Me resulta interesante el tema del honor al que hace referencia adcasna en el mensaje inicial y que Zalmoxis desarrolla poco después. Conozco mejor el desarrollo de ese tema desde un punto de vista literario que filosófico, aunque ambos estén imbricados. Quizás el honor pueda relacionarse con otros conceptos como la dignitas, la virtus, etc. Este fin de semana leí una entrevista publicada en El Mundo a Gilles Lipovetsky, que me ha llevado a reflexionar sobre algunas cuestiones relativas al honor. Simplifico mucho para no extenderme en exceso.
Afirma Zalmoxis:
Lo del honor en este tipo de competiciones yo creo que es más en cuanto a respeto a las cualidades del contrario, a no humillarle durante la lucha ni durante la derrota, tomarse muy en serio su dignidad y considerar que quiere estar allí para medirse contigo en fuerza, agilidad, velocidad, como hacían los antiguos en la lucha cuerpo a cuerpo, por ejemplo, con el fin de aprender, entrenar y mejorar las aptitudes, el dominio del propio cuerpo. No de partir caras; eso lo echaría por tierra todo.
Ese parece ser el espíritu de Pierre de Coubertin cuando inicia los Juegos Olímpicos modernos: la idea de que el honor no reside solo en la victoria, sino también en el intento. Incluso hay derrotas que cubren de honor al luchador y victorias que lo deshonran. Sin embargo, ese antiguo sentido del honor ha mutado en valores como el juego limpio, el sacrificio o la deportividad.
En las novelas de caballerías, el sentido tradicional del honor ya se consideraba arcaico, perteneciente a un mundo idealizado y desaparecido. La Revolución Industrial, la caída de los ideales nobiliarios, el ascenso de la burguesía como clase dominante y el poder del dinero conllevaron una mercantilización del honor, hasta el punto de que algunas personas compraban títulos nobiliarios en lugar de heredarlos: el dinero remplazó a la sangre, el mérito a la herencia. Con todo, los duelos continuaron siendo frecuentes hasta el siglo XX (circulaba la leyenda de que Valle-Inclán perdió su brazo en un duelo, aunque en realidad fue una riña de café con Manuel Bueno). Es decir, el honor tradicional permanecía latente en la sociedad.
Retomando los combates, en muchas culturas (aunque no sé si en todas) existen ejemplos de luchas tradicionales: la griega, la canaria, el sumo… Los ganadores, en muchas ocasiones (como en el sumo), eran considerados casi seres divinos. El espacio de la lucha tenía un alto contenido simbólico, era purificado, y sus esquinas representaban los puntos cardinales; además, incluía rituales sagrados. Estos combates también podían servir para evitar la guerra entre ejércitos (como en la Guerra de Pedro I contra Enrique II de Trastámara) y cumplir otras funciones sociales.
En la modernidad, diría que quedan vestigios del honor, aunque lo importante se centra más en la fama, el dinero, la mercadotecnia, los valores deportivos (ya no sagrados) y la conversión de la lucha en ficción tras pasar por el filtro de las pantallas. Con todo, creo que permanecen resquicios de ese honor tradicional, acaso inherentes a nuestra condición de seres sociales.
Cómo el cuerpo del luchador puede ser interpretado como metáfora del ser normativizado y desnaturalizado al que se refiere Foucault me parece, a mi juicio, un tema especialmente interesante para la reflexión.