El supuesto creo que me pilla lejos filosóficamente, pero voy a aventurarme a responder algo porque pienso que de casi todas las palabras del primer enunciado salen ramificaciones que dan juego. En primer lugar, la cuestión de autoobservarse para intentar objetivarse es de por sí compleja, ¿existe un yo permanente, definible, inmutable, cuyas características se mantengan desde un intento de objetivación hasta el siguiente, sin que sea este una idea, una mera cristalización? nuestras conclusiones en dicha observación, ¿no procederían del estar inmersos en una tradición que delimita y condiciona nuestra definición de lo que se podría considerar un aporte “bueno” o “malo”? ¿hasta qué punto sabemos que hay “aporte” si este depende de la actitud (en tanto que apertura, porosidad, capacidad) del otro a la hora de absorber eso que supuestamente le estamos aportando? ¿se podría demostrar que hay causalidad entre nuestro encuentro con la otra persona, el consejo que le damos (por poner un ejemplo) y su toma de acción? ¿cómo podríamos determinar que fue nuestra influencia y no otra la que produjo, por ejemplo, el cambio de actitud? ¿Como sabemos que es eso que percibimos que hacemos (en tu ejemplo, estudiar filosofía), y nuestra interpretación de ello, lo que produce la acción en otro y no aquello que hacemos pero de lo que no somos conscientes?
Respecto a la idea de función, quizá me resulta más fácil asociarla con un entorno jerarquizado como puede ser una empresa o una orquesta, en el que hay un director o un agente que aporta una visión de conjunto, asigna a cada uno una tarea y valora si efectivamente es ejecutada. En el caso de las relaciones interpersonales no parece existir tal agente omnisciente, por lo que resulta muy difícil discriminar desde la neutralidad aquello que cada uno está aportando, ya que tanto el aporte como su grado y efecto han de pasar por la hermenéutica de todas las conciencias involucradas y cada una tendrá una percepción distinta.
Y bueno, más allá de todas estas preguntas y desde un lugar más cercano, creo que la intención de poner atención en lo que uno hace, cómo puede afectar a otros y qué puede aportar es valiosa en sí misma, independientemente de que el resultado esté mediado por muchas otras cuestiones. Tomando el ejemplo de tu post, en mi caso estudiar filosofía es algo que hago para mi propio placer (excepto en época de exámenes, haha) y para una comprensión más diversa del pensar y de la cultura, pero quizá tiene también un matiz (político?) en tanto que se trata de una disciplina muy alejada de lo que se considera productivo en sentido capitalista, y que por ello podría, un poco de refilón y de forma totalmente accidental, inspirar a alguien algo relacionado con la libertad de hacer con el tiempo lo que uno quiere, más allá de la narrativa impuesta por el mercado. Pero vamos, esto también podría ocurrir si me interesase el punto de cruz o la observación de aves, y quizá el llamarlo “función” le daría un tono utilitarista, o peor aún, de propiedad fija y medible de nuestra persona.
En fin, se me alarga mucho la respuesta pero muchas gracias por la reflexión, ha sido interesante.