Dado que es una carga que él mismo asume como natural, no me culparé yo a mi mismo por introducir a un pensador caracterizándolo de un modo tan trivial.
Carlos Blanco fue un niño superdotado que tuvo apariciones estelares en el programa de televisión "Crónicas Marcianas", donde demostró sus conocimientos en egipcio y en general unas capacidades intelectuales fuera de la norma a una edad increíblemente, espectacularmente precoz.
Hoy en día es licenciado en Química, doctor en Teología y Filosofía y profesional de esta última en el talle de un profesor universitario en la Universidad Pontificia de Comillas. Su curriculum se prodiga en conferencias y estancias en prestigiadas universidades extranjeras, del cual no daré más detalles más allá de la debida cortesía con la que espero haber cumplido.
Inauguro este hilo dedicado a él porque hace tiempo que voy calibrando, tanto mi interés en él como la idea de estudiarlo a fondo, y porque hace pocos días que me he hecho con dos libros suyos con la firme intención de guardarles votos un merecido tiempo.
Este foro permite muchas cosas y una de ellas es cruzar intereses: si alguien está leyendo a este filósofo valga esto para reunir a los interesados. Ahora bien, no es mi intención principal el hablar para los ya enterados sino para los que todavía ignoran a este suculento hombre.
Imaginaos, pues, a un hombre joven, de 38 años, competente en lenguas antiguas, con seguridad -por lo que yo sé- en egipcio, latín y griego, enterado en profundidad de los múltiples impactos que ha causado en el conocimiento la relatividad de Einstein, el teorema de Gödel, etc., hastiado o ya de regreso de los grandes anuncios que muchos de nosotros todavía observamos como sellos incólumes de un tiempo nuevo que está por abrirse -que si la filosofía ha muerto, que si la objetividad es un relato, etc.-, pero que no habla ni escribe con una pasión encendida, de descubridor, visionaria, sino con una pasión fundada en la seguridad económica del inversor -de inversión en mucho estudio- que emprende con actitud serena una empresa no tan ardua si se cuenta con los medios, tal cual las grandes fuerzas productivas sorprenden a los bolsillos cortos debido a la escala económica de lo que sus fuerzas conciben de manera natural y espontánea. Insisto, es un superdotado (posee un enorme patrimonio).
Hay una moda a la contra, que lo estará más, de cierto chovinismo filosófico. Yo, que me preocupo más por entender el griego, el inglés y el alemán que por mejorar la conceptología propia de mi español y de entender en consecuencia a mis filósofos patrios, admito que el trabajo que la Escuela de Bueno ha hecho en redes ha impactado en mí positivamente en el sentido de cuestionar si mi universalismo no es sino una mistificación de una guerra cultural ganada por parte del mundo protestante y anglosajón. (Claro que lo que se pesca en según qué aguas también depende de la competencia del pescador).
Frente a este interesante embate me he mantenido a pesar suyo firme, en la idea, ahora más y mejor apuntalada, de que mi norte es el que siempre fue: leer lo más importante de entre lo importante de cara una formación que me permita entender el mundo (¿qué si no?). Quizás, ciertamente, ahora mejor orientado; si bien no he perdido el norte en el sentido de vencerme por fin a la tentación chovinista de ir a leer a Suárez porque es Español y no a Kant porque es patrimonio alemán (o leerlo de aquella manera; mi autoestima todavía da para algo más). Lo mismo cabría decir para un abstracto manifiesto feminista: ¡lean a mujeres en tanto que mujeres!.
En esta mi postura hay fisuras, pero cualquiera que haya hecho en su vida algo artístico sabe que a veces uno, el escultor, por ejemplo, pierde su tiempo en enyesar fisuras porque se ha vuelto cobarde en cuanto al compromiso superior de concebir la figura entera, cuando ya no sabe cómo seguir y se queda en la idea de reparar un boceto que se hace eterno. Y así lo presenta. Hay mucho de boceto eterno en el arte contemporáneo. Hay pérdida de importancia y un correspondiente microcuidado ético-estético que se cobra mistificadoramente la gran importancia.
He dicho todo esto para regresar fresco a la exposición de la siguiente idea; es cierto, en parte me he acercado a Carlos Blanco porque es español. Si bien dicha condición solo me interesa en cuanto a que la filosofía, por su propia condición, jamás formaliza un lenguaje público, dado que ella, investigando el ser, carece de referente real (el ser no es cosa alguna), cargando con la tarea (defiendo que necesaria, vitalmente necesaria) de darse dicho referente en el curso de un discurso carente de método positivo y estimulada, para tal crimen epistemológico (debido a la carencia de método), por el hambre de, por ejemplo, un sentido para una contabilidad matématica en el plano cuántico absurda, contradictoria en cuanto al sentido (absurda, contradictoria bajo los términos de una ontología
determinada. Absurda en cuanto al ser).
No siéndole entonces propio a la filosofía la formalización de un lenguaje -y ciertamente cada filósofo usa el lenguaje "técnico" bajo su arbitrio; asunto
consistentemente resuelto en ciencia desde Frege, Russell, etc.- entonces, que haya filósofos en la lengua propia, en la lengua privada de uno, sí es importante en cuanto a que las intuiciones ontológicas son mejor alimentadas por un lenguaje privado (es el que les es propio; aquí engarzaría mi particular defensa de Heidegger). Un planteamiento feminista análogo sería para mí aceptable. He creído ver en alguna lectura que la filósofa Aída Míguez Barciela alimenta esta posición, a la par feminista y antichovinista, en sus investigaciones.
Remato para decir lo último y más importante. Carlos Blanco hace una filosofía técnica, organizada, que pondera la importancia de la filosofía y de la ciencia, que asume la importancia de estudiar la historia de la filosofía en tanto que
posibilidades de objetivación, y que propone, como considera que se ha hecho en los momentos más higiénicos de nuestra historia, a lanzarnos de nuevo a hacer filosofía, atendiendo para ello en primera instancia a los impactos de la ciencia en el saber. Lo cual, desde mi punto de vista, establecería un estándar de competencias en los filósofos completamente nuevas pues, junto a la historia de la filosofía (a la que concede la potestad infinita de armonizar consistencia y completitud), habría que estar al tanto, no como entretiempo sino como tarea natural,
filosófica, del descubrimiento científico.
Carlos Blanco es casi un profeta de la necesidad de la integridad y totalidad del saber, pero sin los aires románticos, o, mejor dicho, sí con aquellos aires románticos, pero completamente actualizados y urbanizados.
Por cierto, ¿os acordáis de cómo por ejemplo Descartes comenzaba alguna de sus obras de pura filosofía técnica con una descripción de cierto itinerario personal en el que decía haber bregado con esto y lo otro como un Atlas cargando con el peso del mundo (...
cuando me liberé de la férula de mis educadores..., etc.? Pues bien, en algo así también se ejercita nuestro autor, lo cual me resulta delicioso y, sobre todo, importante.
es.wikipedia.org/wiki/Carlos_Blanco_P%C3%A9rez
Saludos,
Julián.