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Sobre ese fresco de Masaccio que trae Kierkegaard en su exposición de la nostalgia, Nuria Labari le comenta así en su libro
El último hombre blanco:
"La mujer se cubre los pechos y el sexo con ambas manos y arquea un poco la espalda para tratar de esconder lo que queda a la vista, para disculparse por lo que queda a la vista. Esa mujer intenta ocultar su cuerpo porque siente vergüenza de él y porque sabe que allí donde se dirije no puede acompañarla. Tiene que esconderlo a toda costa. Lo que no puede ocultar ahora es su rostro, una mueca que es grito y aullido, un desgarro con el que clama justicia y compasión y que nadie atenderá jamás. El fresco es de Masaccio, de 1424, y retratra la expulsión del paraiso. Se supone que la mujer tiene un berrinche porque ha perdido su jardín, pero lo que está pasando es que a esta mujer le están arrancando su cuerpo. Dios, su padre, su amante o su jefe de departamento han empezado a arrancarle la piel a tiras. A su lado camina un hombre que se tapa la cara con las manos y llora de dolor. Él tiene su sexo descubierto y lo único que intenta ocultar es su fracaso. Por eso se tapa los ojos con las manos, para no verlo y para no verse. Ella quiere ser invisible a los demás, él desaría no ver nunca en quien se ha convertido. Ella siente vergüenza de su cuerpo mientras él sabe que ha perdido el suyo para siempre y llora con la vergüenza de quienes se dan por vencidos. No clama justicia, ni siquiera compasión para él o su compañera. Él no esconde su sexo ni su cuerpo, porque no es capaz de reconocerse en su cuerpo. Él cree que es su pensamiento y sus acciones, y oculta su cabeza porque esa es su genuina vergüenza. Caminan juntos, como si sus destinos estuvieran unidos, pero no se miran ni se tocan. Cada uno avanza dentro de su propia tragedia, no tienen ojos para nadie más.
¿Y a dónde van así esos dos? ¿Adónde se dirigen hombre y mujer ahora que no conocen ningún otro paraíso? ¿Cómo y dónde podrán reconocerse los que han perdido su cuerpo y han doblegado su pensamiento? Van al trabajo. En adelante irán vestidos y solo la producción (y la reproducción) diferenciará sus sexos, así sabrán quién es quién. Eso es lo que significa vivir sin paraíso. Su cuerpo ya no será fuente de amor sino de productividad, y su pensamiento no conseguirá rebelarse porque su cabeza se convertirá en su prisión. No lloran solo por su destino, sino por haberlo aceptado. También se duelen por el amor que han perdido. Porque el amor es justo eso que reúne cuerpo y alma para plantar cara al tiempo, el amor es precisamente eso de lo que han quedado escindidos para siempre. Ya no serán compañeros, tendrán que producir y reproducir para encontrarse. Serán siempre extraños en el amor y solo se reconocerán en el trabajo, que es el único lugar donde hombre y mujer pueden caminar uno al lado de la otra, en verdadera igualdad y de la mano.
La expulsión del paraíso se contó hará unos dos mil setecientos años. El fresco de Massacio que tengo delante está en la capilla Brancacci de Santa María del Carmine, en Florencida, y tiene seiscientos. A mí me expulsaron del paraíso en el patio de mi colegio cuando tenía catorce años, y creo que, durante todo este tiempo, el mío y el de todas cuantas han existido antes, ha habido demasiados lloros y lamentos, y yo tengo ganas de ir a una fiesta, juraría que hay gente pasándoselo muy bien en alguna parte y no es precisamente dentro de un cercado."