..) en la forma cómo vivimos y cómo padecemos las manifestaciones disruptivas y el sufrimiento en el ámbito de lo psíquico individual.

No sé si he aclarado algo, o todavía lo he liado más...En fin,..
Última Edición: 04 Abr 2021 12:14 por Marcoaurelio.
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El papel del psicólogo en la era posmoderna 04 Abr 2021 12:51 #62245

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Hola Marco Aurelio,

sin duda tú sabes más de este tema que cualquiera de nosotros. Sólo unos comentarios:

¿Dónde empieza el alma (la mente) y termina el cuerpo? No lo sabe nadie. Me matriculé en Filosofía de la Mente por interés en materia de psiquismo y me sorprendió ver lo poco desarrollada que está la investigación científica sobre este tema. Por tanto, teorías filosóficas para todos los gustos.
Creí que conceptualmente estaba clara la diferencia entre enfermedad, trastorno y síndrome. La enfermedad tiene entidad clínica y causas orgánicas, el trastorno entidad clínica y causas no conocidas desde el punto de vista orgánico, y el síndrome es un conjunto de síntomas que en sí mismo carecen de entidad, es decir, no nos conducen a una afección concreta. Otra cosa es saber si un síntoma obedece a una enfermedad o a un trastorno, y cuándo podemos decir que hay en efecto una causa orgánica, o una mezcla de factores orgánicos y funcionales, etc.
Lo del sufrimiento es bastante sensato, de hecho el DSM para hablar de afección mental exige en muchos casos la persistencia de síntomas durante al menos seis meses, que causen un malestar significativo al sujeto, y que le causen perturbaciones a nivel familiar, laboral, social.
El papel del neurólogo no lo tengo claro. Creía que la diferencia entre el neurólogo y el psiquiatra consistía en que el primero estudia la estructura cerebral, el órgano, mientras que el segundo los procesos derivados de ese órgano. Creía que desde el momento en que se conoce una causa orgánica de la perturbación mental el caso se deriva al neurólogo. Por ejemplo, si un sujeto acusa una conducta errática y se descubre que es a causa de un tumor cerebral, ahí el psiquiatra nada tiene que hacer.

Me he pasado una temporada yendo del psiquiatra (hipocondría) al neurólogo (migrañas y, además, el temor a padecer una enfermedad neurológica grave, temor derivado de la hipocondría), y admito que siento cierta curiosidad por las relaciones entre ellos. Ambos se conocen muy bien, y mientras esperaba cita con el psiquiatra el neurólogo me dio una medicación pendiente de ser valorada por el psiquiatra. Como era de esperar, el psiquiatra me recetó otra medicación. Además, muchos psicofármacos tienen efectos neurológicos, que a su vez pueden reforzar la angustia del enfermo, y se entra en un círculo vicioso en el que cada miembro del tándem va cada uno por su lado. Me entraba la risa cuando el neurólogo, al ver la medicación del psiquiatra, juraba por lo bajo (nada, que han hecho lo que han querido, como siempre), y me recomendaba que le pidiera al psiquiatra que me redujera la medicación para no tener tantos efectos secundarios neurológicos que me llevaban aterrada hacia su consulta. El neurólogo no parecía darse cuenta, o no le importaba, que si me reducía la medicación aumentaban las ideas obsesivas sobre enfermedades, y el riesgo de que si la migraña se me agravaba podía temer un tumor cerebral, lo que me llevaría de nuevo a su consulta, en la que ya no quiere verme ni en pintura :lol: Un show.
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