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TEMA: Sístole y diástole de la cronificada crisis moral postmoderna

Sístole y diástole de la cronificada crisis moral postmoderna 23 Mar 2022 17:49 #69651

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"Del creciente predicamento y expansión de presuntas seudociencias como la bioneuroemoción" (Sístole y diástole de la cronificada crisis moral postmoderna para la consideración filosófica) (I)


Dando de antemano la más sincera enhorabuena por su gran labor a autores como Miguel Perlado -y también, claro está, a tantas valerosas personas afectadas por grupos buscadores de lucro a englobar bajo el concepto de sectas, las cuales, una vez logran escapar de sus garras, ofrecen inequívocos testimonios de sus respectivas odiseas en algún canal, naturalmente de escaso gancho y pocas visitas, o espacio virtual-, un tema aquí se expone a considerar como gravísimo y, desgraciadamente, según el enfoque otorgado, cultural, es decir, que se tiene a bien presentarlo hundiendo sus raíces en la sociedad en su conjunto, bastante inconsciente y o hipócrita, como un todo productor de sus propias, colosales miserias -muy peligrosamente infeccioso como propagación cotidiana de los males clásicos de la caja de Pandora..., ¡y alguno más!-: el creciente predicamento y expansión de presuntas seudociencias como la bioneuroemoción. Por añadidura, más que posible reflejo de un terrible, prácticamente irresoluble problema nacional es, también, el que se saca a la palestra, un asunto transfronteras -pues en Sudamérica la implantación de poderosas empresas con fines en principio terapéuticos presumiblemente no más que con un engañoso barniz científico parece, porcentualmente, mayor que en Europa-, y dable resulta vaticinar que, con toda seguridad, ya que el prestigio del saber racionalmente fundado está por los suelos, pueden pasar aún generaciones no sólo sin verse exoneradas de esta señal de sinrazón colectiva, sino habiéndose la misma agravado en sus consecuencias. Un vaticinio el formulado que confiere más relieve, si cabe, a la labor investigadora y divulgativa de expertos como el antedicho, que contribuyen, admirablemente, a concienciar, salvar almas y billeteras en peligro, poniendo un grano de arena en la ardua labor de identificar y desterrar la falsedad, cada vez más enraizada en el día a día, de la lacra de presuntas seudociencias, cuya definición, identificación, alcance, significación, así como la especificación de su peso y calado en el conjunto de las sociedades actuales, interesante objeto ha de ser de meditación y análisis para el filósofo de la ciencia y la sensibilidad moral de hoy -para cualquier ente pensante que no se arruga ante desafíos y sordideces de su presente-, cuando parece que nada hay no susceptible de transformarse, groseramente, en una nueva mercancía, desde la “felicidad” al tratamiento de un cuadro depresivo, tiempo en el que a saberes y actividades que no forman parte de ese espíritu mercantil, verbigracia al indagar y problematizar inherentes a la actividad filosófica, sólo se reserva una posición marginal, con un eco social nulo.


A causa, fundamentalmente, de una ignorancia generalizada, del asentado irracionalismo o negativa a hacerse dueño de -racionalizándola- una vida íntima sin delegar en nada ni nadie el básico bienestar mental -para atender al cual apenas hay horas y serenidad apropiados-, de la procura impaciente de soluciones inmediatas, de la irreflexión galopante, del ridículamente infantil querer creer lo que a uno conviene y se le induce interesadamente a pensar, el afán de poder de inescrupulosos manipuladores -constante epocal que ha ido creciendo, yendo a más como la espuma, con las crisis financieras y sociales-, a causa de ello -decíamos- la mentira o la media verdad explotadas como medios para hacerse con un gran nicho de mercado, la falsa terapia, la adulación y persuasión -en las que se traduce el afán de hacer clientela disfrazando el vacío intelectual en rimbombantes conceptos- se imponen, en muchos casos de personas necesitadas de un tratamiento realizado por auténticos expertos, a la hora de afrontar aquéllas sus climatéricas tesituras decidiendo actos a llevar a cabo, pasos a dar; así, sin discusión alguna, el sosegado análisis cerebral y el acercamiento al conocimiento objetivo de la ciencia quedan, en tantas ocasiones, desplazados cuando más útiles debieran ser. Y es que en la nihilística postmodernidad no hay verdad, ni preocupación por discernir lo falaz y tender a la misma: del teocentrismo medieval se viró al antropocentrismo renacentista, y de ahí se ha pasado a un egocentrismo feroz y demencial: cada vez más espacio conquista la figura del histriónico y convincente impostor con su intrusismo; la avidez de dominación de los otros -atinado trasunto suyo colmillos kilométricos prestos a clavarse en la yugular, goteando hilos de una sangre que se sumará a la de nuevas víctimas- de locuaces mercaderes de emociones propias del noveno cielo del Dante suple a la práctica médica y psicológica desempeñada desde el elemental rigor. Sucumbiendo a esta oleada de esperanzas ilusorias, cada vez mayor número de personas tiende a vivir enajenadamente su cuerpo y su mente, como un consumidor que acoge respuestas hechas ad hoc para determinados menoscabos o aspiraciones de mejora, sin meditarse cuán cuantioso puede ser, de tal modo, el número de decisiones tomadas contrarias al respeto mínimo a las bases de la ciencia, a la cabalidad y a la cordura. A la par que se aprecia la medicalización de la existencia del nuevo milenio, cuando tanto se invierte en “salud” y crece el capital dedicado al “crecimiento espiritual”, el demencial modus vivendi -no tal vez radicalmente opuesto pero sí difícilmente conciliable con nuestro pleno reconocimiento como seres humanos poderosos y sabios per se- no sólo fabrica y etiqueta severas enfermedades, también da cancha libre a un denunciable curanderismo. Occidente presume de haber pasado del mito al logos con el legado griego, pero, ¿no sucede actualmente que el conato de hacer negocio en áreas que debieran ser sagradas habla más alto que el respeto a la verdad y ello implica, necesariamente, el rebajamiento de ésta, su desconocimiento, su encubrimiento o su mixtificación?


Ante esta situación penosa, frente al palpable analfabetismo u olvido acerca de lo esencial gracias al que se impone, igualmente en la política como en tantos otros campos, quien mejor y con menos miramientos vende un producto cualquiera o una ilusión aunque haya de disiparse como humo en breve, aquel que promueve estados de ánimo favorables a su dominación, y hace creer casi que lo que fuere por conveniencia, quien más hábilmente maneja al otro sin ningún escrúpulo buscando su beneficio egoísta, ¿dónde está la línea roja trazada -afirmando: “¡hasta aquí se ha llegado!”- por parte de unos poderes públicos que debieran velar por la población; dónde las campañas informativas desde la exigible objetividad para contribuir a que se diluciden una terapéutica a prescribir y modos adecuados de afrontar el fortalecimiento sano de la vida psíquica, separándolos de la charlatanería, el fraude y el efecto placebo?; ¿para qué existen muy costosos ministerios conectados con la ciencia y la educación si, a tenor de su pasividad, carecen de potestad investigando, persiguiendo y -llegado el caso- puniendo prácticas inmorales que suplantan la actividad realmente profesional?; ¿son indiferentes a la gravedad del hecho de que buena parte de la población del mundo desarrollado, en pleno siglo XXI, susceptible sea de creer, especialmente en un mal momento vital, cualquier dislate que pueda arruinarla económica y psíquicamente, de abrazar a cualquier hábil vendedor de falsas esperanzas? ¿Realmente hay que respetar la “libertad” de escoger, un arbitrio electivo sin información contrastada, así como que cualquiera de nosotros pueda valerse de cualquier señuelo para lograr sus fines desde el momento en el cual hay una clientela que pica en el anzuelo, pues ésta, finalmente, “siempre tiene razón”?; ¿dónde está el estricto acato del respectivo código deontológico en quienquiera que se ocupe de tan serios y delicados temas como los que a la psicología, hasta hace bien poco indistinta del elucubrar filosófico, atañen? ¿Quién lo conoce detalladamente y lo exige hoy entre potenciales pacientes o consultores de “expertos en desarrollo personal”? Huelga decir que estas preguntas formuladas engendran muchas otras nuevas, además de las retóricas que afianzan el mensaje de fondo de las ya planteadas: ¿no es cierto que en un país donde se respetase mínimamente la verdad la ciencia gozaría de la autoridad moral suficiente para vetar a todo aquel que, manifiestamente, a través del canal que fuere, expusiese tesis, metodologías, promesas de sanación o mejora espectacular en nuestros días contrarias a la objetividad del verdadero saber?, ¿acaso la publicidad no ha de tener barreras, sobre todo cuando, abusando de ella, se pretende hacer negocio pudiendo poner en serio riesgo la salud de quien fuere o atentando directamente contra la misma? La cordura semeja dar por sentado cuanto implícitamente se asevera, sin embargo, ¿existe una sola nación en el mundo entero donde haya un comité científico o un ministerio de Ciencia que, con la radicalidad necesaria, se yerga como el verdadero velador de la salud pública y que, además, suponga una previa y dura criba por la que hubiese de pasar quienquiera que pretendiese vender “maravillosos remedios”, “iluminaciones que nos libran de todo mal”, “milagros asistiendo a cursos”, prometiendo el paraíso en un abrir y cerrar de ojos en base a gracias y mercedes al margen de evidencias generales y o límites a lo que es humanamente dable conocer?


Si, por múltiples motivos, de no pasar de una mirada somera, puede costar para muchos hombres y mujeres un gran esfuerzo, si se logra, discernir el malvado charlatán que ingeniosamente tima del estudioso que de buena fe se dedica a sanar cuerpos y mentes con competencia, si encima no hay ninguna barrera a la mercantilización y expansión de tantas seudociencias -o tergiversaciones de paradigmas validados por la comunidad científica, o interesados refritos de teorías para llegar a más clientes potenciales y con mayor eficacia y celeridad-, a las mil maravillas se explica que cada data nos acerquemos más a un medievalismo antiintelectualista, así como se justifica el alarmante juicio que encabeza este artículo. Una pequeña prueba de lo atinado del veredicto, de que no resulta factible, al menos mientras no cambiaran muchísimas cosas, erradicar la falsedad que se lucra de la miseria del prójimo al ser éste un problema cultural -aunque por supuesto cabe concienciar del mal pandémico que aquí se denuncia-: mientras asociaciones dedicadas a investigar grupos de diversa índole que pudiesen camuflar voluntades sectarias -y páginas de Internet con denuncias contra dañosas sociedades que entran dentro de tal concepto- cuentan con muy escasas visitas, cualquier vídeo de un “exitoso” embaucador a gran escala -o de algún destacado aspirante a seguir su estela entre infinidad de sucedáneos suyos prestos a hacer de la psicología un teatro maravilloso explotando la desorientación y desesperanza ajenas-, con cierto talento de comediante, desprecio de la verdad e inhumanidad podrá alcanzar una adhesión popular poco menos que inimaginable para las primeras. No se exagera ni un ápice. Tal vez leyendo estas líneas alguien esgrimirá: “Cada cual ha de creer lo que desee, y gastar el dinero en la terapia que quiera; ¡libre es para equivocarse!”; y a ello se replicaría, ¿de qué libertad se habla cuando no hay, como base intelectual de la misma, información de calidad, contrastada, conocimiento mínimo, desarrollada capacidad de discernir y decidir sin coacciones explícitas ni sutiles?; ¿no debiera haberse llegado a un punto de madurez mental mínima para que tal ejercicio de elección, con toda responsabilidad ejercido, no se tratase de un acto a ciegas, reduciendo tanto como fuese posible las probabilidades de convertirse en el acólito de quien semeja un sectario de la vida expandiendo más y más aberraciones seudocientíficas para agrandar un imperio sustentado en el arte de dominar, instinto diabólico?


Como que nuestras carnes y neuronas, intelectos y corazones acreedores son de todas las delicadezas, la necesidad de respuesta ante la enfermedad, o la ambición de “espiritualidad”, cuando han de escoger un camino u otro que las colmen, requieren discernimiento meditativo, que se sea como nunca juicioso. La historia de cada uno de nosotros, nuestra propia niñez, demuestra sobradamente que cuando sin preparación ni responsabilidad decidimos y obramos sin adecuado guía alguno es bien factible que lo hagamos -aunque pudiésemos tardar años en reconocerlo y asimilarlo- para mal nuestro y de nuestros semejantes, incluso que nos conduzcamos al fondo del precipicio, por más que nos sintiésemos satisfechos y extasiados actuando a nuestro antojo, igual que ahora mismo multitudes fanatizadas por y con líderes sectarios se creen, francamente, en lo alto del cielo. En función de lo expuesto, ¿debería haber en España ni en ningún país “libre mercado” prácticamente sin tamiz alguno para poder participar en él ofertando soluciones a problemas relativos a unas cuestiones tan fundamentales y delicadas como la salud física y psíquica, o a la falta de felicidad de nadie? ¿De qué sirve a la humanidad un progreso médico y científico carente, en su dimensión social, de autoridad moral para hacer prevalecer la verdad, para diferenciarla de una carantoreña literatura, o de un mero efecto de satisfacción psicológica que no va más allá de una fugaz sensación? ¿No debiera no permitirse entrar en campos que no son los suyos a supuestos terapeutas carentes de capacitación?; ¿no aconseja el sentido común, como poco, plantearse restringir el tratamiento de los problemas físicos y psíquicos, así como el hipotético “crecimiento personal”, a profesionales acreditados en sus respectivas áreas, que partiesen de un consenso científico mínimo y que acatasen rigurosamente un código deontológico -¡cómo no!-, incompatible con la busca del lucro como el fin primero, el “pensamiento mágico” y sucedáneos, o la propaganda engañosa en pos de acólitos?


Ojalá se errase en la previsión, pero desde luego, a fuer de ser honesto, hay que proclamarlo: el problema reseñado se enquistará más y más; nada indica que el pueblo español -seguramente ningún otro en el globo tampoco- haya llegado a la mayoría de edad kantiana como para saber elegir por sí solo, sensatamente, en materia de salud o de crecimiento interior, ni semeja que haya de haber en el futuro a corto plazo una nueva Ilustración, más bien quimérico del todo otro Siglo de las Luces que desterrara supersticiones y supercherías plenamente enraizadas en el mundo desarrollado en pleno siglo XXI.., ¡siendo así, lo de algunos “gurús” actuales parecerá poco en comparación con lo que pueda venir más adelante! Ante ello, existiendo en las convulsas y deshumanizadas sociedades actuales un déficit gravísimo de inquietud por saber con fundamento y rigor del origen, naturaleza y posible control de nuestras emociones, ideas, conductas, así como una ausencia evidente también de introspección y de elemental comunicación sincera y de calidad con nosotros mismos y los demás, la filosofía no habrá de permanecer de brazos cruzados ni un momento, ni uno indiferente al hecho de que se dé el caldo de cultivo perfecto para que proliferen todo tipo de caraduras sectarios que hacen su agosto con las debilidades ajenas, sin importar, según tantos testimonios, destrozar económica y moralmente hasta en principio muy unidas y acaudaladas familias.


Valga cuanto aquí se ha expuesto, ponderado, sugerido, a pesar del tono que pudiera calificarse de pesimista, para alertarnos, urgiendo a ahondar en la problemática sacada a la luz, para atender con la mayor seriedad a la cuestión del discernimiento de verdaderos psicólogos y doctores especializados en áreas muy delicadas, profesionales íntegros y cargados de argumentos y evidencias empíricas para hacer frente a un tsunami de irracionalismo y afán de explotación de las miserias humanas. Por descontado, la sensatez les brinda incondicional apoyo, incentivando al pensamiento filosófico, que, en diálogo constructivo con las restantes disciplinas -en primer lugar con la psicología- no debe dejar de profundizar en la compleja cuestión de la imbricación de ciencias y seudociencias, de ahondar en su natural misión de desenmascarar la falsedad desempeñando -¿por qué no, cómo no?- una labor pedagógica que pudiera aproximar más al grueso de la población a la verdad objetiva acerca del cáncer, la ansiedad o las fobias, de su diagnóstico y de su afrontamiento, sobreentendiéndose que han de ser abordados por auténticos especialistas sin desviarse de la realidad probada y sabida sobre los mismos. ¿O habremos de resignarnos a que cada vez más un avasallador relativismo oscurezca completamente tantos años de avances, a que el método científico resulte cada vez más prescindible, a que una terapia también sea un producto dentro de un mercado sin apenas regulación, y así su criterio de validez estribe en la demanda de la misma, en la adhesión popular a una “marca” que alcanzase prestigio, ocurriendo así, fatalmente, que la banal cultura del espectáculo siga invadiendo, desvirtuándolas trágicamente, ya no sólo las artes o la política, sino esferas científicas -al menos en su praxis-, mientras esmerados investigadores quedan sin financiación o se ven obligados a emigrar, y la objetividad del saber humano sin voz ni espacio en los medios generalistas?


*Nota aclaratoria que se esgrime a modo de excusa para realizar una breve presentación:


Aprovecho para dar las gracias por su admisión y para saludar a este tan enriquecedor foro, feudo de resistencia del raciocinio, en esta intervención primera. Es un honor ir leyéndoos a quienes lo integráis, un reto tratar de asimilar tantos mensajes y polémicas a considerar, y poder participar en un rincón, dentro de la peligrosa babel de Internet, un tanto como aparte de las zonas de mayor riesgo para la salud y calidad de nuestro psiquismo, donde vive y se expande a diario la inteligencia puramente especulativa, que tanto puede y debe aportar ayudando a superar -o como poco a identificar, algunas de tantas cadenas como en esta tercera década del siglo XXI es factible que se arrastren, y cómo abordarlas- la maraña de confusiones y arbitrariedades día a día renovada que aguan, obstaculizan o mediatizan un libre vuelo pensante y sintiente; ¡ah, un reducto este espacio digital como mínimo de desprejuiciado cuestionamiento en un país y un planeta absolutamente desquiciados!


Como se deducirá, con el artículo extractado se pretende, básicamente, traer a un primer plano un mal rabiosamente actual, si bien ya diagnosticado, de exponencial medro, hacerlo fortaleciendo el espíritu crítico, leyendo la realidad desde la distancia del sujeto contemplativo y dudoso, dado a ocuparse a su manera, finalmente, del porqué de cosas, seres, sucesos, como lo exige la sensibilidad filosófica. Se ha redactado por mor de ordenar y plasmar las ideas propias, mas pensando también en hacerlo asequible a un hipotético lector de nivel medio-alto, que no tendría por qué poseer la formación específica de ustedes, mas humano, inquieto, acuciado por graves incógnitas, sujeto a perplejidades sin respuesta, capaz de sinceramente agradecer el flujo de un pensamiento desinteresado que, partiendo del aquí y el ahora, pueda empujar a hundirse en profundas raíces, y, cuestionándose cuanto se presentare, para empezar la producción de su propio discurso, ansíe brindar aliento y luz para la elaboración o descubrimiento de nuevos elementos de análisis, horizontes exegéticos, perspectivas novedosas, razones a argüir y sendas a trazar en pro de nuestra mayor felicidad y autonomía, aumentando así la fundamental libertad conjetural, proponiendo una nutrición espiritual clave para, como poco, mirarse a uno mismo y en derredor con mayor amplitud, independencia y cautela. Obviamente abierto se está, en esta empresa tan ilusionante e irrenunciable, a cualquier crítica, aportación, interrogante, sugerencia, etc, y, sépase que, dado el sentido y el tipo de eventual receptor al que hipotéticamente se remite, muy lejos de mi intención está el pretender algo tan lejos de mis limitadas posibilidades como sentar cátedra, la soberana insensatez de creerse auriga hacia la verdad, profeta de su camino, o dirigirse a especialistas con los que entrar en sutiles disquisiciones que requirieran de un hondo conocimiento de filosofía de la ciencia; obviamente no se está aquí anticipándose, ¡ni mucho menos!, el boceto del inicio de una tesis doctoral, si bien, por supuesto, Zaoc, considera innegable, contrariamente a sus cientos de miles de adeptos, que se aparta de la ciencia la bioneuroemoción con su carácter de movimiento populachero y proselitista, por la hasta hoy jamás demostrada fundamentación de muchas de sus tesis y aseveraciones -postulándose más de una vez auténticas barbaridades-, dados los rasgos de su praxis y metodología, y por suponer un aparato publicitario que, según tantos indicios lo indican, nada más hace que mostrar una cara amable dentro de la estrategia empresarial de un grupo fuertemente dogmático, cerrado y de estructura piramidal, al margen de todo cuestionamiento. Así se ha manifestado construyendo el texto con el ánimo de dar cauce a mi particular amor a profundizar en -y a cautamente poner en tela de juicio- lo que se antojase con una prosa vibrante, cuidada y gustosa, habiendo enhebrado las oraciones con algo de la fe sin fecha de caducidad con la que la icónica Penélope homérica para luego destejer hilaba, con el mayor rigor y seriedad volcando la gran agitación de quien sumamente preocupado desde siempre se encuentra por cuestiones tradicionales del saber del viejo Tales, por nuestro alejamiento de la luz, por incertidumbres de ayer y el presente, por el campear de tantas falacias y mezquindades, ante tamañas injusticias existentes, parálisis mental generalizada, abyecciones humanas, espantosas expresiones de artificiosidad emocional, o involución moral -apreciable al menos por quien os habla- inferibles observando muchos aspectos de la realidad, a partir de determinados puntos de vista mantenidos hacia ésta, que tratarán de ir siendo concretados.


El negrísimo panorama actual, en el cual la supervivencia de la disensión y del dubitar liberador y trascendente parecen estar en juego, insta a reivindicar más que nunca el librepensamiento intentando buscarnos con la máxima radicalidad; la complejísima actualidad en tantos frentes exige de esclarecimientos y problematizaciones que puedan ayudarnos a ver, ser, cavilar más y mejor, a hacernos menos siervos y a luchar contra nuestra inmensa necedad, con, en la medida de lo posible, accesibles intervenciones al mayor número de eventuales interesados en honrar la facultad subversiva de la filosofía, potencialmente capacitados para acompañar una tarea intelectual histórica, en la cual nos humaniza participar o asistir como testigos: lisa y llanamente tratar de filosofar, lo cual implica, necesariamente, poder llegar a encantar hasta al espíritu en principio profano en materia de palabra con délfico designio. De ahí que una serie de artículos se tenga en mente ir compartiendo, sometiéndolos a la ponderación de quien tuviese a bien leerlos, pudiendo inspirar tal vez multiplicidad de discusiones y planteamientos, espolear algunos intelectos impeliendo a la formulación de numerosísimas, muchas veces concatenadas cuestiones. En el caso que nos ha atañido, en el inicio de la irreverente serie, una superficial y efímera experiencia mía de hace ya casi ocho años, a raíz de haber querido ser captado por su grupo por un par de “curanderas” -secuaces de un tal Enriq Corbera-, representante de la bioneuroemoción en España, en su “gran familia de amor”, ha dado pie al artículo número uno. No está de más matizar que aconteció la frustrada tentativa a lo largo de una conversación de una hora y media aproximadamente, durante la cual, sin ni siquiera haber concedido el beneficio de la duda a ninguna de las dos, rechazando la idea de una intencionalidad positiva en el afabilísimo dúo, enseguida, uno se blindó interiormente advirtiendo un intenso tufo a estrategia sectaria en sus contertulias, fortísima sospecha que confirmó a la postre una serie de someras lecturas e indagaciones, cuando el abordado desde una maliciosa persuasión todo lo desconocía del ya a la sazón millonario negocio de Corbera.


En suma, “Del creciente predicamento y expansión de presuntas seudociencias como la bioneuroemoción” (Sístole y diástole de la cronificada crisis moral postmoderna para la consideración filosófica) (I)” consiste en una personal respuesta, años después, a un largo rato de técnicas coercitivas de primera mano conocidas, invitando a escrutar la realidad desde ese tan fascinante ángulo, baluarte fundamental de madurez intelectual y plenitud espiritual del hombre o la mujer, que es el propio del modesto pensador habituado a recapacitar largamente sobre cada escena de su propio vivir, caviloso en la busca siempre inconclusa, abierta, honesta, con avances y desandares, pausas y reemprenderes, de cuanto se es y de ser se deja. La lealtad a tal actitud introspectiva exigió a uno vivir desde adolescente vuelto hacia sí mismo y su cautivador mundo, preguntándose, entre otras cosas, por la posibilidad de la verdad, para empezar qué pudiera ser ésta misma, íntimamente convencido de que si un combate dignificante hay en vida es el de la exploración perpetua de nosotros mismos y el mundo en redor que se abre merced a tal inquietud fundamental, y que, aunque jamás se hubiese sentido alcanzar ni un momentáneo chispazo suyo, si auténticamente hay vocación, forzosamente con ella, fieles a su impulso incesante, se nos van desvelando, ya en nuestra existencia cotidiana siendo jóvenes, incluso mucho antes de haber emprendido una carrera académica, infinidad de incoherencias que no se desean por lo regular apuntar, farsas que esconden sucios intereses, velos de Maya donde menos se espera, sutiles mecanismos de control, individuos que escamotean evidencias de sí supliéndolas por mentiras, falsas diversidades morales y libertades ilusorias, necesidades de convergencia con los otros que comportan grave autocensura, el viejo afán de poder donde se alega sabiduría, mitos defendidos como dogmas de fe donde se cree hay evidencias, formas del fanatismo que se tienen por intocables certezas etc, etc.
Última Edición: 23 Abr 2022 04:56 por Zaoc.
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De la sonrisa de oro de dionisíaca Pippi Langstrump 23 Abr 2022 04:44 #69964

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"De la completa ausencia -y la chillona urgencia- de la sonrisa de oro de dionisíaca Pippi Langstrump" (Sístole y diástole de la cronificada crisis moral postmoderna para la consideración filosófica) (II)


En la fundamental tarea de tratar de tomarle el pulso al hórrido panorama de deshumanización, cosificación, confusión y vaciedad del presente, sacando a la palestra terribles males morales de nuestro tiempo a partir de la observación de realidades cotidianas, se principia por sostener que, filosóficamente, sabrosísimas ficciones hay que, de asimilarse mayoritariamente su substrato crítico inherente, obligando a examinar la calidad emocional de la vida de cada quien en particular, mas también a lanzar una mirada general a la totalidad, sin duda, detonar harían los cimientos del modelo de hombre y de mujer dominantes o prototípicos, volar por los aires, revelando su infinitamente despreciable oquedad, las mixtificaciones de fondo que sustentan el falso, el desdichado, el esclavizado existir -¡que no vivir!- del siglo XXI dentro del “mundo desarrollado”: de la cuna a la tumba simulacros, altamente cosméticos, incluso con mano maestra embellecidos, por la hipocresía social mimados sin excepción, de amor, libertad, realización, comunicación, autenticidad, saber, poderío, amistad o rebeldía. Así la vieja serie a la que remitimos, en principio pareciera que para “infantes” y “jóvenes” -acaso la más seria que jamás haya sido creada-; un conjunto de televisivos capítulos de los que en estas líneas se reivindica a la inconfundible niña que podemos tener por su indiscutible eje, diamante inmortal de dichosa anarquía, sueño de liberación que no muere jamás en quienquiera que realmente aspirase a ser íntegra y radicalmente él o ella.

Es bastante posible que jóvenes de nuevas generaciones desconozcan parte o todo de la historia del sensacional torbellino sueco del que aquí uno se vale como hilo conductor del nuevo texto crítico; mas, sin duda, los más viejos del lugar sí, y, por añadidura, posiblemente fija en el pedestal de sus predilecciones tendrán a una magníficamente asilvestrada criatura de trenzas anaranjadas, alegría desbordante, salero único, inventiva radiante que espejeaba su inmenso corazón, afán de sentir, disfrutar, actuar, soñar libremente en cada instante... ¡qué genial respuesta ella contra falsas limitaciones, uniformidades, rigideces, agendas, esquematismos, caminos trillados, insultantes igualaciones...! Cuando se alza la cabeza al frente topando mortales producidos en serie, se ha de exclamar: ¡así irrumpiese una dionisíaca Pippi Langstrump destrozando estereotipos acerca del mal llamado -con tanto oportunismo político- “sexo débil”!, ¡qué azote sensacional ella en las bases mismas de la civilización: en la educación “formadora”! Y es que una paradoja mayor representaría que hubiese escuela donde se enseñase a descubrir, respetar y gozar el libre arbitrio, la irreverencia, la desobediencia, el ludismo personal, la argumentada contestación ante -y la burla a- cualquier orden, Dios, patria, rey, familia, supuesto destino colectivo que pretendiera establecerse. Y, si nada de esto, ni por asomo, se da, ¿dónde el sano sentido de la independencia y la individualidad -nada que ver con un vulgar y en el fondo autodestructivo narcisismo- chocando con el concierto artificioso, la falsa alegría, la conformidad o la homogeneización? ¿Dónde hoy por hoy, en la juventud, la satisfacción inefable de ser, vivir, inventarse, recrearse, sin ser manejado por alienantes instituciones, grandes abstracciones, horarios plenos de deberes sin respiradero, o perniciosas voluntades ajenas?; sin necesidad de ser un psicólogo social otra pregunta retórica más se impone: ¿a qué espantosa degradación no se aboca un infante, cualquiera que fuere, cuando a valores liberadores como los apuntados atrás se anteponen otros cualesquiera, o resultan eclipsados aquéllos?

Yendo más al grano: el presupuesto latente en el discurrir de este escrito, del cual la dulce Pippi es símbolo, ya se presumió en la antigüedad por parte del gran sintetizador Píndaro, sugeridor de la compleja cuestión entre otros muchos: todos somos, potencialmente, de raíz, únicos, radicalmente diferentes, mas se da un trecho entre la eventualidad y la facticidad de esa condición; para cubrir esa distancia, para afirmar nuestra identidad íntegramente, indispensable es la madurez de responsabilizarnos de nosotros mismos, conocernos, redimirnos, mostrarnos, asumirnos; también relevante en esta digamos que gradual humanización en la procura de la soberanía individual resulta querer abordar al otro en su rabiosa singularidad, obviamente más allá de fachadas y construcciones culturales, de prejuicios y presupuestos que nos encaminan a vernos y vivirnos, a lo largo del más breve o más dilatado periplo existencial, principalmente, como entes modelados por y para el mercado de la globalización, en el circuito de un compulsivo y ciego producir y consumir, presas de múltiples instrumentalizaciones políticas. Chocando con el iluminado desorden de nuestra heroína Pippi, precisamente así cabe enfocar al feminismo del siglo XXI; abstracción hecha de ciertas conquistas, evidentemente a alabar, colectivas, de progresivos sacudimientos aligerándose del peso de un oprobioso y enquistado yugo, ¿no ha tenido aquél bastante, mucho más de triste producto ideológico de la dictadura del capital y la abominable cultura de la figuración -otro entre tantos- que de fresca y asaz necesaria, trasformadora y feliz, espontánea y para el propio sistema peligrosísima revolución de la mujer? En los últimos tiempos, ¿ha ido mucho más allá el movimiento feminista de pretender igualar a ambos sexos, ha dejado de marchar a la zaga del varón, de buscar equiparse efectivamente con él en un plano jurídico, social, político y económico? Por descontado se ha avanzado en esos marcos y campos de la vida pública, hace años que se empezó a saldar una deuda histórica, a decir verdad milenaria, con las féminas, no se negará que son de loar notorios avances en los planos mentados, mas se echa en falta la necesaria reflexión sobre una cuestión trascendental, la que verdaderamente es la más importante: ¿qué hay del alma de la mujer, de una presumible idiosincrasia suya, de una específica identidad solapada a lo largo de las eras, de atributos tradicionalmente mujeriles como la sensibilidad o la intuición, de la capacidad de imaginar otro estado de cosas mutando la realidad, de provocar seísmos y trastornos con su poder subversivo, de forjar un mundo mucho más amable, sensato y justo para todos, de encabezar nuevos modos relación con la naturaleza, la tecnología, el tiempo, la belleza, la muerte, o de nosotros con nosotros mismos?

Conectando expresamente nuestro hilo conductor con la criticada moción colectiva en pro de los derechos y libertades de la mujer, no siendo dable desvincularlos de la intención de este artículo, se pregunta: ¿alguien se imagina a la menuda Pippi, a esa bomba de ingeniosidad, engrosando acríticamente tal lucha, participando activamente de manifestaciones, gritando descosida, apegándose ciegamente a directrices o eslóganes, diluyéndose en la masa como una contestataria hembra más? En tanto aquella prodigiosa niña ligaba sensacionalmente autosuficiencia y espíritu herético, ¿no estaba situada, en una escala moral, por encima de idearios y obrares etiquetados de feministas, por supuesto que también de la cultura patriarcal, así como de la en parte teledirigida respuesta a ésta, de la que sospechable resulta que diseñada por cierto tipo de ingeniería social fue, ha sido de algún modo? ¿Hemos de considerar a Astrid Lindgreen una adelantada a su tiempo, autora capaz de ver, al igual, por ejemplo que el soñador Michael Ende, que la situación histórica oprobiosa de la mujer desde la más tierna edad también la sufre, si bien de otra manera muy diferente, el género masculino, que el verdadero enemigo no es, en definitiva, el hombre, ni el tipismo que asigna roles y atribuye idiosincrasias, sino la falta de una auténtica libertad personal que nos permita ser, desde muy pequeños, íntegra, pura, rabiosamente nosotros mismos, conociendo la delicia honda, espiritualmente realizadora, de romper las cadenas ya desde el fondo del alma o vivir e ir aprendiendo exonerados de las mismas desde un principio, de significar fundamentalmente libérrimo juego para nosotros mismos nuestro espacio, nuestro tiempo, nuestros cuerpos, mentes, ingenios, corazones, compañeros? Se tiene la certeza de que en la osadía pimpante de la original invención de la autora sueca, en su vocación de hacer de cada instante una aventura más atractiva que la anterior, se encerraba una terrible sentencia, capaz de avergonzar y de hacer palidecer una época, un adusto tribunal, una pedagogía o una psicología cualesquiera que, dentro del entramado cultural forjado, pretendiesen ejercer el sacerdocio en favor de la verdad, la emancipación o la versión moderna de la ética eudaimonista: la absoluta gratuidad de la dicha, su sustentación en una libertad y una inocencia con y para las que se nace, y que se traducen, inevitablemente, en lúcida y leda desobediencia si se intentara que restringidas o pervertidas fuesen; ¿no tenemos ahí una gran receta contra la mediocridad existencial y la negrura sentimental del presente, una atenuación de la infelicidad ostensible de la criatura del tercer milenio, infinitamente despreciable ante el cielo y las estrellas que tantos progresos materiales y tecnológicos han modelado, sin luz, rumbo, meta en el horizonte, de la que no extraña que cada día aumente, representando ello datos muy significativos, su consumo de antidepresivos o ansiolíticos en España y en todo el presuntuoso Occidente -que se sepa-?

En resumen: encuadrado el movimiento feminista oficializado en la inoxidable maquinaria capitalista y su incesante propaganda, subyugado por el paradigma utilitario en boga, ante un ruido mediático que nos presenta a una mujer que parece muy alejada de la distancia con respecto a la esfera mundanal, la poesía y la sabiduría ancestrales que se presumía en heteróclitas “brujas” de antaño, y que irremediablemente en fantoches al servicio del dinero y la imagen convierte tanto a varones como a hembras, así encuadrado, ¿qué quedó de la insurrección moral más profunda, a título individual postulada, que no entiende de sexos, etnias ni edades, y que supone una gravedad filosófica mayor que la de no pocos tratados o tesis doctorales, la que no requiere expertos tutores ni grandes enseñanzas, la que a todos nos dignifica haciéndonos y mostrándonos diferentes a los unos de los otros, principio moral a grabar en la conciencia personal, avalando el que en la actualidad sería sumamente peregrino optimismo antropológico de quienes se sienten nacidos para una dicha redonda: ser uno mismo muy positivamente creyendo en la inteligencia, autenticidad, curiosidad, espontaneidad, fraternidad, generosidad, alegría, ensoñación naturales de un niño?

Si la filosofía práctica ha de preguntarse por el problema de la felicidad humana, ¡ah!, entonces, ¿no es verdad que, muy por encima de Irene Montero, de Simone de Beauvoir o Virginia Woolf, mucho tiene que decirnos la dionisíaca Pippi Langstrump?; sobre Parlamentos, iglesias, solemnes magistraturas, pantallas de ordenador o de celular, ¿qué arte de ser de su sonrisa de oro no se habría de aprender en contradicción con el bastardear del anodino, casi que monstruoso modelo de infante que se estila? ¿Se estará aún a tiempo de tomar debida conciencia de algo de todo ello y de obrar en consecuencia, necesariamente a contracorriente, inspirándonos en la anárquica gracia de la aquí encomiada estrella de subversión allá por los años setenta, agitados albores de la “democracia”?...
Última Edición: 02 Oct 2022 01:37 por Zaoc.
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De la sonrisa de oro de dionisíaca Pippi Langstrump 02 Oct 2022 01:34 #73294

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“¿De dónde vienes “democracia” de España, quo vadis pueblo español?” (Sístole y diástole de la cronificada crisis moral postmoderna para la consideración filosófica) (III)


Sin duda, qué fuera o dejara de ser, o -en el supuesto de que obedeciese fundamentalmente a un concierto entre hombres y pueblos- en qué de consistir hubiera la libertad -una abstracción que puede estar referida a la acción individual, a las leyes e instituciones establecidas en una nación, a la esfera del pensamiento o la expresión, condicionada por libros sagrados, políticas nacionales y extramuros, que ha sido generadora de guerras, desencuentros, polémicas mil...- es complejo tema para la reflexión moral que, por su mismo carácter, abierto está al debate y la disputa; mas, si bien no cabe ser categórico al postular un determinado concepto suyo a menos que se caiga en la demagogia o en una dogmática estrechez intelectual, sí uno cuenta con el convencimiento de que ha de poseer, un pueblo medianamente desarrollado moralmente, serio y autocrítico, conciencia del estado de falsa libertad en el que ha vivido y o bajo el que acaso exista, sabedor de lo que ésta ni es ni nunca jamás ser puede salvo que colectivamente se incurra en un grotesco autoengaño. Además, se considera que es el deber de cualquier ser pensante, naturalmente preocupado por su presente, por comprender el pasado del que procede, así como por su muy incierto porvenir, señalar tal falsía de cariz multitudinario, en especial cuando, como ahora mismo ocurre, tantos indicadores macroeconómicos, rumores o estimaciones que a veces indistintos parecen de filtraciones, y meras observaciones triviales a pie de calle, parecen alertar del empeoramiento económico de la situación general.


Más de cuatro décadas de una vida nacional entrañando por doquier climas de -hasta cierto punto como mínimo- insuficientes, cosméticas, controladas, falsas -o no más que de iure, en la práctica autónomamente sólo de modo aislado ejercidas- libertades, una retórica hueca en pro de éstas y derechos superadores de la dictadura, una apariencia ridícula de diversidad con partidos políticos, sindicatos y tantas artificiosas y o estériles fricciones entre ellos, siempre endiosándose la palabra mágica “democracia” -término comodín por espacio de más de cuarenta años, como si solamente escuchándolo ya debiéramos contentarnos con independencia de la nula calidad o clamorosa falta de contenido de éste-, y una incesante labor propagandística capaz de presentarnos a tanto Judas como el nuevo mesías -todo ello conectando, claro está, con las serias dificultades para trascender lo ilusorio de la sociedad civil, mixtificando la realidad, entronizándose poco menos que cual el mejor de los mundos posibles un estado de cosas lamentabilísimo, forjándose sin dificultad una acrítica opinión pública- consiguieron que los poderes financiados por el sufrido e inconsciente contribuyente y los más destacados entre los privados, hacedores de políticas y forjadores de coyunturas que fueron haciendo más y más dependientes de ellos a mayor número de españoles como reguladores o propiciadores de un salario, fuesen adueñándose completamente de esferas pertenecientes al reino, que sagrado habría de considerarse, de la intimidad orgánica, de la misma fisiología -¡ya es grave lo apuntado!-.


Sí, en conexión con la candente pregunta doble del epígrafe -de dónde viene la “democracia” de España; y, ¿quo vadis pueblo español?- motivándola, empujando a pensar que hace casi medio siglo se perdió una oportunidad inmejorable para sembrar la semilla de un Estado al servicio del desenvolvimiento no sólo económico sino principalmente humano de sus habitantes -y no a la inversa, subordinando a éstos a sus dictados, o a fines supuestamente exigidos por la posición de España en Europa-, que desde un principio tal ocasión fue deliberadamente arruinada, cabe sostener que el rigor dominador, los humillantes abusos de una minoría con la facultad de imponer o mudar las dinámicas de un capitalismo llevado a un extremo en su vertiente financiera y fiduciaria -con el cual, por lo visto y sufrido, vidas y haciendas, patrimonios culturales y generaciones venideras del viejo continente no pasan de representar los naipes de un gran casino, en manos de embriagados y licenciosos jugadores- se van a hacer de notar, con prontitud y brusquedad, no ya en las cuentas bancarias de casi todos, o en la dificultad para acceder a servicios básicos desde siempre gratuitos que, al igual que autovías o carreteras, empezarán a ser de pago, o en la restricción, severa y forzada por una “coyuntura económica negativa”, de relativamente largos viajes, o compras de ciertas prendas o aparatos tecnológicos, sino, de manera muy directa, fisiológicamente -alimentación insuficiente o hambre, imposibilidad práctica de eyaculación, defecación, micción o reposo a voluntad durante la mayor parte de las horas del día y de las datas del año, falta del grado de luz y calor necesarios en el hogar quienes lo posean o lo hereden..., necesidades que cualquier perro pulgoso sí suele tener cubiertas, al menos no se le penaliza si se va al monte a vivir a su aire al contrario de lo que ocurre con esporádicas iniciativas que ha habido, por parte de comunas de jóvenes rebeldes hastiados del despotismo del sistema, de repoblar pueblos abandonados y habitarlos, ya que políticos de cualquier signo, junto a la “Justicia”, a la de una, acaban disolviéndolas-. Y tan pérfido y desgraciado influjo no sólo lo encontraremos entre segmentos de población “vulnerable”, “pobre o carente de recursos” sino, paulatinamente más y más, entre exponentes de la supuesta “clase media”, incluyendo -¡irónicos e inmisericordes que son los derroteros de la historia!- a una gran masa asalariada, a cientos de miles de alocados aspirantes a encarnar el american way of life hace unas décadas, o “eurócratas” convencidos no hace tantos años.


Según se analiza, más que probablemente, el desmembramiento de la sociedad del siglo XXI seguirá acentuándose, con el aumento exponencial de la distancia del poder adquisitivo y la desproporción numérica entre milmillonarios y pobres de solemnidad condenados a entregar incondicionalmente sus cuerpos, mentes y días a éstos; ¿qué diría de leer estas líneas un español prototípico de mediados de los años ochenta, cuando un optimismo ciego reinaba, cuando se apuntaba en el horizonte con euforia “ya somos europeos”, cuando el capitalismo y la apertura de fronteras se vendían como el paraíso en la tierra, y el discurso de poder liberalizar empresas nacionales, “ser emprendedor exitoso”, o en defensa de las bondades del “libre mercado” empezaba a calar con tremenda facilidad, amplificado por doquier?; ¿no se nos han ido brindando año tras año más evidencias y datos para diagnosticar no el fracaso sino la mentira -lo cual es muy distinto- colosal del régimen político español que lleva casi media centuria anestesiando millones de conciencias e impidiendo asumir tantas penosas realidades opacadas, para empezar que el “coste” de la vida, incomprensiblemente a tenor de indudables avances científico-técnicos, es muchísimo más elevado, guardando las debidas proporciones entre salarios y precios, en pleno 2022 que en 1976?; ¿no sonroja y empavorece tener que pronunciarse así en la era de las alucinaciones globales de Internet, especialmente desde la pertenencia a la UE del terruño que diera a luz la ingeniosidad cervantina, y la aparición del euro, con una deuda estatal por las nubes que hace al país rehén del BCE e inversores extranjeros, factores que ya “justificaran” años atrás duros “sacrificios” y “recortes” -y más que lo harán en adelante-, con un poder cada vez más difuso, lejano y global sometiendo a la nación e imponiendo las líneas clave de actuación de uno u otro Ejecutivo -habiendo, quienes aquí vivimos, de albergar menos certidumbre sobre el porvenir propio, no digamos ya del de hijos o nietos, que el que gozaban los antiguos siervos de la gleba sobre las tierras tan duramente trabajadas-?


Prueba de lo que se viene afirmando o dándose por cierto implícitamente -esa descomposición social definitiva, medrando más aún tantas disparidades- es que, tras casi medio siglo de bendita Constitución, necesidades vitales como alimentarse en base a una dieta variada y en la que no falte ningún aporte esencial, o protegerse adecuadamente del frío, se van a poner, con certeza, cada vez más cuesta arriba para amplias capas de la población, igual que otros requerimientos imperiosos, como con regularidad conciliar y disfrutar el sueño, o disponer de un margen apropiado de ocio -no como simple paréntesis para reparar fuerzas sino como franja horaria para una edificante realización atendiendo al desarrollo de la propia personalidad-, resultan, desde hace muchos años ya, casi que incompatibles con las agresivas demandas de un mercado laboral absolutamente enajenante y un modelo social supuestamente “democrático”, de ciudadanos “libres” e “iguales”. Y lo más terrible es que, así como la publicidad a través de los difundidos productos, el todo cultural se retroalimenta sin cesar; lo hace vendiendo en toda hora estados de ánimo propicios a su conservación y fortalecimiento, promoviendo interesadamente ciertas tensiones, visiones de vida, hombre, mundo, tiempo que se adquieren a través del lenguaje usual, la prensa online, los programas televisivos, las conversaciones triviales, fortaleciéndose la sórdida mentalidad que posibilita que resulten del todo normales males y carestías que debieran rechazarse, completamente inasumibles, como los aquí apuntados. Inversión de la tesis del materialismo histórico marxista, ya desde la segunda mitad del pasado siglo, la propaganda y la publicidad diseñan en gran medida no sólo cómo hacer negocio con un producto o idea sino al eventual consumidor o sujeto adoctrinado; además, es el mal llamado cuarto poder -pues por su alcance y capacidad de influencia hay que proclamarlo el número uno- el que allana el camino para un posterior implementarse medidas en la praxis que endurecen o degradan las condiciones de vida de la inmensa mayoría “educada” -¡esclavizada a todos los niveles, penosamente embrutecida!- para la pasiva aceptación de cualquier sapo o culebra a tragar; así aquél, día a día, se hace escuchar apuntalando medidas con un grado de impopularidad alto: el mal llamado cuarto poder parafrasea entonces a la clase política, abusa de oportunos eufemismos y expresiones estereotipadas como “libre mercado”, “reestructuración”, “bien público”, “recortes”, “necesidad de financiación estatal”, de “convergencia con la UE” o de seguir “directrices europeas”; de tal modo va acrecentando la sumisión absoluta de la sociedad civil hacia autoridades e instituciones a pesar de la mayor desconfianza en éstas, moviendo a que se viva como irremediable la corrupción prácticamente en todas las esferas del vivir, a que con similar indiferencia se acepte el aislamiento y la impotencia de la razón, a infundir irracionales creencias que dibujan el más negro futuro -con “agendas ocultas” de empobrecimiento e inmolación de cientos o hasta miles de millones de habitantes del planeta inclusive-; o tantea a la sobrepasada e impotente población con globos sonda, cumpliendo su cometido al contribuir a dejar el campo despejado para el dificultarse de facto, aún más, las condiciones elementales para simplemente subsistir: techo, comida, ropa, fármacos, electricidad, gas, agua, transporte -¿qué sucedería en unos años, o acaso sólo meses, si, tras tanto tirar de la cuerda, resultase una auténtica imposibilidad metafísica cubrir esas necesidades para una amplia franja de población que nunca se imaginara afrontando tal tesitura?-.


A la vista de la situación, como se ha señalado, para cualquier entendedor sensible y respetuoso ante la verdad, inevitable es retrotraerse en pos de un posible origen justificador de la intolerable vida práctica de hoy en este adormecido rincón del sur continental, plantearse de dónde viene realmente, sonando tragicómica, la expresión “democracia” aplicada a la realidad nacional -y pensar: ¿Quo vadis pueblo español?- cuando el Gobierno actual, como los anteriores, osa decir que sirve al ciudadano, que trabaja para él, le protege y le da seguridad. En puridad, cuando no sólo ni siquiera garantiza la existencia de un espacio público y una legislación y políticas que, traducidas en éste, permitan satisfacer las necesidades primarias que compartimos con los primates sin hipotecar casi que incondicionalmente y de por vida lo más valioso de cada cual -la psique, el soma, el finito tiempo-, sino que precarizando nuestras condiciones existenciales, las complica enormemente y, explotando los instintos en sintonía con los amos del dinero, contribuye a comercializar tales apetencias elementales, encareciendo paulatinamente el precio de calmar sus incontrolables exigencias, sin duda, no hace más que parasitar escandalosamente, del nacimiento a la muerte, a una abrumadora mayoría de hombres y mujeres sin la conciencia clara, ¡no hay peor ciego que el que no quiere ver!, de ese gravísimo enajenamiento. Y llega a mercantilizar y dominar -y a construir en buena medida- no sólo las fuerzas y habilidades, o la psicología de sus alienados servidores, sino sus mismos procesos fisiológicos, y seguramente algunas posibles respuestas dables a su subyugación; ¡hasta tal punto podemos estar de terriblemente manipulados! A consecuencia de ese terrorífico enseñorearse progresivo de mentes y cuerpos, en paralelo con la extensión de una mentalidad de vasallo y una actitud de irresponsable transigencia ante el escándalo cotidiano de malversación, hurto en altas instancias, tráfico de influencias, “pelotazo” -colmo todo ello de lo grotesco-, tal vez ni una generalizada hambruna que hiciese remontarnos a la postguerra serviría para mover a un primer plano, como alarmante materia de reflexión, el problema aquí planteado en nuestro encabezamiento, que, en conexión con la cronificada crisis moral postmoderna, fuerza a poner las miras, con espíritu de invectiva, en una concepción y escenificación de la “política” como pastoreo circense a la medida de la vaciedad, frivolidad e irracionalidad dominantes del espectador medio -¡no ciudadano, ni mucho menos, condición primera de cualquier régimen democrático mínimamente respetable, crítico librepensador!-, una vulgarización absolutamente deplorable que debió acelerarse vertiginosamente allá por los años noventa, cuando la “filosofía Berlusconi”, carpe diem adaptado a los tiempos modernos, risueña superfluidad latina, se impuso introduciendo cadenas privadas de televisión, dando una nueva dimensión a una cultura marcadamente visual y farandulera, extremándola hasta que, sentando las bases de la orgía de la imagen mediática actual, desembocase en el totalitarismo de la inmediatez, la intrascendencia, el estrépito de los medios, y el dinero fácil. Que la ciencia y la técnica, junto a las nuevas tecnologías, perfectamente pueden formar parte de una en sus propios cimientos degradante cultura con mucho de inmenso y explotador montaje contra natura, agigantándose cada vez más de espaldas al que debiera ser el fin supremo de cualquier sociedad humanizada -el desarrollo, la vivencia, la comunicación de espiritualidades sanas, auténticas, libres, creadoras, benignas- no es una especulación sino un hecho alarmante que ilustra la objetividad de los informes sociológicos y médicos más recientes, concordes, por supuesto, con una observación trivial de la cotidianidad española: la infelicidad se extiende por toda la geografía nacional, lo hace con incomunicación, violencia creciente, abandono escolar, suicidios, depresiones, uso y abuso de medicamentos, casos generalizados de insomnio, soledad indeseada en personas de la tercera edad, alcoholismo en aumento, etc, etc. Sobra decir que este mismo, sombrío panorama urge, como nunca, a recapacitar sobre el porqué de ello con la radicalidad, desinterés, nobleza, hondura y amplitud que solamente la filosofía puede ofrecer, para empezar ajustando el discurso a lo verdaderamente dado, en un contexto de consentido presidio a nivel fáctico y espiritual, con un esclavizado pueblo heredero de aquel que gritara “¡que vivan las cadenas!”, y al cual tampoco la pobreza llamando como un espectro de huesudos dedos a las puertas de las casas, en este otoño en el que irán recrudeciéndose males aquí comentados, habría de sacar de su letargo eterno, de su penosa pasividad.


Que la “democracia” española haya pasado de representar una incuestionable e insensatamente ilusionante certidumbre en los ochenta y los noventa, para ir convirtiéndose, con el desencanto popular al que se ha instigado a la dúctil masa, cada vez más, en una realidad discutible, o un modelo político-social desacreditado o fallido, especialmente desde la gran “catástrofe financiera” de 2008, no hace razonable que hoy, más que nunca antes, semeje poco menos que un lujo comprar alimentos sin apenas mirar el precio de cada producto, costear a cómodos plazos una vivienda, dormir a pierna suelta todos los días de la semana, disfrutar diariamente con un buen número de horas de libre realización, o poseer un firme sentimiento de seguridad sobre el futuro personal y colectivo a corto o largo plazo. En fin, tras la dictadura, aunque haya habido importantes avances después que ceguedad o tendenciosidad significase no reconocer, se ha caminado antes al averno que al cielo; seguramente el pueblo español nunca fue lo bastante maduro como para saber valorar la histórica oportunidad de vivir en libertad, de personificarla y ejercitarla para mayor bien propio, de hecho, desde un inicio, la “democracia” no pasó de pura cosmética, de un rito vacío, hediendo a voluntad de poder, farsa y demagogia tanto la “izquierda” como la “derecha”; además, al haber consistido fundamentalmente en una patraña propagandística adaptada a los tiempos de cambio, habrá podido servir el régimen nacido con la Carta Magna de 1978 de tapadera para encubrir todo tipo de procesos espurios, igual que tras una calculada escenografía hay planes que no se perciben a simple vista. Pero, aun no pudiéndose negar la gravedad de lo expresado, no es eso lo que más debiera escandalizar ni alertarnos, pues, habida cuenta de que múltiples indicadores señalan que aún no se ha tocado fondo en la sima de declive económico apuntada, no sería nada descabellado plantear que, paulatinamente -proceso de empobrecimiento deliberado para muy amplias capas de población del que seguramente la moderna geopolítica tendría algo o bastante que decir- se lleve años ya buscando igualar a Sudamérica parte de la zona europea mediterránea; lo que dudable no resulta es que allá, al otro lado del charco, millones de existencias, palpablemente depauperadas, conviven con y toleran la miseria, ¿por qué no habríamos de ir asimilándonos al hemisferio sur cuando el camino expedito está para la completa devastación del país como armónico y dichoso hogar de sus moradores autóctonos; cuando más y más se acentúa el peor y más aterrador de los marasmos, que aunque siempre estuvo ahí quizás nunca resultó tan notorio, tan irritante para quienes precisamos creer, a pesar de los pesares, en el ser humano: el de la inteligencia y la sensibilidad moral, cuya parálisis explica que se rehúse lanzar una mirada a la totalidad, aparte de artificiosas contiendas e intereses creados, con respeto a la verdad, desprejuiciada y libremente?


A la vista del feísimo panorama presentado, únicamente explicable manejando la hipótesis de que, a expensas del súbdito burlado, desde altas esferas se lleva trabajando activamente para conducir a esta nación a tal punto de degradación, de que las figuras de tecnócratas y de ingenieros sociales son mucho más que un mito y cabe asociarlas a la sociedad actual entendida como una inmensa y compleja maquinaria perfectamente engrasada para rendir cuándo, cómo y según conviene a sus grandes diseñadores los frutos apetecidos, a modo de corolario regresivo, se expone: al igual que en fundamentales concepciones astronómicas, la antigüedad, con el viejo Aristóteles a la cabeza, erraba garrafalmente -dicho sea lo que sigue sabiendo que hay que hilar muy fino a la hora de someter a valoración ciertas premisas del pensar de hace tantos siglos; que imperdonable tosquedad intelectual fuera extrapolar el mundo y la mentalidad clásicos al hoy desentendiéndose de multiplicidad de realidades novedosas, progresos en tantos órdenes que repercutieran extraordinariamente en la mentalidad, la acción, la creencia, o el saber, aspectos diferenciales mil entre una y otra era- en algunos de sus pronunciamientos relativos a la criatura “inteligente” de la creación; así cabe manifestarse según la luz desprendida por ciertas lecturas del presente que se imponen, pues es innegable que se legaron -o así al menos así lo interpretaron y transmitieron la Roma imperial y la tradición cristiana- como indisputables certezas nociones más que discutibles, por ende admitiendo -como mínimo- una serie de importantes puntualizaciones algunas de las mismas: el ser humano es, sobre todo, ya lo probó el pasado siglo, terriblemente autodestructivo, y ello muy por encima de un “animal social” -además, ¿no es cierto que, con el declive de la sensibilidad religiosa clásica, con la ultracompetitividad capitalista, se asocia a sus semejantes sobre todo por motivos mezquinos e inconfesables: huir de múltiples inseguridades y temores, o tratar de obtener posiciones ventajosas, pero mucho menos para realmente amar o conocer al otro?-, o político -en el sentido noble del término, es decir, criatura sensible a cuanto guarda relación con el espacio público, con miras colectivas, preocupado por el bien ajeno, capaz de hacer suyo el problema global, de diluir cuando se tercia sana y responsablemente el yo en el nosotros-; igualmente, no resulta sostenible que sea el hombre una criatura racional cuando, por regla general, incluso en el caso de individuos altamente formados e inteligentes, innegablemente se abdica, a lo largo de toda la existencia, de la primordial responsabilidad de pensar por sí y desde sí mismo, rindiendo culto a los porqués últimos, representando, necesariamente, la búsqueda filosofal. En verdad, en la segunda década del tercer milenio, el supuesto hijo de Adán ya no sabe si es hombre o mujer; mas, acerca de aquél, lo que sí es dable sentenciar son las muestras reiteradas de desamor a sí, de lo que parecería ser, en buena lógica, una naturaleza asocial, de una autística indiferencia ante su inmediato porvenir y el de sus propios retoños encarnando al idiota de la antigua Grecia, así como de existir lamentablemente irresponsabilizado en el sentido que se ha explicitado con anterioridad: dotado de un servil intelecto que empleado es como un medio de mediocres fines prácticos -muy dudosamente positivos, nunca plenamente realizadores pues jamás brindan duraderas felicidad, paz, desarrollo de potencias específicas, plenitud sustancial-, y negándole, en cambio, su natural papel en el análisis y la racionalización del día a día, el mundo, la vida, la realidad o irrealidad, el sentido o la absurdidad de todo ello -incluso cuando, como se puede diagnosticar, acercándonos tal vez a un dantesco escenario de postguerra española, se irá complicando, huelga añadir que artificialmente, en los próximos meses y años paulatinamente la supervivencia física para una buena parte de la población del país-, gravísimo desdén que no debe asombrarnos, desgraciadamente, si se piensa que hace sólo cien años el fanatismo popular, en poderosas naciones como Alemania o Rusia, pudo llevar fácilmente a la destrucción de la propia especie humana, desde luego que eclipsando la más elemental cordura.


Considerándose desde la independencia crítica de estas líneas a España un buen paradigma de los desastres típicamente postmodernos aludidos, a los que no daría crédito una antigua mentalidad ilustrada, ni lograrían asumir fácilmente filantrópicos teóricos del Estado y el derecho, justamente en esos males se señala una de las claves de que, aunque siempre se vaya a la zaga de sistémicas maquinaciones -que mudar pueden la fisonomía continental a una velocidad vertiginosa- llamadas hasta la saciedad “crisis”, esta nación, vaciada de alma, resignada, queda, muda, ciega, semeje disponerse a asistir a una nueva vuelta de tuerca vejatoria para la economía y la dignidad de la inmensa mayoría de sus pobladores, a un paulatino, acaso definitivo derrumbe. De ahí que no sólo pertinente sino apremiante, perentorio resulte preguntar en voz alta, dejando que vaya clarificando poco a poco una certera respuesta la historia, que la vaya perfilando el tiempo que pasa incesante: ¿de dónde vienes “democracia” de España, quo vadis pueblo español? Y justamente para motivar la sosegada reflexión en torno a ello ansían obrar estos párrafos como un digno, oportuno, alarmante incentivo prosístico.
Última Edición: 02 Oct 2022 02:15 por Zaoc.
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Sístole y diástole de la cronificada crisis moral postmoderna 02 Oct 2022 21:44 #73298

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