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TEMA: Libros
Libros 11 Sep 2026 19:50 #91327
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Lapidario todo puede describirse. Peeeero cuando alguien lea esos párrafos (con la posible excepción de mi pareja) las pérdidas de contexto, situación, emoción, sentido, partes muy significativas de la experiencia estarán perdidas sin remedio; son demasiado individuales, subjetivas, intransferibles. Mmmm, sí... puede, pero a mí me han conmovido Bienvenido "bro" |
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Libros 12 Sep 2026 19:36 #91342
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Quería compartir dos libros que leí recientemente y me gustaron mucho:
El primero es Corporeal Generosity, de Roselyn Diprose. En él la autora establece una conversación muy chula entre Nietzsche, Merleau-Ponty y Levinas a propósito del cuerpo y la intersubjetividad, con intervenciones puntuales de Butler, Beauvoir, Foucault, Irigaray, Deleuze y Guattari, entre otros. Habla de cómo la generosidad trasciende el estatus de virtud y constituye una cualidad ontológica que se materializa en lo sexual, lo político, lo cultural, y que es crítica para nuestra existencia. La pega es que no ha sido editado en castellano. El segundo libro es un ensayo de Timothy Morton llamado Todo arte es ecológico. Es un texto breve y ligero en el que el autor, tirando de ironía y humor, plantea al arte como modo de captar una realidad en la que “los todos son menos que la suma de sus partes”, constituyendo así una mirada capaz de aniquilar el antropocentrismo, de resituarnos en el conjunto de lo no-humano y por tanto generar un compromiso filosófico con la ecología. En otras palabras, el libro es una crítica al ecologismo tradicional que a través de la fenomenología y de la OOO (ontología orientada a objetos), postula al arte como una fuerza capaz de hacer frente a la que denomina nuestra “época indicativa”(fundamentada en certezas procedentes de datos), para revalorizar la extrañeza, la belleza y la duda. Este sí ha sido editado en castellano (por la editorial GG) pero yo tenía la versión en inglés: “Quizá la belleza sea la muerte, en cierto modo, tal y como solían decir los estetas decadentes. Es un recordatorio de que las cosas son frágiles, porque cuando una cosa envuelve a otra, esa otra cosa puede verse abrumada o destruida. Quizá cuando Oscar Wilde dijo, en su lecho de muerte: «Este papel pintado y yo estamos librando un duelo a muerte; o se va él o me voy yo», estaba diciendo la verdad, y solo sonó a broma debido a nuestros prejuicios: la idea, por ejemplo, de que las apariencias son superficiales, mientras que las esencias están fundamentalmente más allá de la apariencia. Creemos que el color amarillo no debería importar tanto. Por cierto, el papel pintado ganó.” “El momento presente se desmorona y me quedo con una futuralidad incierta y espectral que es exactamente lo que resulta ser este trozo de hielo. Su aspecto, su tacto, dónde se encuentra, su masa, su forma… todo eso, lo que podríamos llamar «apariencia», es el pasado. El trozo de hielo es una especie de estación de tren en la que el pasado y el futuro se deslizan uno junto al otro, sin tocarse, y lo que yo denomino erróneamente «presente» es una especie de movimiento relativo entre los dos trenes que se deslizan: el del pasado y el del futuro. Lo llamo «ahora» para diferenciarlo de un «presente atómico» reificado que, en realidad, no creo que exista (…) Las cosas son intrínsecamente frágiles, todas contienen un defecto fatal que les permite existir, porque siempre son exactamente lo que son, pero nunca como parecen. Trascienden todos los modos de acceso, pero son únicas y distintas. La brecha entre el ser y el parecer es ontológica” Este último libro, con sus alusiones a la OOO, me ha animado a empezar otro que tenía aparcado en casa, Hacia el Realismo Especulativo de Graham Harman, así que cuando lo haya terminado quizá haga un breve comentario sobre él. Saludos y buen fin de semana |
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Última Edición: 12 Sep 2026 19:47 por iamnotval.
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Libros 22 Sep 2026 09:16 #91407
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Tengo muchos libros que comentar de los que he leído el verano, no sé por dónde empezar... Del club del libro me ha encantado "El reconstructor de caras", de Lindsey Fitzharris.
En la Primera Guerra Mundial el avance tecnológico-militar fue muchísimo más rápido, al menos en un primer momento, que el médico. O, dicho de otro modo, la capacidad de matar, herir y mutilar dio un salto tecnológico tan repentino que pilló desprevenida a la comunidad médica. Armas químicas, ametralladoras de más y más potencia, cañones gigantescos, lanzallamas; todo ello en el entorno sucio, húmedo y embarrado de las trincheras en una época en la que no se había descubierto aún la penicilina. Fitzharris, que es entre otras cosas periodista e historiadora de la ciencia, presenta en este ensayo el nacimiento de la cirugía estética como disciplina reconocida de la medicina. Sigue para ello la vida de Harold Gillies, un otorrino neozelandés que acabó dirigiendo durante la guerra un hospital especializado en tratar las heridas faciales de los soldados. Y es que, como comenta amargamente uno de los heridos, a quien pierde un brazo o una pierna en la guerra se le mira con pena; a quien vuelve con la cara destrozada se le mira con asco. En el ensayo se recogen los casos de muchos de estos soldados: gaseados, quemados, con la mandíbula, la nariz o los ojos destrozados por metralla... Para tratar esta avalancha de caras destruidas Gillies se rodea de un equipo interdisciplinar de dentistas, escultores, dibujantes, enfermeras, cirujanos; entre todos acometen la tarea aparentemente imposible de convertir amasijos deformes de carne de nuevo en caras. Gillies inventa nuevos procedimientos, trasplanta piel del pecho a las mejillas, reconstruye narices, sienta las bases de intervenciones médicas antes prácticamente inexistentes. Y, sobre todo, intenta animar a esos heridos sumidos a menudo en la desesperación, conviertiendo el hospital en un lugar de normas laxas y ambiente acogedor donde, al estar todos los pacientes heridos en la cara, se crean lazos de camaradería y apoyo mutuo. El ensayo incluye varios excursus sobre el inicio y final de la guerra, o centrados en contar las historias personales de varios soldados heridos y de otros médicos que colaboraron (o criticaron) a Gillies. Está francamente bien escrito, con ritmo y buen pulso sin sacrificar la necesaria precisión en lo que explica. Trata con cariño a su personaje principal sin dejar de reconocer sus fallos y fracasos ocasionales, pero reconociendo su papel de pionero y su buen corazón. Otros cirujanos trataban de recomponer las caras tal cual eran antes de la herida, quemadura o accidente; Gillies le preguntaba al paciente si, ya que estaba, quería cambiar algo de su apariencia. Una sorpresa final que cuadra perfectamente con el carácter de Gillies: años después de la guerra se convirtió en el primer cirujano que realizó una operación de faloplastia, o sea, de reasignación de sexo a una persona transexual de mujer a hombre... |
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Primum vivere deinde philosophari
Última Edición: 22 Sep 2026 13:01 por Lapidario.
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Libros 23 Sep 2026 14:30 #91428
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Y voy a comentar otro libro que he leído este verano y que me ha parecido muy, muy especial... Pero claro, es que lo ha escrito mi hermano Juan. "Hoy no hablaré del Sol", segundo libro que ha publicado en la misma editorial después del "Cómo evitar tu suicidio" que comenté en el foro hace uno o dos años.
editorialverbum.es/libro/hoy-no-hablare-del-sol/ El título del libro viene de un verso suelto que encontramos entre los papeles de mi madre (que es por cierto quien aparece en la portada junto a mi hermano). Y el libro es básicamente un compendio de recuerdos, 1001 para ser exactos: la vida entera de mi hermano recogida en fragmentos cronológicamente desordenados, como fragmentos de un espejo roto desparramados sobre una mesa. Algunos recuerdos son breves, frases que repetía un familiar, confusiones que tenía de niño (como la vergüenza que le daba confundir mantequilla y margarina, albaricoque y melocotón, confitura y mermelada) o réplicas inesperadas que una ex pareja le espetó en una conversación. Otros recuerdos son más largos y elaborados: conversaciones con familiares, traumas de gimnasio infantil, triunfos en el submundo barcelonés de okupas y anarquistas, detenciones policiales o estancias en calabozos (ha tenido una vida movidilla, mi hermano), momentos de placer y de dolor, desconciertos cotidianos, experiencias inolvidables. Se mezclan en un marasmo tan ordenado o desordenado como la propia vida familiares, parejas y exparejas, amigos, drogas, libros, viviendas, sueños, viajes, miedos, tristezas. Destellos de humor descacharrante seguidos de un drama horroroso. Imágenes (no incluidas en el tomo sino referenciadas online) intrigantes y sugerentes. Los nombres de muchas de las personas que aparecen en el libro han sido piadosamente convertidos en X o Y, salvo cuando a esas personas les da un poco igual ser citadas. Yo aparezco en varios recuerdos, claro, así como el local subterráneo y semiclandestino que regenté hace unos años y tantas alegrías me trajo. Pero creo que el libro es perfectamente legible sin saber nada de la vida y el trasfondo de mi hermano y mi (nutrida y ciertamente exótica) familia; se sostiene perfectamente por sí mismo como un caleidoscopio de intensos recuerdos, muchos de ellos dotados de esa aura eterna y sincrónica de aión que tanto gusta en HFAI y a los heraclíteos de este foro. (Por cierto, hace poco le di de regalo de cumpleaños a mi hermano una especie de "cara B" de algunos de esos recuerdos: mi propia visión de eventos que él cuenta de una manera y yo recuerdo de otra distinta, a veces complementaria y a veces contradictoria. Pero en fin, es que al leer este libro es inevitable ponerse a pensar sobre cómo escribir algo parecido con los recuerdos de uno mismo...). |
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Primum vivere deinde philosophari
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Libros 23 Sep 2026 17:06 #91429
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Lapidario escribió:
Tengo muchos libros que comentar de los que he leído el verano, no sé por dónde empezar... Del club del libro me ha encantado "El reconstructor de caras", de Lindsey Fitzharris. En la Primera Guerra Mundial el avance tecnológico-militar fue muchísimo más rápido, al menos en un primer momento, que el médico. O, dicho de otro modo, la capacidad de matar, herir y mutilar dio un salto tecnológico tan repentino que pilló desprevenida a la comunidad médica. Armas químicas, ametralladoras de más y más potencia, cañones gigantescos, lanzallamas; todo ello en el entorno sucio, húmedo y embarrado de las trincheras en una época en la que no se había descubierto aún la penicilina. Fitzharris, que es entre otras cosas periodista e historiadora de la ciencia, presenta en este ensayo el nacimiento de la cirugía estética como disciplina reconocida de la medicina. Sigue para ello la vida de Harold Gillies, un otorrino neozelandés que acabó dirigiendo durante la guerra un hospital especializado en tratar las heridas faciales de los soldados. Y es que, como comenta amargamente uno de los heridos, a quien pierde un brazo o una pierna en la guerra se le mira con pena; a quien vuelve con la cara destrozada se le mira con asco. En el ensayo se recogen los casos de muchos de estos soldados: gaseados, quemados, con la mandíbula, la nariz o los ojos destrozados por metralla... Para tratar esta avalancha de caras destruidas Gillies se rodea de un equipo interdisciplinar de dentistas, escultores, dibujantes, enfermeras, cirujanos; entre todos acometen la tarea aparentemente imposible de convertir amasijos deformes de carne de nuevo en caras. Gillies inventa nuevos procedimientos, trasplanta piel del pecho a las mejillas, reconstruye narices, sienta las bases de intervenciones médicas antes prácticamente inexistentes. Y, sobre todo, intenta animar a esos heridos sumidos a menudo en la desesperación, conviertiendo el hospital en un lugar de normas laxas y ambiente acogedor donde, al estar todos los pacientes heridos en la cara, se crean lazos de camaradería y apoyo mutuo. El ensayo incluye varios excursus sobre el inicio y final de la guerra, o centrados en contar las historias personales de varios soldados heridos y de otros médicos que colaboraron (o criticaron) a Gillies. Está francamente bien escrito, con ritmo y buen pulso sin sacrificar la necesaria precisión en lo que explica. Trata con cariño a su personaje principal sin dejar de reconocer sus fallos y fracasos ocasionales, pero reconociendo su papel de pionero y su buen corazón. Otros cirujanos trataban de recomponer las caras tal cual eran antes de la herida, quemadura o accidente; Gillies le preguntaba al paciente si, ya que estaba, quería cambiar algo de su apariencia. Una sorpresa final que cuadra perfectamente con el carácter de Gillies: años después de la guerra se convirtió en el primer cirujano que realizó una operación de faloplastia, o sea, de reasignación de sexo a una persona transexual de mujer a hombre... Creo recordar una referencia a este fenómeno (los "caras-rotas" Gueules cassées) en Los caminos de la libertad de Sartre. Me resultó bastante perturbador. Me interesa y lo leería pero temo por mi estabilidad mental. En todo caso es triste e intrigante |
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Libros 24 Sep 2026 11:01 #91436
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Lapidario Tengo muchos libros que comentar de los que he leído el verano, no sé por dónde empezar... Del club del libro me ha encantado "El reconstructor de caras", de Lindsey Fitzharris. En la Primera Guerra Mundial el avance tecnológico-militar fue muchísimo más rápido, al menos en un primer momento, que el médico. O, dicho de otro modo, la capacidad de matar, herir y mutilar dio un salto tecnológico tan repentino que pilló desprevenida a la comunidad médica. Armas químicas, ametralladoras de más y más potencia, cañones gigantescos, lanzallamas; todo ello en el entorno sucio, húmedo y embarrado de las trincheras en una época en la que no se había descubierto aún la penicilina. Fitzharris, que es entre otras cosas periodista e historiadora de la ciencia, presenta en este ensayo el nacimiento de la cirugía estética como disciplina reconocida de la medicina. Sigue para ello la vida de Harold Gillies, un otorrino neozelandés que acabó dirigiendo durante la guerra un hospital especializado en tratar las heridas faciales de los soldados. Y es que, como comenta amargamente uno de los heridos, a quien pierde un brazo o una pierna en la guerra se le mira con pena; a quien vuelve con la cara destrozada se le mira con asco. En el ensayo se recogen los casos de muchos de estos soldados: gaseados, quemados, con la mandíbula, la nariz o los ojos destrozados por metralla... Para tratar esta avalancha de caras destruidas Gillies se rodea de un equipo interdisciplinar de dentistas, escultores, dibujantes, enfermeras, cirujanos; entre todos acometen la tarea aparentemente imposible de convertir amasijos deformes de carne de nuevo en caras. Gillies inventa nuevos procedimientos, trasplanta piel del pecho a las mejillas, reconstruye narices, sienta las bases de intervenciones médicas antes prácticamente inexistentes. Y, sobre todo, intenta animar a esos heridos sumidos a menudo en la desesperación, conviertiendo el hospital en un lugar de normas laxas y ambiente acogedor donde, al estar todos los pacientes heridos en la cara, se crean lazos de camaradería y apoyo mutuo. El ensayo incluye varios excursus sobre el inicio y final de la guerra, o centrados en contar las historias personales de varios soldados heridos y de otros médicos que colaboraron (o criticaron) a Gillies. Está francamente bien escrito, con ritmo y buen pulso sin sacrificar la necesaria precisión en lo que explica. Trata con cariño a su personaje principal sin dejar de reconocer sus fallos y fracasos ocasionales, pero reconociendo su papel de pionero y su buen corazón. Otros cirujanos trataban de recomponer las caras tal cual eran antes de la herida, quemadura o accidente; Gillies le preguntaba al paciente si, ya que estaba, quería cambiar algo de su apariencia. Una sorpresa final que cuadra perfectamente con el carácter de Gillies: años después de la guerra se convirtió en el primer cirujano que realizó una operación de faloplastia, o sea, de reasignación de sexo a una persona transexual de mujer a hombre... En el mismo marco de la primera Guerra mundial, una de las más sangrientas de la historia, contaba un artículo que leí, cómo los dirigentes franceses y los mandos en el ejército mantuvieron la moral de sus soldados en las trincheras, en las que en solo unos meses, desde el inicio de la guerra, ya habían muerto 27.000 soldados, llegando a contarse unos 6.400 diarios en el periodo que duró el conflicto y es que desde su inicio y en pocas semanas la infantería francesa se vio aplastada por el fuego alemán, bajo un diluvio de obuses. Pues nada que, para empujar a los hombres al combate en el que morían despedazados sin ver siquiera a su enemigo y ante la inminente desbandada que luego sería la retirada previa a la invasión, se ideó espolear los ánimos de la tropa en trincheras sin comida ni agua y con mierda hasta las cejas con vino: el “saint pinard” o “père pinard” o “penicilina francesa” (esto es mío, sorry), en cantidades ingentes porque “calienta los corazones, da coraje y suspende durante un rato el terror que invade a todos en el momento del ataque” que fue de un salvajismo extremo. Cita el autor una frase de André Bridoux en sus Souvenirs du temps des morts “el hombre como un saco, solo se mantiene de pie si está lleno”. En las grandes matanzas de Verdún y del Somme la ración de Pinard fue de un litro por soldado y era repartido al alba. Con el vino pretendían aumentar la violencia y agresividad en el combate y era una forma de hacerlos más salvajes. Acabado el conflicto el Pinard se convirtió en ese “brebaje patriótico” que mantuvo a en pie a los “peludos” franceses durante los años del terrible conflicto |
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Última Edición: 24 Sep 2026 11:51 por Xna.
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Libros 30 Sep 2026 11:32 #91504
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Os comparto por aquí otro libro que me ha parecido maravilloso, un ensayo llamado "Pánico y ternura" y que resulta (apropiadamente) tierno y cercano. En su sencillez y brevedad, es uno de los mejores libros que he leído este año.
La ternura es un sentimiento complejo: es fronterizo con la dulzura, el deseo de protección, la suavidad, la delicadeza. Sus gestos son la caricia, el acercamiento, el cuidado. Pero al mismo tiempo tiene algo de desasosegante, incluye un recordatorio inevitable de la dependencia del otro, esa necesidad del cuidado ajeno que empezó cuando éramos bebés y en cierto modo nos acompaña, seamos conscientes de ello o no, el resto de nuestra vida. Paz López se acerca a la ternura desde muchos ángulos diferentes recurriendo a su propia historia personal, al cine de Pasolini, las fotos de Francesca Woodman, los cuentos de Raymond Carver o las canciones de Nick Cave y su ambigüedad amor-tristeza-ternura (no es casualidad que una de sus canciones de amor más famosas, "Into my arms", muestre a varias personas llorando). Todo un viaje cultural, emocional y filosófico. Elijo un capítulo que me gustó mucho, centrado en la sensación de que el hecho de que alguien sienta ternura hacia ti implique que no puede sentir deseo; y aquí la autora entra en un interesantísimo debate con Freud y consigo misma de adolescente. Por traer algún extracto: p.79: “De adolescente, bastaba con que alguien me dijera que era tierna para desatar en mí la decepción y la furia. Tierna, entonces blanda, suave, dócil, fácil de quebrar. Tierna, entonces dulce, delicada, sentimental, sensible, propensa al llanto. Tierna, entonces inmadura, interrumpida en su crecimiento, como una fruta desabrida de supermerca"o". p.82: "Cómo pensar un discurso sobre el amor que no sea homologable ni al culto de un deseo sin ataduras ni a la resignación burguesa de una rutina sin vitalidad’, se pregunta entonces Recalcati. Es una pregunta por el amor en tiempos donde la existencia del otro se vive como un obstáculo para el rendimiento propio, pero sobre todo es una pregunta que busca sustraerse del precepto de la novedad como motor del deseo, y de la autosuficiencia como garantía de la existencia” p.85: “Quizás la ternura no sea un estado permanente, ni siquiera un afecto, sino un desencadenamiento que, teniendo la intensidad que le falta el amor y la permanencia y el cuidado que le faltan al deseo, revive en nosotros una imagen perdida: la de estar abandonados en otro en completa confianza y amistad”. |
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Primum vivere deinde philosophari
Última Edición: 30 Sep 2026 11:40 por Lapidario.
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