¡Anda, me alegro, muchas gracias!

Pues para empezar quería traer aquí un ensayo genial que recomendó Escudero en el curso de post/transhumanismo: "Contra la Ilustración oscura", de Carlos Fernández Liria.

El blanco de la crítica es el proyecto de Nick Land, Peter Thiel, Marc Andreesen y toda esa tropa de la que hablábamos hace un par de páginas en este hilo. Aceleracionismo de derechas para el que los obstáculos que impiden el desarrollo tecnológico de la humanidad son los derechos humanos y laborales, la regulación, la democracia (cuánto mejor una monarquía corporativa como la que defiende Curtis Yarvin), el estado del bienestar con su educación/sanidad públicas y demás despilfarros. De ahí las imágenes de Milei y su motosierra, el DOGE de Musk despidiendo funcionarios y triturando USAID, el tecnofeudalismo de las grandes empresas tecnológicas... Thiel llega a decir que Woodstock y los hippies "ganaron" e instauraron esa temible "dictadura woke"; razonamiento bastante delirante en comparación con las bien sólidas dictaduras que disuadieron todo proyecto de izquierdas que intentara llegar al poder de forma democrática, como en Chile.
¿Dónde queda el aceleracionismo de izquierdas? SI para el de derechas el obstáculo es la Ilustración y el hippismo, para el de izquierdas el freno está en el propio capitalismo. El autor propone una lectura del aceleracionismo marxiano en la que considera la tecnología como un elemento potencialmente emancipador del ser humano, siempre que esté libre del yugo del capitalismo. Y es que los aumentos tecnológicos de la productividad deberían llevar a una reducción de la jornada laboral y a más tiempo libre... Pero como todos hemos podido experimentar, bajo condiciones capitalistas las mejoras en tecnología se usan para incrementar la producción sin disminuir el estrés y la explotación.
¿Por qué esto es importante? Bueno, ya decía Aristóteles que para filosofar, pensar y participar en la cosa pública lo primero es estar libre de obligaciones y que los esclavos hagan el trabajo duro. Una Ilustración con un espacio público potente (ergo no manipulable y libre del poder omnímodo de los mercados) requiere lo que Lafargue llamaba el derecho a la pereza, tiempo libre para pensar y aprender y desarrollarse. Pasar del reino de la necesidad al de la libertad: lo opuesto al estajanovismo comunista del culto al trabajo proletario que Marx hubiera repudiado. Aquí Fernández Liria está especialmente brillante y recurre a Mark Fisher, Marcuse y al mismo Keynes, que defendía con una ingenuidad pasmosa que en 2030 (a la vuelta de la esquina) la tecnología habría avanzado tanto que las jornadas laborales serían solo de tres horas.
Además de a Marx, Fernández Liria recurre mucho a Nietzsche, ofreciendo lecturas super interesantes del superhombre, el último hombre, el eterno retorno... A los ilustreoscuros les encanta apropiarse de Nietzsche (en fin, ya lo hicieron los nazis), pero Liria entresaca lo aprovechable de los diagnósticos nietzscheanos dejando de lado sus conclusiones aristocrático-biologicistas. Por ejemplo: el famoso "último hombre" como el epítome del ciudadano-cliente actual, sometido a los caprichos de un más allá económico todopoderoso que estrangula todo su tiempo libre, un ser humano gris y proletarizado víctima de supersticiones particulares y maximalmente nihilista, que no se suicida porque en fin, qué pereza. Nada más lejos del superhombre que crea nuevas festividades y valores, en lugar de estar sujeto a lo que los mercados y Elon Musk deciden sobre su vida y su futuro. No son Musk y Thiel los superhombres, sino todos los ciudadanos de una república lo suficientemente fuerte como para florecer libre de sus dictados.
Por su parte, el eterno retorno se puede interpretar como la búsqueda constante de decisiones que pasen el test de la eternidad, que no se le caiga a uno la cara de vergüenza al tomarlas, que contengan la suficiente afirmación como para repetirse eternamente (una lectura, por cierto, que aproxima a Kant y a Nietzsche más de lo que ambos querrían) ¿Y si esas verdades eternas no fueran solo las matemáticas y científicas, sino también las propias del derecho? ¿Y si estar en contra de la esclavitud no dependiera de la época sino que fuera un universal? ¿Y si el progreso de la Ilustración fuera ir accediendo a ese derecho universal y la Ilustración oscura fuera su gemelo malvado presto a sustituir el universalismo por el racismo biologicista y el eugenismo?
Y sí, ya oigo a los del conocimiento situado y la relatividad de los valores levantar la mano en protesta. En fin, la receta propuesta es en el fondo socialdemocrática: Liria critica por ejemplo a los ataques de parte de la izquierda a toda escuela (aquí Foucault recibe alguna colleja), autoridad o Estado, dejando el camino libre a la motosierra de los recortes de Milei en lugar de a ver si hay algo salvable en las instituciones públicas. ¿La policía es una mala idea por sí misma o hay un posible uso democrático de la misma en una sociedad libre de las restricciones del capitalismo y el poder en la sombra de millonarios y poderosos?
Un libro apasionante, increíblemente divertido (el capítulo dedicado a Thiel y compañía me ha hecho saltar la carcajada en más de una ocasión) y lleno de ideas con las que coincidir y/o discrepar, según el párrafo.