No hay comparativa entre “las tensiones” que puedan desatarse o se hayan producido en otros países europeos (España, Francia, Italia…) o en EEUU y los movimientos sociales y manifestaciones que se venían desarrollando en Israel desde 2018 hasta el mismo 6 de octubre de 2023, los más exaltados desde la fundación del estado hace algo más de setenta años.
Y es que respondían a modificaciones legislativas de enorme calado. Entre otras, la aprobación el 19/7/2018 de la ley con valor constitucional que definía a Israel como el “estado nación para el pueblo judío” suponía la justificación legal de la disminución o privación de derechos fundamentales a una proporción muy amplia de ciudadanos no judíos, árabes, drusos…, esto atenta contra el principio de igualdad, un pilar esencial de cualquier estado democrático.
También la aprobación en julio de 2023 de una ley que transformaba el sistema judicial a partir de una revisión radical, pues el pueblo, al otorgar por mayoría la legitimidad a sus gobernantes, permitiría la elección de los jueces por el gobierno, lo que supondría que ningún texto legal podría ser anulado por una sentencia judicial. Esto es una “tiranía de la mayoría”: si el pueblo vota a sus dirigentes y estos pueden aprobar las leyes sin un contrapeso como el sistema judicial, la autoridad residirá en un único poder, en este caso, en el del primer ministro y su gobierno. Esto vulnera el principio de separación de poderes, otro pilar de todo estado democrático.
Dice Aristóteles que hay en los entes un cierto principio acerca del cual no es posible engañarse, sino que necesariamente se hará siempre lo contrario, es decir, descubrir la verdad; a saber: que no cabe que la misma cosa sea y no sea simultáneamente.
Lo que con estas manifestaciones, huelgas, fuga de capitales y de población se están expresando no es solo el rechazo a una forma de gobierno que deriva hacia un estado etnocrático y dictatorial, lo opuesto a un estado democrático, sin obviar los asentamientos ilegales con los que se va ocupando más del 60% del territorio de Cisjordania, los desplazamientos de población, el régimen de apartheid, así como la limpieza étnica, la hambruna de diseño provocada a la población de Gaza y el genocidio. Estos movimientos de amplias capas de la población muestran sobre todo la debilidad estructural de un proyecto político, hoy solo sostenido por el proceso de deshumanización de los palestinos como justificación de su eliminación. Fuera de esta “lucha” encontramos dos bandos de judíos enfrentados: judíos laicos y el sionismo mesiánico. Un estado que se sostiene sobre un proyecto de brutalidad tal, no puede ser aceptado por todos sus integrantes y ha llevado a muchos especialistas a calificarlo de “estado fallido”